El club de las brujas

El club de las brujas

viernes, 2 de marzo de 2012

DIECISIETE: TICKET TO HEAVEN

 
El vejete seguía durmiendo tan ricamente, así que se cambió de vestido en un santiamén. Metió la bolsa en la parte trasera y se instaló de nuevo junto al conductor.

-Tío, qué le pasa a tu jefe, crees que le habrá dado un yuyu con tanto movimiento de caderas? Cómo te llamas? Yo soy Rosalinda.

-My name’s Wilson. He takes pills to sleep, look.

-¡Ay pero si hablas inglés de maravilla! ¿Qué has dicho? Wilson, qué rico, como los esclavos del algodón de las pelis. A ver, a ver, ¡pero si esto mataría a un caballo en mi pueblo! Very strong, men!

-Pills for erection and then relaxation, you understand?

-Por lo poco que comprendo de la composición, esto al abuelete le pone como una moto durante un rato y luego le da el bajón. Suerte que me apliqué más en las clases de formulación química que en las de inglés, algo es algo! Bueno, and now where go? ¿Tiene para mucho sleep el Mister?

-1 hour, I think.

-Pues yo no tengo mucho tiempo que perder. No me gustaría echar aquí la noche, la verdad. A ver, ¿cuánto queda para que se haga oscuro otra vez? When is night?

-You mean for dark? Around six more hours.

-Eso, tú señálamelo con los dedos que así me aclaro. Seis horas para que anochezca, bueno, entonces no es tan diferente al Infierno, sólo que aquí durante el día se puede respirar y la luz brilla, no abrasa. ¿Cómo diantres me las apaño ahora para encontrar un ticket al Cielo? Tengo dinero, tengo el traje, pero ninguna indicación para llegar. Debe de ser hacia arriba, digo yo. El Infierno por abajo, la Tierra por el medio, y Celeste todo recto al Norte, así lo estudiamos en el cole. Pero claro, del dicho al hecho… Y este pájaro que no tendrá ni idea de estas cosas, lo más cerca que ha estado éste del Cielo es el día que su jefe le da libre y se puede ir con la parienta, como si lo viera… Eh, you know to get Heaven?

-Of course, everybody knows!

-¡Ah, mira qué bien! ¡Y yo aquí preocupada! ¡No, si estos humanos van a ser más listos de lo que pensamos por allí abajo! Tell me tell me!

-You die, madame, and you go to Heaven if you are good enough! Otherwise, you go to Hell!- Wilson puso cara de terror cuando dijo “Hell”.

-¡Anda con el lumbrera éste! ¿Eso es lo que os enseñan por aquí? ¿O sea, que si eres good, al Heaven, no? ¡Pero serás ignorante! ¡Hasta yo sé que el Cielo tiene las puertas selladas a cal y canto! Heaven closed!

-Only for bad people. For good people Heaven is the gift after all efforts here, madame.

-¿Y qué es eso de ‘madam’? Si piensas que esto son esfuerzos, rico, espérate a que desciendas al Infierno y te esclavicen de veras, ¡esto es jauja en comparación! Más te vale disfrutar aquí, encanto, y lo comido por lo servido, que decimos nosotros. What is ‘madam’?

-Madame is lady in French.

-¡Acabáramos! ¿Y French?

-What do you mean? French is the language here! Where do you come from?

-Si te lo explico te caes de culo, vamos arranca este trasto, borrom borrrrommm, come on, move!- pues anda, que no se me da mal esto del inglés, se dijo. –He pensado que podemos pasarnos a dar un voltio por el Ritz, a tomar otra copita. Además, corcho, tengo el estómago agujereado, yo no sé cuándo dejaré de tener hambre, quizá al entrar en el Cielo se te pasa…

El coche arrancó otra vez de manera trepidante, pero esta vez Rosalinda se había agarrado bien al asiento así que no la pilló desprevenida. Le estaba tomando gusto al trasto aquél. Y Wilson, después de todo, era un enrollado. Limitado, pero buena pieza. Ella, por su parte, se veía como muy suelta. Hay que ver lo que hace viajar, tener dinero en el bolsillo y una cara hermosa, es que menuda seguridad en sí misma que se le pone a una, hasta le da verborrea. Así que la única forma de ir al Cielo era morirse, vaya, pero, ¿cómo se moría un inmortal? Es que tenía guasa el asunto, si no se hubiera empeñado en pasar por la Tierra de paseíto, pues el camino directo al Cielo quizá hubiera resultado menos costoso, pero claro con aquella pinta de bruja decadente, es que no era plan. Ahora entraría como una madam de veras. ¿Y si fingía una muerte? A ver, se ponía delante de un coche que la atropellara, cosa nada difícil visto cómo conducían aquellos energúmenos, cualquiera diría que estaban deseando palmarla. En un primer momento, el impacto la dejaría inconsciente como si fuera una mortal muerta, y después, para cuando recuperara el raciocinio, podía seguir disimulando un rato más. Todo era esperar que ángeles y demonios vinieran a conquistarla para sus fines, claro que igual ellos tampoco picaban, y era arriesgadísimo, por otra parte, que la descubrieran en tierra de humanos. Tenía que pensar en otra cosa.

El coche dio la vuelta a la manzana siguiente y entró en una plazoleta de lo más elegante. Joyerías, más tiendas, y ¡madre mía, aquéllo sí que era lujazo, el Ritz en todo su esplendor! Era más fastuoso que en el prospecto que tenía Juanorra. De repente, se quedó paralizada y pegada a la tapicería del coche, con los ojos como platos y tiesos los pelillos hasta de las piernas. ¡Oh visión divina, venerada, reverenciada hasta el infinito! El Ritz carecía de importancia ahora que los astros se habían puesto de su parte, y el ser más maravilloso de todo el universo posaba ante ella como si fuera una deidad griega, un coloso llameante, una estructura marmórea sonrosada y semoviente, no hallaba palabras en su haber que abarcaran el placer intestinal que se le puso en marcha. Un primer plano del bello Garcilaso se imponía a cualquier otra visión anterior o posterior. Todo lo eclipsaba. Su padre, en el centro del escenario, en primera persona, sin pantallas protectoras y, oh por Satanás, qué azoro, la estaba mirando.

*

Garcilaso miraba incesante el reloj Cartier de su pulsera izquierda. Lo primero, por admirar el pedazo de joya que le había regalado aquella francesita muerta de amor por él. Lo segundo, porque estaba que ardía, ¿pero dónde demonios se metía Juanorra? Estaba nerviosísimo, temblando como un colegial en el primer día del nuevo curso y con zapatos nuevos que te van grandes. ¿Sería esto el Amor con mayúscula? Porque él, mucho presumir de conquistas aquí y allá, pero lo que es enamorarse en profundidad… nada de nada. Llegó a convencerse de que lo que no tenía era, justamente, profundidad, y que de donde hay no se puede sacar. Así vivió feliz varios milenios, de fiesta en fiesta y acosado por las féminas y machos de todas las especies, era divino y se sentía igual de bien. Sin embargo, Jota le había roto todos los esquemas de la frivolidad en que transcurría su azarosa vida celestial. Era verla y se le erizaba hasta el vello de las orejas. ¡Mira que era fea! Decir fea era decir bien poco para definirla. Era horrenda, tremebunda, paticorta, grasienta, y qué decir de su carácter pérfido y socarrón. ¡Ya se le empinaba el pirindolo otra vez! En definitiva, nunca había visto cosa igual. Al principio fueron unos amoríos de lo más fogosos, todo eran juergas y emborrachamientos que solían acabar en coma etílico. Hasta ahí, todo en su sitio. Lo malo fue cuando empezó a lloriquear en las ausencias de la amada. Que Jota se ponía burra y flirteaba con otros ángeles, pues él, en vez de haberse bebido dos copas con cualquier maromo o maroma y montarse la fiesta por su cuenta, se quedaba en casa enfurruñado y con ganas de lagrimear. Le cantaba canciones que enviaba en cintas prohibidas, y ella tomándoselo a cachondeo puro y poniéndoselas a los amigotes. Y cuanto más le pisoteaba en el orgullo, más orgulloso estaba él de su Amor con mayúscula. Y más temeroso también, porque cuando ya había dado ese sentimiento por perdido en su excelso ser, se le había aparecido furibundo y exaltado. Así que Garci ya no era el mismo. Sus pillerías, sus escapadas furtivas, sus mafias con Deangelis, nada significaban para él sin su Juanorra del alma. Y ahora que, por fin, la había convencido para pasar juntos siete días, con sus noches, en la ciudad del Amor con mayúsculas, ¿dónde corcho se había metido? El plan ideado por su amigo era que se encontrarían en la plaza Vendôme, delante justo del hotel del que tanto le había hablado. Estaba deseando ver la cara de todos aquellos engolados recepcionistas al ver entrar a uno de sus mejores clientes con aquella esperpéntica Mujer con mayúscula. Garci siempre venía acompañando a artistas de la farándula más cotizada, o sino con señoras de la alta aristocracia que querían pasar unos diítas en su compañía, así que en todo momento era bienvenido al hotel. Sin embargo, hoy les pensaba dejar patidifusos. Les diría que Juana era la vedette más afamada del momento, una rusa extravagante y descendiente del Zar Nicolás. Vaya si los dejaría ‘épatés’, como decían ellos.

Seguía mirando su reloj terrestre impaciente. Como fuera cosa del soldadito que la acompañaba, sería carne de tiburones nada más tener conocimiento su amigo Dea. Por cierto, que lo mejor era localizarle cuanto antes y saber qué diantres estaba ocurriendo. ¡No, si todo eran contrariedades, Dea con el gps desconectado! Eso sólo podía significar dos cosas, o bien estaba pasando audiencia con el viejo Satanás, en cuyo caso ninguna interrupción valía, o había pillado una juerga de aquí te espero y dormía la mona. Pero dos juergas en tan poco espacio de tiempo… ¿Y si Jota, viendo aquel ambiente tan engolado, lo dejaba tirado y se daba el piro? Si lo mejor hubiera sido citarla directamente en un antro putrefacto, se lo había advertido Dea, pero él es que no había podido resistir la tentación del pavoneo ante todas sus anteriores conquistas, que vieran lo que era una arpía de veras... En estas disquisiciones seguía Garci, cuando se apareció ante él un ser angelical que le miraba con ojos de gran sorpresa a través del cristal de un coche. Aquella mirada le era tan familiar. Si no fuera porque conocía bien a Juanorra, diría que era su bello retrato, claro que mucho más joven y hermosa a lo convencional. Y sus cabellos rojizos, que se tornaban cobrizos con el reflejo del sol. ¡Únicamente había dos seres en el universo que podían alcanzar esa tonalidad, una era él, y la otra no podía ser más que su propia descendencia! ¡Dios de mi corazón! ¿Y si aquella criaturita era suya? Pero, ¿suya y de quién más? Bueno, aquello no eran más que precipitadas confusiones, fruto de la desazón que le corroía por la espera. Sin embargo, nada le impedía hacer algunas indagaciones mientras llegaba su bruja.

Se apresuró hacia aquel coche, de modo que pudiera abrirle la puerta antes de que se le adelantaran el chófer o el portero del hotel.

-C’est un vrai plaisir, madame- dijo en perfecto francés, sin apartar los ojos de ella ni un segundo.

-Enchantée- dijo Rosalinda balbuceante. Nunca, jamás de los jamases de su vida eternamente circular, se había sentido desfallecer con tanta urgencia. Se asió fuerte de la mano de su padre, en definitiva, y sintió frío al tacto, lo que contrastaba con el fuego interno que, a buen seguro, le había subido a ella hace rato a las mejillas. Pero el tembleque de las cuerdas vocales no era nada comparado con el de manos y piernas. Sintió que se le nublaba la vista y un apagón súbito la dejó en blanco. Rosalinda se había desmayado.

-Garçon, garçon, chico, ¡eh! Por mi mentor, ¿no ves que esta dama se ha quedado in albis? Vamos, rápido, avisa en concièrgerie, que envíen tres o cuatro mozos, allez vite!

Desde luego que el vozarrón enérgico que se gastaba Garci en momentos de crisis contrastaba con su aspecto de príncipe calmado y desafectado. De repente, el desmayo de aquella jovencita le había provocado un malestar fuera de lo común. Lo más cerca que había estado él de un enfermo era con aquel bailarín checo que, a mitad de su mejor pirueta de diez vueltas, inspirada por la musa G, se cayó redondo en medio del Kirov. Y vaya, que no venía nadie a rescatarle en aquel aprieto, así que Terminator se lo cargó a los hombros, al más puro estilo vaquero, lo metió en un coche que paró de urgencias, y lo acompañó hasta un hospital cercano. Lo primero que le había sorprendido era ese olor tan característico de los centros de salud, mezcla de lejía y potingues químicos, pensó. Pero después, cuando comenzó a ver enfermos, sillas de ruedas ocupadas, mascarillas de oxígeno, sangre y camillas, de poco lo tienen que auxiliar a él del grave impacto sensorial que sufrió ante tanta humana realidad. Así que Garci no podía con los enfermos, y menos aún con las enfermedades. No es que fuera un melindroso o algo excepcional, en general era cosa de todos los inmortales esa aversión a la debilidad de la materia. Lo que pasa es que, así como los demonios huían despavoridos porque eran vulnerables a los contagios –véase con la lepra- pues los súbditos del Cielo eran inmunes a cualquier padecimiento físico. Por tanto, simplemente se la solía traer floja, vulgarmente hablando, dicha condición humanoide. En el caso de Garci, más que por miedo, huía de la enfermedad por pura frivolidad; simplemente la fealdad que provocaba ese bicho en los seres humanos le ponía los pelos de punta y hería su sensibilidad artística. Una vez conoció a una hermosa joven modelo que, de una visita para la siguiente, contrajo una disfunción en los ojos que la dejó literalmente vizca. Garci se le acercó por detrás, en uno de sus devaneos de antaño, y le apretujó los pechos con ambas manos, como acostumbraba hacer. Ella gimió de placer, pero cuando tornó la cabeza hacia atrás y le miró con aquellos ojos, que apuntaban uno para Oriente y otro para Occidente, a Garci se le desinflaron los genitales y un sable le atravesó el pecho. No pudo ni besarla, ni acariciarla, ni nada de nada. Y eso por una simple vizquedad en la mirada.

Sin embargo, ahora era distinto. Se sentía enternecido por aquel desvanecimiento repentino de la bella adolescente que tenía en sus brazos. Nada más tocar su piel albergó un escalofrío; no era piel humana. ¿Pero qué era? Podía ser una hada que se hubiera escapado del paraíso, quizá con un amante terrícola y millonario, a juzgar por el cochazo que la condujo hasta el Ritz. Aunque le faltaba un aura de excentricidad y privilegio alrededor del cuello para ser un hada. Tenía, más que otra cosa, mirada de bruja dulce. ¿Pero qué estaba diciendo? ¡Los términos ‘bruja’ y ‘dulce’ eran contradictorios! En fin, tenía que conducirla a una de aquellas habitaciones y descubrir qué se traía entre manos.

-Bon jour, Monsieur Duciel. Votre chambre est prête. Vous voulez qu’on amène la jeune fille a l’enfermerie de l’hotel?

-No. Mejor llévenla a una habitación y que la visite allí el médico- Garci no quería arriesgarse a perderla de vista.

-A votre chambre, doncs?

-No, no. A otra chambre. Yo estoy esperando a otra persona todavía.

-Bien sur. Garçon, la 405, s’il vous plait! Ne vous inquiétez pas, notre docteur sera immédiatement dans la chambre pour la visiter. Vous acompagner madame?

-Oui, certainment.

Lo que había imaginado. Nada más llegar a la habitación, y despedir al botones con unas monedas, se apresuró a hacerle la “prueba del algodón” a la chica inconsciente. Le pinchó con un alfiler el dedo gordo de la mano, y notó un leve estremecimiento en el cuerpo de la chica, pero era una simple reacción química de su parte material. Lo que se temía: nada, ni una gota de sangre humana. Así que en cuanto el doctor asomó por la puerta, le despidió alegando que la jovencita estaba mucho mejor, que había recuperado la conciencia y que todo había sido por falta de alimento. ‘¡Estas adolescentes están todas medio anoréxicas, y así les van las cosas, que no aguantan ni un asalto! Ahora mismo iba a pedir en cocina que le subieran algunas viandas, y listo.’ El doctor se fue con algunos titubeos, todavía insistió un poco en verla, pero Garci fue de lo más convincente y acabó por ahuyentarle. No es que quisiera esconderla, pero desde luego no podía dejar que descubrieran su condición “extraterrestre”, y además un médico de aquí poco podría hacer por una inmortal. Por alguna extraña razón, se sentía protector de aquella muchacha, como unido a ella por vínculos paranormales. Por otra parte, ¿qué había sido del coche que la trajo y sus ocupantes? El Rolls aquél salió despavorido al primer contratiempo, y, ahora que recordaba, el taxista negro que lo conducía es que ni bajó del coche para ayudarla. Está claro que era una bruja, y que había adoptado esa espléndida figura humana para desconcierto del personal. ¡Pero cómo no había caído antes! ¡Aquélla era Juanorra! Dios, ¿pero dónde tenía la cabeza? Por eso sus tribulaciones, su atracción primordial hacia ella, su piel demoníaca, esa mirada incendiaria, y ese cabello sedoso y dorado… sin duda que Juanita le había querido sorprender de lo lindo. ¡Aquella bellaca le había dado su merecido, transformándose en princesa y embaucándole con aquellos encantos de femme fatale espolvoreada y perfumada! Pero, ¿cuál sería el siguiente paso de aquella broma que le quería gastar su amante? El ya la imaginaba, en pleno escarceo amoroso sufriría una transformación a su estado natural, provocándole a él un susto de cortar. ¡Jah! ¡Bien pillada que la tenía! O quizá sólo había querido ponerse a tono con París, en vez de presentarse con su aspecto inmundo en un sitio tan distinguido. A pesar de que esto le extrañaba, porque era mucha Juanorra como para apabullarse por un par de recepcionistas con la nariz estirada. No, no era su estilo amedrentarse; era más bien cosa de una treta que le quería gastar a su enamorado, seguro que por habérsela jugado trayéndola a un lugar tan apestoso para ella, en vez de citarla en los putiferios que ella sugirió. Ahí estaba el mal de fondo.

Pero Garci es que, ni siquiera lo había hecho con mala intención. El lo único que quería era presumir de su erótica fealdad delante de todos aquellos engreídos. Estaba harto de ser un modelo de virtud, de ser el más guapo, el más esbelto, el más bello dandi, y acompañar, a su vez, a longuilíneas y exuberantes divas cuyos huesos podías oler por debajo de la fina carne que las rodeaba. ¡Bellezas sin culo, ni grasa, ni un grano, ni halitosis, ni un mal despertar, y lo peor, sin malicia! Por eso se pirraba por las humanas, que quien más quien menos, algún defectillo tenían. Pero Juana, ¡superaba todas las expectativas! Y ahora, justo, va y se transformaba en cisne, como el patito feo. Cada vez estaba más claro, ¡era una venganza! Y se lo tenía bien merecido, por haberla llevado a un sitio tan cursilón.

Estaba en estas diatribas cuando la bella durmiente despertó.

-¿Eh, dónde estoy?- preguntó de lo más azorada.

‘Cómo puedes fingir tan bien, condenada?’ se dijo Garci maravillado, hasta para esto era una bruja con todo lo que hay que tener de garbo y soltura. ¡Vaya azoro más bien puesto en su mirada, olé! Y sí, había decidido que le seguiría el juego, a ver hasta dónde era capaz de llegar.

-Bon jour, princesa. Espero que se encuentre mejor. ¿Tiene hambre?

-Sí, más de la que quisiera.- comentó con un suspiro. Rosalinda no podía dar crédito, su propio padre y no tenía ni remota idea de quién era ella, seguro. ¡Y qué descanso poder entenderse en un idioma mágico e inmortal, sin tener que recurrir a los vocablos franceses, ingleses…! Por otra parte, ¿descubriría esto su juego? Bueno, qué mas daba, cualquier cosa por poderse comunicar de nuevo con soltura…

-No se hable más. Llamaremos al servicio de habitaciones, y en un santiamén le traerán lo que desee. ¿Unas frutas, quizá, y unos helados?- aquí creyó que la iba a pillar, Jota adoraba los helados con barquillo, se podía comer cuatro de golpe. Pues nada, ni un gesto de anhelo siquiera.

-¿Helados? No, un poco de fruta y chocolate frío, ¿podría ser?- su madre comía tantos helados que le había hecho aborrecerlos. Eso sí, el chocolate la pirraba y además le daría fuerzas para una situación tan difícil.

‘Bueno’, siguió pensando el ángel, ‘es que hubiera sido demasiado fácil caer en esa trampa, qué tonto. Jota es una profesional. Está bien, un tanto a su favor.’ Ordenó las viandas por teléfono y volvió a los pies de la cama, en donde yacía todavía la evanescente impostora. ‘¡Qué pechos se gastaba la muy guarrilla! Se le asomaban dos melones esponjosos por debajo de aquel vestido tan sexy! Casi estaba a punto de caer en la tentación de atacarla sin más prolegómenos, pero hubiera sido muy vulgar por su parte, había que aguantar un poco más para ganarle la partida a este demonio de mujer… sin embargo, una aproximación ladina por los bajos…’

-Me perdonará el atrevimiento, pero me vi obligado a descalzarla al tumbarla en la cama, para que no se le amoratasen los tobillos- ‘vaya excusa más lela se le había ocurrido’ –y si me permite, ¡vaya dedos hermosos que tiene usted!

Al tiempo que lo dijo, le cogió uno de sus piececillos desnudos con ambas manos y comenzó a acariciarlo suavemente. Ahora sí. Juanorra tenía, en su aspecto normal, unos piezotes feos como zancos, pero una sensibilidad en ellos que no podría disimular por más tiempo, ni disfrazada de hada madrina. Le apretó los minúsculos deditos en un dulce masaje y a la diva se le puso toda la piel de gallina pura. Los pezones estaban ahora que se le salían del tiesto. ¡Si es que esta argucia ya sabía él que era infalible!

‘¡Vaya contrariedad, ahora que la tenía medio atontada llamaban a la puerta! ¿Quién molestaba? ¡Claro, la comida!’.

-Voilà, madame, comed un poco que tenéis que recuperar fuerzas. Hay mucho qué hacer- se le escapó una sonrisita delatora, pero ella parecía imperturbable, no le seguía para nada.

Rosalinda tenía un hambre voraz, desde el café con leche de la brasserie matutina que no había probado bocado. Este padre suyo era un caso, no tenía suficiente con citarse con su madre y armarle tantos jolgorios, ¡y ahora quería seducir a la primera jovencita que se le cruzaba en el camino! ¿Pues no decían de él que sólo le pirraban las feas? Ya sabía ella, que lo de la belleza le gustaba a todo quisqui, ¡a buenas horas la miraba con esos ojos de haberla visto en sus buenos tiempos! Vale que su madre triunfaba como la fea más exótica, pero era por su garbo, del cual ya podía haberle pasado un poquito en herencia, ¡pero na de na! Rosamunda salió, para colmo, más sosa y seriota que un funcionario de prisiones. De todos modos, tenía que quitárselo de encima como fuera, no podía estrenarse, como quien dice por eso de la nueva piel, con su propio padre, ni aún sin él saberlo, ni aún siendo bruja por dentro, era una perversidad por encima de sus posibilidades. Claro que… por otra parte, quién mejor que él sería su salvoconducto para entrar en el Cielo?

lunes, 7 de noviembre de 2011

DIECISÉIS: CONSEGUIRSE UN BUEN LOOK


Rosalinda se fue al espejo del primer toilette que pudo identificar, no porque entendiera de términos escritos en ese idioma tan raro, sino por los dibujitos, que eran iguales a los de los bares de su barrio. ¡Qué descanso! Allí se pudo descalzar, ¡puagg hay que ver cómo le olían los pies con esas botas de asno que se había tenido que colocar! ¡Con los piececitos tan monos que tenía ahora, vaya pena estropeárselos así! Y los pechos al aire, sin aquella casaca horrible y aprisionadora. Estaba tan cómoda que no se percató de que en el cuarto de baño estaban entrando otras señoras, que al verla desvestirse y el tufo que despedía, se salieron de inmediato tapándose la nariz. ¡Pues que les dieran morcilla, ella tenía para rato! Se puso los pies a remojo, de cuclillas encima del lavabo. Es más, atrancó la puerta por si las moscas. Se lavó los sobaquillos y los pies, al menos eso, ya que el chichi no sabía cómo ponerlo para que le llegara el agua, pero eso aún se podía esconder hasta que pillara una ducha o una fuente.

Las ropas del viejo soldado las metió en el hatillo y ella se colocó la bata de moaré de su madre, arrugada y maloliente como lo demás pero, al menos, le daba aspecto de mujer. Sacó del calcetín el fajo de billetes de DEA que le quedaban, y de la pechera los que le robó al capitán en francos franceses. Al menos tenía para pasar unas horas deambulando y tomarse un par de helados ricos, coca-colas y unos berberechos. Siempre que veía los anuncios de la tele, sacaban esas cosas que comían los humanos a todas horas, y ella para un rato que iba a estar en la Tierra tenía que probarlos, a ver si sabían igual que los que vendían en su pueblo o no. Aunque en esta ciudad nada podía saber igual que en su pueblo, ¡era todo tan bonito! Si el Cielo era todavía más sobrecogedor, desde luego que tenía que haberse transformado antes en hada, ¡había estado perdiendo todos estos años!

Salió del lavabo y vio que se había formado una cola de impresión. Tres o cuatro señoras que la miraron con cara de lobo feroz y que ya estaban por tirar la puerta abajo. Pensándolo bien, lo de no entender nada tenía sus ventajas, porque a ella plim todos esos insultos que seguro le estaban propinando, no entendía ni palota.

Se terminó el café, que de todas formas estaba más frío que un congelador, y salió otra vez a respirar a la calle. Es que vaya diferencia, eran casi las ocho y media de la mañana, el sol no brillaba, sino que se escondía entre nubes, seguía lloviznando finamente y la brisa era sugerente y fresca. Así podía uno pensar, pasear, irse de tiendas, charlar, y no como en casa que los calores ya le ponían a una los pelos de punta desde buena mañana y la desquiciaban por completo. ¡Esto era otra cosa!

Bueno, tenía que recapacitar sobre varios asuntos, pero todos de primordial importancia. Lo primero, conseguirse un atuendo estupendo para entrar triunfante en el Cielo. Lo segundo, un billete de non retour para el reino del Bien. Y entremedio, no podía perderse aquel hotelito del que se enamoró desde que vio un folleto escondido en los cajones de su madre. Se llamaba “Ritz”, imposible de olvidar porque era igual que las galletas, ¡y era tan exquisito! Ni Juanorra ni ella habían imaginado nunca que podrían conocerlo de cerca. Claro que a su madre no parecía importarle ni un rábano salvo para pavonearse ante las visitas. Tenía aquel tríptico porque se lo había entregado Garci en uno de sus encuentros, y ella no tiraba a la basura nada que le hubiera regalado él, aunque fuera un chicle usado; pero, por lo demás, no parecía que le pusiera demasiado cachonda. A su madre esas cursilerías le daban risa; en cambio, a Rosamunda siempre le acomplejaba ver aquellos lugares y pensar en que nunca tendría acceso. Se había imaginado cientos de veces entrando en ese hotel de la mano de su padre, tan bello, y ella con un traje largo y una corona de diamantes, y la cara cubierta por un velo para que no se le viera lo fea que era. Pero ahora todo era distinto; si se presentaba en ese hotel puede que incluso la dejaran pasar de la puerta, y con la de dinero que tenía, pediría una habitación y se quedaría allí horas y horas, como si fuera una marquesa. ¡Cuánto cambiaba el panorama de uno teniendo buen aspecto!

-Please, hotel Ritz?

Preguntó a unos señores con unas cámaras y ojos alargados, pero no entendió nada de su respuesta. Después preguntó lo mismo a una señora muy pizpireta, pero pasó de largo sin responderle. Y finalmente, un hombre con maletín y bastón pareció querer ayudarle.

-Certainment, madame, on vous amène là-bas?

‘Ni pajolera idea, coleguita’. Enchantée –contestó Rosalinda, una de las pocas palabras que sabía decir en parisino.

El hombre pareció muy contento con la respuesta, y cogiéndola del brazo le indicó un coche que había delante, donde acto seguido un negro con gorra de lo más elegante le abrió una portezuela. ¿Qué podía hacer? Igual era costumbre llevar a la gente a los sitios, y aquel hombre parecía educadísimo, con esos pelos escasos y grisáceos. Igual tenía la edad de su tío Jacinto, unos cuarenta y pico de años, o cincuenta, pero había que ver cómo cambiaban las personas con dinero, si su tío Jacinto llega a tener chófer y maletín de ésos, otro gallo le hubiera cantado.

Volvió a decir ‘enchantée’ y se metió en el coche de un salto. A ver por qué se iba a negar un capricho como éste. Es más, ¿quién sabe si no le daría una mano aquel hombrecito para ir de compras también? Quizá primero podían ir de tiendas y después aparecer en el hotel Ritz, más deslumbrante que con aquella bata de moaré pestilente. Claro que con el chichi sin lavar irse de probatorios le daba no sé qué. Estaba en estas disquisiciones cuando se quedó patitiesa. ¡El cochazo aquél es que tenía de todo! El abuelete no reparaba en gastos, abrió una nevera y le ofreció chocolates, refrescos, licores… Le preparó una copichuela que sabía a rayos, pero estaba fresquita y se agradecía después del café con leche. ‘Thé à la mente’ le dijo, quién sabe, pero a beber que son dos días. Ahora que, algún licor le tuvo que meter porque Rosalinda es que se puso loca de contenta en un santiamén, y veía al hombre hasta más guapo que antes de subir. Vio cómo le metía la mano por debajo de la bata de moaré y le entró la risa, mientras el hombre le tocaba los pechos con un ansia que no había visto ella jamás. ¡Si nunca había provocado ningún tipo de pasión! ¡Esto de ser tan guapa es que era la bomba!

El bólido corría que se las pelaba, tal fue el arranque que hizo el trasto que el trasero de Rosalinda quedó pegado al asiento como si tuviera pegamento y los pelos se le pusieron tiesos de la velocidad. El vejete siguió entretenido con sus tetazas un buen rato, y mientras tanto ella se fue aclimatando al ambiente y le siguió dando a las copichuelas como si nada. ¡Aquéllo era vida y lo demás cuentos! Aún iba a tener razón el capitán de la nave, que tanto le advirtió de los peligros de la Tierra. Aunque, bien pensado, si los humanos eran todos así de sobones y estaban tan cascaditos como aquél, vaya que no se iba a pirar rápido al reino de los Cielos. ¡Qué manos tenía el condenado, estaban por todas partes!

-Mister, mister- alcanzó a espetarle como pudo la brujilla –shopping! ‘que me lleves de tiendas, so sobón’, pensó para sus adentros.

-Après, après…-le contestó, mientras arrimaba su pantorrilla a la de ella y se frotaba con fruición.

-Mister, que le va a dar un soplo el corazón, que ya no tiene edad, mire cómo se le ponen desorbitados los ojos, esto no puede ser bueno para usted…

-Pardon?

Aquel dinosaurio no entendía ni palabra.

-No good, your heart.

-Combien madame? Dites moi, je vous en prie. J’ai jamais vu une beauté comme la votre. Je paierai tou ce qu’il vous faut.

-Pues no hay quien le comprenda a usted, mister, pero ese fajo de billetes que saca del bolsillo me vienen que ni pintados para mis fines, así que déme, déme que yo se los guardaré en la pechera mismamente. Esto en mi pueblo se llama ‘prostituirse’, pero ya querrían aquellas ignorantes de Nowhere’s Land encontrarse con un mancebo archiforrado con coche de lujo en el centro de París, ¡je! Toca, toca, ancianete, que ahora si te da el colapso ya es otra cosa.

Después de dos horas de tejemanejes, Rosalinda empezaba a cansarse de tanto arriba y abajo. Aquél enano era el mismísimo ‘duracel’, tenía más marcha que su madre con un pelotón de infantería. Y claro, aquellos pavos que le había regalado valían su precio en oro, ¡cualquiera le cerraba la válvula de escape ahora! Sin embargo, después de un buen rato más de dale que te pego, Rosalinda notó un cuerpo muerto encima de sus nalgas, la baba caída y unos sonoros ronquidos que le supieron a gloria. ¡Por fin!



El coche seguía incansable dando vueltas por las calles y avenidas parisinas. Rue de tal y rue de cual, ¡estaba mareada! Tocó un mando que parecía el de la tele, y milagrosamente se abrió el espejo que los separaba de los asientos delanteros, así que se encontró con el chófer negro fuma que te fumarás y con la radio a toda virolla. El tío se asustó en el primer momento pensando que le habían pillado in fraganti, pero en cuanto miró por el retrovisor que el viejo seguía roncando, subió más la música y pegó un acelerón que aplastó otra vez a Rosarillo contra el asiento. ‘Vaya’, pensó, ‘pues el negrazo éste tiene cien veces mejor pinta que su dueño. Quizá sea un esclavo, pero está requetebién el condenado, y visto que ya tengo los billetes en la pechera…’. Ni corta ni perezosa, de un salto trepó al asiento delantero y le cogió un cigarro al chófer del bolsillo de la camisa, en un gesto del todo provocativo. Desde luego, vaya soltura que le daba un cuerpo sensual como el suyo ahora, sino de qué este desparpajo en la fea Rosamunda de otrora.

-T’a n’a pas assez avec le vieux, ma belle?

-Shopping- repitió, a ver si esta vez tenía más suerte.

-Shopping? Bien sur, pas de problème!

Dieron otro viraje de ciento ochenta grados en medio de un bulevar archirepleto de coches y peatones, y una vez en dirección contraria, se dirigieron hacia una avenida lujosísima, que se llamaba Avenue Montaigne. ¡Quién sabe qué rayos querría decir! ¿Sería el barrio ése, Pigalle, de que le habló el capitán de la nave? Ni idea, pero a buen seguro que allí tendrían trapitos a mansalva, y de los que dan ‘caché’. Otra palabra que usaba su madre cuando se empolvaba la nariz con las amistades. ‘¡Para, para, stop, stop! Me caminar, darme un garbeo, you stop aquí’. Si no llega a ser porque con los dedos hizo una uve hacia abajo y simuló dos patitas marchando, aquel negrazo ni papa de inglés, oye, ¡vaya con los parisinos que no hablaban más que su endiablado merengue empalagoso e indescifrable! Bueno, pero el lenguaje de los gestos es universal, así que pas de problema, que decía el hombre todo el rato.

Se arregló un poco la bata de moaré y se hizo un moño como pudo con su larga melena pelirroja. Bien bonita que era, pero ya empezaba a necesitar un buen chapuzón con champú incluido. Las medias se las había roto aquel viejo degenerado, pero es igual, se las quitó antes de bajarse del coche igualmente, ante el estupor del chófer que ya se iba poniendo de lo más cachondo con tanto arremangamiento. Lista. Descendió una de sus esbeltas piernas, y después la otra, tratando de no caer de bruces con aquellos altos tacones que se gastaba. Tenía que parecer distinguida a más no poder, si la vieran sus compañeras de clase, hubieran estallado de envidia, y no digamos su madre, que hasta se hubiera sentido orgullosa de ella, ¡por fin el patito feo acometiendo una obra de nivel! Paseo arriba paseo abajo, si no se decidía ya por alguna butic, como decía el chófer, la iban a acabar confundiendo de señora en fulana, tanto peinar la calle. Leyó a duras penas el rótulo de una tienda más bien discretita; mejor no entrar en plan ‘pretty woman’ aquélla, no fueran a verle el plumero y a humillarla, así que cabeza baja y paso corto, ‘allá voy, Inés de la Fresange o como quiera que te llames’.

-Good morning. Inés de la Fresange, thank you.

-Excusez moi, madame, vous demandez par Madame de la Fresange?

-Enchantée, yes.

-Oh, je suis desolée, madame. Mme. de la Fresange est absente cette semaine. Est-ce que je peut vous aider peut-être? Vous êtes une cliente habituelle?

Vaya pedorrez! Aquella tipa no le quitaba ojo, la miraba de arriba abajo con cierto aire de superioridad. Y luego aquel acento tan cursi, y esa melodía de su voz dulce. ¿Eran así todas las parisinas? ¡Pues no se correspondían en absoluto con los hombres de la ciudad que ella estaba conociendo, vulgares y corrientes a más no poder y un tanto golfetes! Por otra parte, normal que estuvieran reprimidos con aquellas damas tan archieducadas y altivas, vamos que ni el engolado de su padre en día de ceremonia era tan estudiado. ¡Y encima se empeñaba en hablarle en aquella lengua incomprensible y tan espesa!

-Night dress, ok?

-Oh, vous desirez un deshabillé?

-Traje de noche, de fiesta, ¿nos entendemos?

-Pour la nuit de noces? Mais bien sur que je peut vous aider! Venez avec moi, madame.

¡Qué manía tenía aquella maniquí perfecta de decir eso de ‘madam’! Era la palabra que más repetía, ¿qué diantres querría decir? Le hizo un gesto de seguirla y la siguió, no sin antes mirar por la ventana a ver si el negrazo y su coche seguían allí aparcados. Pas de problema, allí estaban. Le hizo un gesto de esperar y se adentró en la fabulosa tienda con aquella cursi de patas largas y finas, más finas que las de ella incluso.

¡Vaya, por todos los diablos! ¿Aquellos trajes se gastaban las fifis para ir de fiesta? ¡Pero si eran más despechugados que los vestidos de las rameras! Eso sí, tenían un estilo que para qué. Se probó tres modelos archifinolis, a cual más transparente que el anterior. El blanco le quedaba demasiado estrecho, aún con la cintura de avispa que se le había quedado después del hechizo, era un vestido de muñecas. El azul le hacía parecer el hada madrina concededeseos, le faltaba la varita mágica. Y por fin, el fucsia. Entre bordados y transparencias, más que un vestido parecía un picardías de los de antes, pero si eso era lo que se llevaba en París para las fiestas, no había más que hablar. Señaló a la señorita que era su preferido.

-Oui madame, c’est un très bon choix, risqué mais très chic. Votre mari va certainment vous adorer la nuit de noces!

-No sé qué dices de la noche, pero espero haber acertado, monada, porque este modelito me tiene que servir para entrar al Ritz y también para acceder al Cielo, así que como no tenga éxito vengo aquí otra vez y te corto esa lengua tan endiablada que tienes.

-Oh la la! Le Ritz! Super bon marriage que vous faites!

-No te entiendo nada, encanto, ¿cuánto money?- le hizo un gesto con los dedos, de esos que también son universales. Eso lo entendió a la primera, y marcó hasta tres. ¿Serían tres monedas? Le dio tres monedas.

-Quel bon humeur, madame!

Otra vez aquello de ‘madame’, ¡mecachis! ¿Y ahora por qué se reía aquella tonta, se mofaba de ella?

-No good?

-Trois mil francs, madame.

Bueno, pues saco un fajo de billetes y listo. Era un corte ahora tener que sacar los cuartos de la pechera, pero no había previsto la hora de los pagos, así que no quedaba más remedio. La dependienta se la quedó mirando alucinada, como si no hubiera visto nunca una cosa igual. O quizá eran sus tetas, que la dejaban estupefacta. En fin, le tendió un manojo de los billetotes que le había dado el vejete para que ella escogiera. La chica empezó a contar hasta tres mil veces, vaya, no sabía cuánto valdría aquello, pero seguro que era muy caro porque se había quedado con casi toda su pasta. Bueno, luego le soplaría algún otro dinerillo al abuelo y listo.

Salió ufana por la puerta con un pedazo de bolsa archimolona, sintiéndose, por primera vez en su vida, toda una dama de la alta sociedad o jet-set, como decían siempre por la tele. Primer paso, misión cumplida. Ahora no tenía más que aproximarse con aquel cochazo y el vestido de gasa al hotel Ritz, y a ponerse el mundo por montera por primera vez en su sosa vida. No se cansaba de repetírselo: ¡lo que cambiaban las cosas con un buen look!

miércoles, 26 de octubre de 2011

QUINCE: EN PARIS POR SOLEARES


-Pero bueno, ¿este viaje es que no tiene fin o qué? Yo quería pegarme un buen revolcón, pero esto es peor que ir al fin del mundo. No recordaba tantas dificultades desde los tiempos de la Reconquista española. ¡Y tú eres un inútil! ¿Cómo puedes salir en misión sin un whiskito, unas patatitas bravas, unos atunes en vinagre…? Llegamos al paraíso terrenal y no se te ocurre más que meterme unas píldoras de largo recorrido, ¿pero qué te he hecho yo? Además, creo que estas mierdas me han inhibido el deseo sexual, o como diablos llames tú a las ganas de follar. Sólo tengo que gases y pedorretas.

-¡No hace falta que lo jure, señora! ¡Está el ambiente cargado a tope! Pero las pastillas se las di para combatir la melopea que se traía en la frontera, menos mal que le confiscaron los vigilantes la petaca. El alcohol le hubiera hecho explotar las vísceras y hubiera sacado por la boca hasta la primera papilla en la nave. ¡Anda que, vaya modales!

-¿No lo dirás por cómo te he tratado, gañán?

-Si no fuera por mi jefe el primer comandante, bien lo saben los Infiernos que no hubiera podido resistirme a pasarla a cuchillo, ¡vamos, qué humillación!

-¡Jua jua! Te revolvías como un cochinillo cuando te até al volante de la nave y te hice cosquillas en los cataplines. No me divertía tanto desde que vi a una esclava bailar encima de las brasas el verano pasado.

-Es usted una descerebrada, si llego a mover un ápice de mi rumbo con las convulsiones que me entraron, estamos ahora en Plutón o estrellados contra el Sol, quién sabe. Si ya sabía yo que una misión así, tan importante, dármela a mí que soy novato, tenía gato encerrado. Bueno, milagrosamente estamos aquí, en menos de una hora la habré depositado en su destino, y podré irme feliz perdiéndola de vista.

-Necesito que follemos, me pica el chichi.

-¿Pero no había dicho que…? Es igual, eso no está entre mis obligaciones de soldado. Aguante un poco, mujer, que estamos en medio de la calzada y nos detendrían por escándalo público.

-¿Es que aquí no se puede follar a tutti plen cuando se te antoje? ¡Pues vaya escondite al que me trae Garci!

-¡Shh, sin gritar! En los espacios públicos los mortales son muy pudorosos, que aquí el sexo es cosa de intimidad y no para airearlo a los cuatro vientos. Al menos eso me enseñaron en la academia, señora, así que deje mi bragueta tranquila y no me ponga la mano en el culo, ¡por todos los demonios! ¿No ve que si seguimos así nos vamos a perder? Y esta condenada ciudad es muy grande.

-Y asquerosamente bella. ¿Dónde están los prostíbulos, la gente de mal vivir, los chulos y las putas? Si es que ya sabía yo que a París no teníamos que venir porque me encontraría rara… Además, estoy harta de andar, ¿y si nos teletransportamos a otro lugar?

-No podemos hacer eso, porque nos descubrirían. El hotel Ritz tiene que estar a menos de una manzana ya. Aguante un poco más.

-Tengo sed, quiero un vinito o una cervecita, ¡por tu padre! Este Angelis me va a oír, vamos que te han educado en un campo de concentración a ti, o eres más espartano que un romano de los de antes. Pero yo sé lo que te pasa, con ese acento tan de vaca española en francés, pues te da vergüenza que no te entiendan.

-¿De vaca española?

-Si tú supieras, ¡qué poca culturilla de a pie que tienes! En mis tiempos mozos tuve yo una criadita que venía de París, y la de cosas que me enseñó. No veas cómo voy a quedar con las amistades de Garci, no se espera él lo refinada que me va a encontrar. Y los gabachos cuando alguien habla mal su idioma pues le dicen que lo habla como una vaca española, yo qué sé porqué.

-La verdad que con la ropa que le hemos puesto en la Aduana, que ha quedado mucho más presentable. Aunque hubiera ayudado que se hubiera dado una ducha antes. Yo no tendré culturilla de ésa, pero lo de los jabones y la limpieza es universal, y hasta los demonios se cuidan cada día más en la cosa de la higiene personal. ¡Es que echa un tufo!

-¿Qué sabrás tú? Pues a mi Garci le ponen estos efluvios, así que chitón, ajo y agua.

-¿Ajo y agua? Otra de sus frases, seguro, pero no me lo diga. ¡Mire, ahí está!

-No puede ser, no puede ser, no puede ser.

-Bien clarito que lo dice, “hotel Ritz”, y es la plaza Vendôme, como decía el mapa. Mi trabajo me ha costado pero de equivocaciones nada. Ahora que, mirándolo bien, es muy lujoso, ¿verdad?

-¿Muy lujoso? ¡Pero si no me dejarían entrar ahí ni en cien años!

-Con estas lentejuelas… si no fuera porque ha roto las medias y se ha cargado los tacones, la cosa podía pasar, digo yo, y con una recomendación del ángel ése…

-No me dejarán entrar y será un bochorno. Este amor mío es que tiene salidas de peteneras. Una cosa es que esté enamorado, y otra que me confunda con una princesa. Pero la tía Jota encontrará la solución. ¡Ahora lo veo! Esto es un reto, como Garci sabe que me van las cosas estrafalarias, pues se ha propuesto invitarme al sitio más retro y más chic de toda la ciudad, y bien sabe él que conseguiré entrar, aunque tenga que marcarme un baile flamenco. ¿He dicho flamenco? ¡Claro, entraremos disfrazados de artistas!

-¿Escucho ‘entraremos’? ¿Por qué tengo la sensación de que no me iré de vacaciones en media hora?

-Si quiere jugar, va a saber lo que es bueno. No sólo me vestiré de faralaes sino que tendremos un gran éxito. Venga, saca la pasta, nos vamos a comprar ropa de sarao, niño.

-Un momento, un momento. ¿Por quién me ha tomado? ¡Yo soy un soldado, un militar, y mi misión ha terminado!

-¿Me crees tan imbécil de dejarte marchar estando yo en apuros? ¡Tú no te largas hasta que yo haya entrado por la puerta de la chambre de Garci y lo haya desnudado con mis propias manos! Tu misión está incompleta por ahora, así que da gracias de que no tienes que inventarte un plan de acción porque ya lo tengo yo. ¡Venga, a disfrazarse!

-¿Y dónde encontraremos un atuendo de baile español?

-Pues en un tablao flamenco. Si vieras la de noches que me han palmeado a mí en mis buenos tiempos, teníamos un abuelo gitano que compramos a unos bereberes y que nos cantaba por soleares. Así empezó la afición, ¡y en menuda bailaora que me convertí!

-¿Usted bailaora de flamenco?

-A mi Francisco le dio por comprar gitanos andaluces para el negocio, y montó un chou que no veas el éxito que tenía. ¡Era el novamás de Nowhere’s land! Y claro, con tanto cante jondo y tanta sevillana, no me resistí a ponerme encima del tablao yo también. “Las noches de la Juana”, pues no era conocida ni na, pregunta, pregunta a tu padre, seguro que se acuerda de esta vieja leyenda. Les comía la oreja a los gitanos aquellos que los tenía locos de contentos. Y los clientes, ¿pa qué te voy a contar?

-Bueno, que se nos va la pelota. Visto que baila usted de mil demonios, ¿qué sugiere?

-Entremos a ese bar, nos tomamos un aperitivito de nada y consultamos la guía local, a ver si localizamos un tablao que haya por aquí. Vamos allí, chingamos unos trajes, y nos presentamos en el hotelazo como Amaya y Jacarandó.

El soldado, que también se estaba quedando con la lengua seca de tanto palique y marcha, accedió por fin a tomarse un respiro en aquel bar humano, así que entraron y pidieron unos tentenpies.

-Y claro, vestidos de luces y con esos nombres, ¿nos admiten?- prosiguió el soldado, ya con la boca más fresca.

-En los hoteles siempre hay un bar, pedazo de cabeza hueca. Tú y yo entramos por la puerta del servicio, y una vez dentro, nos ponemos los vestidos y ¡hala, a montar el sarao en el bar!

-¡Pero nos sacarán de allí a patadas, será una humillación!

-No, si mi bello Garci está en el ajo. ¡Menudas influencias tiene, es el mandamás del Ritz, como si lo viera! Yo le envío un mensaje misterioso a su chambre y le digo que tiene que estar en el bar del hotel a las ocho en punto, pongamos, sin especificarle nada más. ¡Y si quería sorprenderme, será él quien se quede prendao de mi ingenio, je!

-Desde luego, señora, ya empiezo a entender por qué la llaman “la leyenda”, es usted una caja de sorpresas. Mucho le tiene que gustar ese Garci para tanta parafernalia.

-No es una cuestión de gusto, cariñito, es que tiene un salero y un savoir faire, que tú no lo tendrás ni aunque vivas cien años.

-Al final me voy a pensar que sabe más francés usted que yo. ¿Savuarfer?

-Eres un apolillado estudiante y rata de biblioteca, te hacía falta salir por ahí con la Juanorra para saber lo que es la vida. ¡Tanto estudio, tanto estudio, estos pollitos de la escuela militar es que no sabéis hacer la O con un canuto!

Comenzaron a mirar en la guía, y buscaron por “flamenco”, por “tablao”, por “sevillanas”, vamos, que aquello era más difícil que comerse unos chopitos con tomate. Y, a punto de desistir, a Juanorra se le ocurrió una idea todavía más loca. Saldrían a bailar sin ropa. Jua jua, aquello sí que no se lo esperaba Garci…¡Y a ver cómo la sacaba de ésta! Pues no le había hecho una encerrona citándola en un sitio tan finolis, ¡se iba a enterar de cómo las devolvía la vieja! Igual acababan en la cárcel, o en la “prison” que era lo mismo, con unos gendarmes de la gendarmerie francesa. A ella tanto le daba mientras pudieran estar juntos, y pensándolo bien, mejor una putrefacta celda llena de olores y meaditas, que estos lujos tan incómodos para ella. Mira que le dijo que quería ver los putiferios de los barrios bajos, pero él nada, a ponerla a vomitar de tanta cursilería. ¡Ya cambiarían las tornas dentro de un rato, ya!

El soldadito estaba horrorizado, pero, de uno u otro modo, veía cercano el final de su misión, y no tendría que seguir aguantando a aquella arpía más que unas cuantas horas ya. Aunque, para ser del todo sincero consigo mismo, cosa que hacía pocas veces, aquella bruja no era tan malvada como se la habían pintado. Incluso se podría decir que le había decepcionado ligeramente, con tantos miramientos por un ángel. El los odiaba y tenía que combatirlos a todos. Es más, todavía se estaba pensando si eliminar a éste o, como le había dicho el Redentor, saltarse las reglas y dejarle en paz en manos de Juanorra. Angelis le convenció diciéndole que sería la propia bruja la que, después de cepillárselo por delante y por detrás, le daría una buena estocada en su ego peor que la muerte. Pero él estaba empezando a dudar, porque veía a la bruja demasiado enamoriscada para hacerle sangre al angelito ése. Bueno, en cualquier caso, hacía bien en quedarse a vigilar. Si no era ella quien después de los polvorones le hiciera daño, él mismo se encargaría de empuñar la espada que lo destruyera, y así lograr su primera victoria frente al Bien. Si se paraba a analizarlo, puede hasta que fuera su primera misión para probarle, para ver si tenía las agallas suficientes de su rango y graduación, así que no podía permitir que las cosas quedaran a medias, y Angelis se sentiría orgulloso de que le hubiera traicionado en aras de una victoria para el Reino.

Seguiría bien de cerca a los tortolitos después del chou, y más le valía a Juanorra pegarse la juerga pronto, porque él no permitiría que aquel pretencioso siguiera triunfante por mucho tiempo, burlándose de los Infiernos como si tal cosa. Después de poner la colita a remojo, como quien dice, se las vería con el combatiente soldado Herr Jones Krugger, y de ahí al estrellato. Fama y gloria le esperaban después de derribar al temido Terminator. Eso, y unos buenos billetes que había prometido el sabio Valenciennes, su mentor en el último curso de la escuela de cadetes, para el más bravo de los graduados que lograra vencer a los príncipes de Celeste.

martes, 27 de septiembre de 2011

CATORCE: ETERNAMENTE JOVEN


Valenciennes tenía bien pegado el oído a las puertas de la alcoba de Satán, y no daba crédito a lo que había escuchado. Él sabía de buena tinta que lo de Nowhere’s land había sido una bacanal de tomo y lomo, y que la vieja Juanorra era una bruja cuya única virtud era la de ser más fea que un pecado, pero de ahí a ser una científica y fabricar la Energía oscura… era mucho suponerle. No se lo creía, que no y que no, tenía que ser un chanchullo del Angel Redentor, uno más para no perder su buena estrella al lado del anticristo. Lo que más le dolía en las vísceras es que ahora que casi le había pillado el asiento, le vencía con otra idea genial, no era justo.

Por otra parte, de los días gloriosos de Satán no quedaba ni la sombra. El viejito estaba quemando sus últimos cartuchos y ahora se contentaba con cualquier truco. En sus buenos tiempos De Angelis hubiera sido pasado a cuchillo, y sus cataplines ofrecidos a los tiburones para que se los arrancaran de cuajo. Y ahora, ¡una mamadita y hala, a descansar! Estaba cantada la decadencia del imperio si seguían por este camino; por muchas energías oscuras que consiguieran derrotar, sin un buen Jefe aquello se convertiría en un reino de taifas sin cuartel ni mando. Pero él tenía otros planes, y no permitiría que nadie le tomara la delantera. Eso sí, tenía que desenmascarar a la vieja bruja de los barrios bajos y a su amigo el Redentor, antes de que le pisaran los talones con sus farsas. Tenía que descubrir qué se traían entre manos y, una vez que lo supiera, le ofrecería a Satán la cabeza de su primer comandante en finas rodajitas.

Llamó a su homólogo en el Cielo, Archifranco, para contrastar cotilleos y sabidurías:

-Mi buen colega, ¿qué te trae por estas ondas rítmicas?

-Tengo buenas news. ¿Tú te acuerdas de aquella vieja bruja con quien se acostaba el gañán de Garcilaso?

-¡Oh, no seas tan duro! El bello Garcilaso es toda una institución por aquí y podría estar escuchándonos. En el Cielo no hay secretos, mi buen amigo.

-Te llamo por línea restringida, un invento de mis ingenios que no falla, así que puedes estar tranquilo que no peligra tu integridad.

-Pues siendo así, hablemos en confianza, como siempre hemos hecho. No soy partidario de las críticas, no me lo permite mi condición, bien lo sabes. Sin embargo, ese pretencioso es inaguantable, cada día más. Y lo peor es que está a partir un piñón con el Jefe. Tú lo tienes mejor ahora, con la ausencia de Angelis en el Congreso te has ganado unos puntos que no veas…

-¡Qué va! Se ha inventado una patraña y Satán se la ha comido con patatas, pero yo le desenmascararé. ¿Te acuerdas entonces de aquella vieja bruja?

-¿De Juanorra, la leyenda? ¡Cómo olvidarla! Es más, te diría que sigue siendo la amante de Garcilaso casi sin ninguna duda. Se cuecen noticias aquí y allá de sus amoríos y encuentros furtivos, hasta el punto de que el colectivo de musas está que arde porque Garci está empalmado cada dos por tres pensando en ella, y deja abandonados a los artistas a su suerte y riesgo.

-¡No te fastidia! Cada vez me exaspero más. ¿Pues no tuvieron una niñita endemoniada?

-Cuentos de viejas. Yo creo que lo que tuvieron fue un fetito que se abortó por sí solo.

-Que no, que no, estás equivocado. En Nowhere’s land corren rumores de que la pequeña Rosamunda es hija de Garcilaso, y te diré que está a punto de cumplir los dieciocho. Es un engendro más feo que un pie de pato, pero con unas tetitas que ríete tú de la silicona. Son algodón puro.

-¿Y qué?

-¿Pues que dónde has visto tú en el Infierno unos pechitos tan apañados? Eso es cosa de brujería prohibida, y no puede más que ser lo que estamos buscando.

-No te sigo, pero para nada.

-A veces eres tan bien pensado que me asombro de que podamos ser amigos. La “tetitas” es nuestra baza de conquista, la oportunidad que estamos esperando. No había pensado en ello, pero la idea va cobrando vida propia a medida que mi excelso pensamiento se acelera. Ella tiene las partículas del bien y las partículas del mal, ¿no te parece fascinante?

-Y prohibido.

-Ése es otro frente a atacar, ¡sí Señor, a veces tu integridad suma puntos! Si llega a oídos de nuestros Jefes que sus primeros espadas joden en casa del contrario, apuesto a que los pelos se les ponen de punta.

-El mío nos tiene ligeramente preocupados, ahora que le traes a colación. Dios está de subidón y no para de levitar y tornarse de colores. Le estás hablando y lo mismo se pone rojo bermellón que color canela, todo menos contestarte una pregunta. Lo de la Energía oscura le ha dejado perplejo y me da que se aburre sólo de pensar en ello. Creo adivinarle detrás de aquellos ojos de lechuzo que se le quedan, le importan un rábano las miserias y quehaceres de los hombres, no digamos los divinos, y que el mundo gire a su alrededor, y si te soy sincero, me parece que le quiere dar una oportunidad al Universo ése para ver si hay suerte, coge protagonismo y es su momento para retirarse por el foro. ¡Para que veas!

-¡Pero ésa es una gran noticia! Tú boss atontolinado con la brujería blanca, el mío achacoso y facilón, pues es nuestro momento, Archi. Y la Tetitas nos servirá el plan en bandeja.

-¿Qué plan?

-Ahí te la lanzo. Un reino, y no dos, el Bien y el Mal confabulados en dos cabezas dirigentes, mitad mitad. Y tú y yo al mando.

-¿Pero has perdido el juicio? ¡Nos pasarían la cabeza por la trituradora! ¿Y la Tetitas ésa, o como se llame, qué pinta en esto?

-Es el experimento, ¿no lo entiendes? Es la prueba de que las sinergias del Bien y del Mal pueden cruzarse y crear seres superiores. Si mis cálculos no me fallan, esa chica es una eminencia por explotar, porque tiene todos los genes de lo peor y lo mejor de la inmortalidad. Si conseguimos adquirirla para nuestros fines experimentales, tendremos la clave del éxito en nuestra mesa de mezclas.

-Sí, claro, ¿y si se entera Garcilaso de que tenemos a su hija de conejillo de indias?

-No creo que a Terminator le importe un pimiento su hija, ni que sepa el santo de su nombre. Se ha convertido en un follador a mansalva y no hay quien le pare, y en esas circunstancias el pito te impide pensar, por muy ángel que seas.

-¿Ah, sí? ¿Y el primer espada del Infierno? ¿Cómo le pararás a ése los pies para que no te desbanque?

-Demostraré que es un farsante y le serviré a Satán la cabeza de la bruja madre en bandeja, que con mis sutiles torturas cantará como una almeja la trama que se traen. No sé todavía cómo, pero los descubriré. Tú vigila los pasos de Terminator, que a buen seguro andará siguiendo los de la vieja bruja.

-Dicen las lenguas que Garci se ha tomado unas vacaciones terrenales, y que pidió una habitación en el Ritz de París para siete días con sus noches. ¡A saber qué artista rica le ha ligado!

-¿Y si no ha sido una artista esta vez? Además, las artistas ricas ya no necesitan inspiración de musas, tienen a sus esbirros para que les hagan el trabajo sucio. ¡Esto tiene que ser cosa del amor!

-¿Quieres decir que se ha citado con Juana?

-Menos mal que a veces eres audaz. ¡Pues sí, eso pienso! Y si les pillamos tú y yo, el tanto que nos apuntemos será de órdago a la mayor. ¿Has dicho en el Ritz? Prepara un atuendo que nos vamos al paraíso terrenal, amigo Archi.

-¡Pero si tengo un montón de tareas aquí! La fórmula del elixir de la juventud está casi acabada; no obstante, hay algunas deficiencias del producto que me gustaría contrastar antes de lanzarla al mercado norteamericano… Hemos cogido prestadas, ejem, algunas ideas de los científicos norteamericanos en cuanto a células madre embrionarias reparadoras, sin embargo, no se adaptan tan bien como esperábamos a los estómagos regenerativos, y claro, por poco que coman, no dejan de quemar combustible y desgastar los motores... Si llega a oidos de Dios que los humanos pudieran encontrar la fórmula de la inmortalidad fuera de nuestro control, no quieras saber lo que me haría...

-Cuanto más hablas, más razón tengo. La Tierra es nuestro mercado natural, ¿no? El culto a la juventud eterna es la primera aspiración de que hemos dotado a los humanos, ¿sí o sí? Y vaya, si consiguen entender cómo regenerarse sin ayuda, ¡que nos veo de patitas en la cola del INEM! Entonces, ¿qué mejor que viajar al meollo del asunto y probar de una vez el elixir que has desarrollado?

-Tengo mis temores, porque todavía observo deficiencias en los efectos más inmediatos. Resulta que, de cien casos, hay un diez por ciento cuyas consecuencias son regresiones a la tierna infancia, y eso con suerte, así que, en vez de estabilizarse en los veinte, pongamos, te pasas un milímetro de la dosis y ya te has cargado el sistema digestivo, y el invento. Tengo que conseguir un mecanismo más eficaz antes de efectuar pruebas tan arriesgadas en carne humana. Lo cual es una pescadilla que se muerde la cola, porque mi jefe por un lado quiere resultados, pero por otro no quiere daños colaterales, así que mi equipo y yo estamos entre la espada y la pared.

-¡Qué idea, Archi! ¿Y si le diéramos ese brevaje a la hija de Juana? Con diecisiete años se nos revelará un poco, pero con doce o trece haríamos de ella una auténtica cobaya sin resistencia para nuestros fines.

-Eres perverso y rápido, ¡pardiez que si lo eres! Al no ser humana, los efectos son más difíciles de prever, pero si funciona desde luego que me coronan. Y a Dios no le importará una brujita más o menos, no les lleva la cuenta.

-Eres un cursi, ¡pero te quiero! No se hable más, prepara un atuendo conveniente y nos vemos en la Plaza Vendôme, en frente del Ritz en menos de un periquete, no hay tiempo que perder.

-Bueno, quizá que los novios no hayan llegado todavía.

-Mejor, así tendremos más tiempo para preparar nuestra treta. Iremos de mujeres, ¿qué te parece?

-Me gusta mucho ir de fémina, con alto tacón y de pelirroja.

-Siempre has tenido tu aquél de ramera, científico loco.

-Te dejo que me voy a hacer la pedicura, la manicura y una depilación a láser.

-Pues yo con estos pelos como cerdas, más bien me pasaré la gillete y arreando. Seré una fémina con hormonas masculinas y bien velluda. Me encargo de la reserva y nos encontramos en la brasserie de Pierre a las siete en punto de la mañana. Au revoir mon ami. ¡No me falles!