El club de las brujas

El club de las brujas

lunes, 11 de noviembre de 2013

VEINTITRÉS: Juana la novia


‘Dos horas para mi cita’, se dijo Garci, ‘y no sé porqué, tengo una sensación de desasosiego nada habitual, está el ambiente enrarecido. Vale que no he hecho nada para encontrar a la joven impostora que me cameló con sus desmayos. Cierto. Pero tampoco es para tanto, si los sabios locos se entretienen un rato con ella, pues nos dejan tranquilos a los demás. Seguro que la querían para algún experimento de los suyos, pues que les aproveche.’

Guapa era, y más que guapa, lo que le había dejado pillado era ese aire tan familiar que se daba, con los mismos ojos que su abuela y esa melena... En fin, aire, que seguro que era todo un engatusamiento tremendo, y, si me apuras, una treta de los sabios que se la habían puesto como cebo quién sabe con qué fines. Ahora que se había librado de ella, tenía que relajarse y pensar en la fea Juana, su Juanita, que ya estaba bien de intrigas de palacio. ¡Nada ni nadie le distraería de su semana de ocio y amour fou!


Se puso un traje que parecía un modelo del mismísimo Paco Rabanne, o de Dior. Pero quizá algo tan clásico desentonaría demasiado con ella, que a saber con qué pintas se presentaba. Desde luego que los dejaría a todos ‘épatés’ como nunca antes. ¿Mejor un Armani?  Le quedaba que ni pintado, con sus cuatro botones y ese color crudo tan de moda. Pero pensándolo bien, estaba hecho un señor de los años veinte, era también demasiado clásico, necesitaba algo más innovador para una cita tan importante, y además no combinaba con la camisa azulona preferida de Juana. ¿Entonces qué, Jean Paul Gaultier, Kenzo? Tenía un fondo de armario que ni las vedettes de Hollywood, pero es que ser musa tenía sus compensaciones, y los diseñadores no querían perder la inspiración por nada del mundo. Bueno, que la suerte zanjara la cuestión y el traje le escogiera a él. Hizo girar todas las prendas en el armario apretando todos los botones de selección y marcha a la vez, y cuando soltó los mandos con los ojos cerrados y frenó el cachivache en seco, el que quedó en portada fue un modelo YSL de rayas, que con su camisa turquesa iría que ni pintado. Quizá extremado, porque una cosa era epatar en las pasarelas, y otra muy diferente vestirse para salir a la calle. Pero nada, no había marcha atrás, las decisiones del azar tenían estos riesgos. Además, bien mirado, Jota se perdía por los colores vivos, así que quizá no era tan mala idea. Un cuerpo como el suyo podía aguantarlo todo sin doblarse.
 Un come come le seguía agujereando el estómago y las ideas le bailaban confusas, pero quizá era todo producto de la excitación que le producía ver a Juanorra, y nada más que eso. Le había comprado en Chaumet, el joyero más reputado de la plaza Vendôme, un joyón que la volvería loca, un pedrusco del tamaño de un puño hecho de esmeraldas, con un diseño de cortar la respiración. Y Juana muy exquisita no sería, pero las cosas buenas las distinguía de lejos.  Todo eso porque quería declararle su amor de una vez por todas, y pedirle, vamos que no se atrevía ni a pensar en ello siquiera, que se escaparan juntos. La Polinesia era un lugar privilegiado, desde luego, pero además había tantos otros mundos por descubrir en el cosmos. El se los mostraría todos a su novia. ¿Había dicho novia? Era la primera vez en toda su larga existencia que esa palabra le sugería algo positivo. ¡Estaba más enamorado que un colegial!
¿Y si ella se reía de él? ¿Y si no hacía más que mofarse de su propuesta y dejarle en ridículo por su osadía? Pues tanto daba, por primera vez le daba lo mismo quedar como un ingenuo delante de ella, y que pensara que era un sentimental y le acabara despreciando. De todas formas, Juana tenía que tener su piel por debajo de la costra, y seguro que estaba por sus huesitos, aunque no quisiera admitirlo. Y además, qué carajo, llevaban por los siglos de los siglos con esta historia absurda de amantes prohibidos. Que había sido divertido, no se podía negar, incluso lo más divertido que había hecho nunca, pero ya no tenía ganas de seguir saltando de aventura en aventura, cuando con la que estaba deseando pasar los días era con ella. ¡Vaya acelerón que habían pegado las cosas! Por eso cada vez le interesaban menos los planes de dominio del Universo urdidos por su buen amigo Dea. Eran pasado, y se había hartado de constantemente tener que demostrar que era la primera figura del reino. Y de Dios, también se había cansado de El, con todos los debidos respetos. Cada día tenía más achaques y ya no sabía ir solo ni al cuarto de baño, por no ser más soez, que su condición no se lo permitía. La última vez le había pillado sin poder atarse los zapatos, con un enganchón de espalda que no veas. A los demás les hacía creer que estaba en pura levitación día sí día también, y por eso no podían verle, pero donde estaba es en los balnearios, dándose friegas de vigorizante y baños con sales marinas, a ver si le resucitaban las ganas de vivir y mandar.

Así que el bello Garcilaso, de un tiempo a esta parte se le había hecho imprescidible a su Dios, y estaba mal que él lo dijera pero, poco se equivocaba al pensar que le tenía en mente como sucesor para Celeste. ¿Se podía saber qué les pasaba a los Jefes? ¡Estaban en franca decadencia! El uno porque la artrosis, vaya vulgaridad para su condición, le estaba dejando ko, y el otro pirrado por los culos de sus súbditos, ¡desde luego que vaya temporadita! Esto sólo podía ser cosa de la dichosa Energía Oscura ésa que habían descubierto los científicos. Que les estaba haciendo la pascua a todos y trastocando el equilibrio de fuerzas.

El no quería quedarse a ver el fin del imperio. Durante millones de años hubiera dado un brazo, o un pie, por la sucesión. Todo el empeño que había puesto en ser la mano derecha del Divino, y ahora que le llegaba la oportunidad de oro y se la ponían en bandeja, había perdido todo su valor. ¿Estaría enfermando? Era otra de sus grandes preocupaciones, si con tanto ir y venir de tierra de humanos, no se le fuera a pegar ninguna de esas enfermedades tan raras que cogían de tanto en tanto. Mira Dios, ¿a santo de qué se le ponían ahora esos dolores de viejo reumático? Pero bueno, sin distraerse del tema, el caso es que se le habían evaporado las ambiciones como por arte de birli birloque. Todo lo que quería y deseaba ahora tenía nombre de bruja; la muy condenada lo tenía bien pillado por los cataplines.

¿Y si le decía que no? Podía raptarla, pero así no era como quería hacer él las cosas. Claro que Juanorra nunca fue muy profunda; el joyón la volvería loca, y la semanita de pasión también, pero más allá de esos amoríos, ¿cómo la convencía de seguirle en su fuga por el infinito? Nunca la había oído hablar de inquietudes por viajar, o por conocer el más allá o el más acá, así que, ¿cómo la podía embaucar? Pero bueno, ella también tenía que estar harta de no poder escapar a su destino circular, ¿o no? Por pocas vueltas que le diera al tarro, lo de la vida inmortal una y otra vez la tenía que tener hasta el moño, como a todos. Entonces, ¿por qué no? Había que tener confianza en uno mismo, y pensar que no todo iban a ser mofas y risas, quizá por una vez lograra tener una conversación importante con su novia –otra vez esa palabra- y la haría descubrir que ella también estaba loca por él.

Por el que lo sentía es por su amigo Dea. Se iba a quedar muy solito sin ellos dos, y lo peor era no poder decirle nada de nada, no se podía permitir ningún riesgo, y además intuía que no le haría ninguna gracia la escapada. Por una parte, le dejaba el camino expedito para la conquista del Universo pero, por otra parte, hacían un tándem tan exquisito que le sabría muy mal perder a su compañero de contra-fuerza. Por eso mismo no le podía contar cuáles eran sus planes, y bastante que se tenía que morder la lengua. Después estaba aquella frase que le había repetido antes de despedirse de él: “el fin justifica los medios”. Era su consigna, pero a qué venía ahora esa insinuación. ¿Sería que se rumiaba algo? A Dea no se le escapaba una pero,  ¡esta vez hubiera sido demasiado que le hubiera adivinado el pensamiento!

Bueno, pues estaba decidido. Se iría con su bruja al lugar más recóndito donde pudieran llegar, a uno donde ni demonios ni ángeles pudieran jamás buscarles. Lo primero era salir de la Vía Lactea, y después sería pan comido porque allí fuera había mucho para elegir. Al menos eso decían los libros prohibidos. Una vez que hubiera pasado la alarma inicial, digamos en unos cuatrocientos años, podrían volver por suelos conocidos como si tal cosa, y nadie se acordaría de ellos apenas después de varias vidas circulares sin asomar el morro. Eso si quedaba un sitio donde volver, porque la hecatombe final estaba por llegar y, desde luego, a él no le pillaría sin haber hecho los deberes. Lo que sea que tuviera que acontecer, lo experimentaría bien pegadito a su Juana del alma. Lo quisiera ella o no.

Desde luego que se le había ido el santo al cielo, como quien dice, y se habían hecho las siete de la tarde en un pis pas. Qué las siete, ¡las siete y diez ya, cincuenta minutos para la rencontre!

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