El club de las brujas

El club de las brujas

jueves, 19 de julio de 2012

DIECIOCHO: ANGELES Y DEMONIOS DE RAMERAS EN PLACE VENDOME



Satán estaba cada vez más preocupado. ¿Y si aquella “Energía oscura” acababa por destruirle su Reino? Aunque, bien pensado, quizá podría negociar con ella, con la Energía, una salida por lo bajinis, y listo. Esta idea le barruntaba la cabezota desde hacía un rato. Otro whisky más y daría con la solución al problema. Claro, porque, en definitiva, ¿lo que buscaba él no era un retiro honroso? ¿Pues no había dicho mil veces lo cansado que estaba de batallar? Y por otra parte, cualquiera dejaba el Reino en manos de los inútiles que le rondaban. La esperanza del Mal era el Redentor, De Angelis, de eso no cabía duda. Pero últimamente se le iba la olla con algún amorío que le tenía descentrado, si lo sabría él, que le conocía más que a su sombra. Era un militar de cabo a rabo, eso desde luego, pero le había pillado en unos renuncios quepaqué… 

Bueno, su última oportunidad era la misión de la bruja piruja ésa de Nowhere’s land y la maldita fabricación de Energía oscura. ¡Pero, eso sí, como fuera otra patraña de aquel liante, de ésta lo defenestraba de todos sus cargos y lo ponía de patitas en la puerta de la leprosería, por sus ancestros que sí! Y entonces, ¿quién le quedaba? El sibilino Valenciennes, pero le faltaban dotes de mando. Era, cómo decir, un intelectual, sí, pero no era burrote ni sabía levantar la voz, vaya acento de mariconzuelo que se gastaba, y era mucho Infierno aquel Reino para un pusilánime con cara de niña abobada. Necesitaba un profesional con las pelotas bien puestas, vamos, que supiera pegar un golpe de voz y mando. Valenciennes era capaz de instaurar una democracia o algo peor, o de convertir a sus demonios en universitarios, con esa manía del conocimiento que tenía. Después suprimiría las armas en aras de la paz universal y que se dieran por jodidos, porque una baza así la aprovechaba cualquiera para colonizarles y darles por detrás. Ese era el problema, Val era un ingenuo, que pensaba que con argucias intelectuales nada más se conquistaban las tropas enemigas. No, definitivamente no podía dejar el poder en sus manos porque en unos años estaban todos esclavizados por alguna otra civilización.

Por eso mismo, y si dejaba que se fueran al carajo, devorados por la Energía ésa, y a cambio negociaba una salida por el foro y a malvivir. ¡A descansar! Ahora que, Él sólo no podría conseguirlo, porque las fuerzas del Mal y las del Bien existían la una por la otra, así que nadie le concedería su propia destrucción y retirada sin un acuerdo recíproco. Lo que tenía que hacer era hablar a las claras con Dios y proponerle que se lo montaran juntos. Total, Dios estaba en las mismas, se le notaba en la mirada ausente y en los gestos de profunda desidia y apatía. Es más, en la última partidita de cartas que jugaron hasta se echó una cabezada que le dejó el triunfo en bandeja. Que sí, que tenía más ganas que El mismo de dejar el mando. Claro que, a la destrucción del Reino del Bien, quizá no accediera tan fácilmente. A Dios le importaban mucho sus súbditos, no como a El, que le tenían hasta el moño. Y firmar su sentencia de aniquilación  no era moco de pavo.

Por otra parte, a la Energía ésa dónde la podrían encontrar. Quizá estaba aliada con Universo, y entonces sí que tenía más argumentos para involucrar a Dios en sus planes perversos, porque si había un ente al que el Celestial le tenía verdadera manía, ése era Universo. Todo porque le estaba restando protagonismo de forma trepidante. Las encuestas de audiencia decían que el Divino tenía cada vez menos seguidores e idólatras. Y los centros de culto de los terrícolas no digamos, daba pena verlos hasta en los días más señalados. Eran tiempos de ciencia y razonamientos, tiempos de materia y sapiencia, y nadie quería creer en lo que no veía con sus propios ojos y tocaba con sus manos. Así que el Más Allá tenía los días contados. Salvo que ocurriera algo verdaderamente apocalíptico que devolviera la fe al mundo.

En cambio, Universo estaba exultante. Jamás le invitaban a sus reuniones de  trabajo, pero le habían intuido en más de una, se les colaba como si tal cosa y escuchaba todos sus siseos, vamos que estaba por todas partes y en crescendo. Los humanos tenían esa ansia de saber, de viajar por encima de sus posibilidades gravitatorias, y estaban construyendo cada vez naves más potentes con que investigar lo que había fuera de su planeta. Y claro, descubriendo descubriendo, cada vez tenían un trato más de tú a tú con Universo. Y en cambio, con ellos dos, ¡que si quieres arroz Catalina! Estaba muy bien eso de que Dios había creado el mundo en unos cuantos días, y las aguas, y las aves, y a los monos, y después a los humanos, ¡je! Pero, ¿dónde se había metido después? ¿Tumbado a la bartola mientras el Demonio hacía de las suyas? Era todo tan incomprensible para ellos, los de abajo, los mortales, que habían acabado por pensar que no existían ni el uno ni el otro, y hasta peligraban los conceptos del Bien y el Mal, tan claros otrora. Y es que, desde que se inventaron lo de la teoría de la relatividad, el mundo había dejado de serles amable.

Si, al menos, su contrincante accediera a mostrarse de cuando en cuando, decirles alguna cosita al oído, una imagen en movimiento, sangre fluyendo de alguna de sus estatuas, una aparición, un nuevo Lourdes… qué sabía él, pero esto de no quererles mostrar ni una pizca de cercanía y tenerles en ascuas… ¡es que no había ni apariciones como antaño! Así les iban las cosas, claro. Para él que se habían confiado demasiado, como les dijo el mago Maggiore en su magistral intervención de la última Conferencia. ¡Vaya si tenía razón! Y ahora quizás era demasiado tarde y las cosas se les habían ido de la mano. ¡Razón de más para pillarse una jubilación anticipada y cargarle a alguien con el muerto!

Todo esto había que explicárselo a Dios y convenir con El en que mejor negociar una salida discreta y sin escándalos, a buen precio, que acabar todos humillados por aquellos entes de última generación que les iban a dejar en el paro y sin derecho a desempleo. No había que engañarse, ya no estaban para estos trotes, que si satélites de onda expansiva, guerras bacteriológicas, viajes lunares para turistas, y luego el internet, que había comenzado como un arma de espionaje militar y mira ahora, ¡les tenían fritos a interferencias! Los humanos les estaban superando, nadie quería verlo, pero era una realidad. Se habían dormido en los laureles y ya no había quien parara la evolución, pero él desde luego sería más listo que nadie y se anticiparía a la debacle que les esperaba… y necesitaba a Dios como nunca en su tirana existencia.
*
Valenciennes había llegado con retraso, y parecía una ramera de los barrios bajos.
-Pero mujer, ¿cómo te presentas con esta pinta? ¿Así es como quieres entrar en el hotel más lujoso de París?
-Archifranco, ¿pero eres tú? ¡Coño, pareces un árbol de Navidad! Archi, mi príncipe, ¿pero por qué vas tan enjoyado? Y con esos tacones, por tu padre, pero si no podrás ni andar…
-¿Que no? Yo soy un profesional de la performance, mi viejo. Y si digo que vengo de princesa, pues eso.
-Dijimos de putillas, ¿no?
-De féminas, hermano, de féminas. Y tú has confundido el término con lo único que hay por aquellos lares, golfas de poca categoría. Trae aquí, vamos a entrar en ese bar de tu amigo como se llame, y te haré unos arreglos en la trastienda. ¡Menos mal que pienso en todo!
-A veces eres peor que una marujona. Pues yo que me veía su aquél y todo con estos labios rojos y el pelo a lo Grace Jones.
-Pasa, si te hubieras puesto al menos unas medias tupidas, ¡pero es que se te ve una pelambrera que no hay quien se la acabe!
-Habrá a quien le de morbo…
-Si fuéramos a ligar, so pendoncete… pero es que resulta que me has liado para una misión importante y concreta, ¡y no para un folletín de tres al cuarto!
-Archi, amigo, es que no pasas ni una. Pues una juerguecilla yo estando aquí ya me la pegaba, y luego nos ponemos en faenas serias con mejor disposición.
-¡Es que ni los cuerpos de élite os salváis de las brasas y del golfeo! ¿Pero tú crees que yo he interrumpido mis estudios y quehaceres para pegarme unos dancings contigo? Eso, por no decir cosas más vulgares que no quiero ni mentar… Con la de hadas estupendas que tengo yo en el Cielo para elegir, anda que me iban a pillar aquí con una pelandrusca…
-¡Qué sieso eres! Bueno, pues hala, sin perder más tiempo vamos a ver esos apaños que quieres hacerme. Ya vendrán tiempos mejores. ¡Y anda con más garbo, que mucho tacón pero pareces un pato mareado!
-Sí, en eso te doy la razón, estas sandalias tan chic cómo son de incómodas. Y eso que son unas Charles Jourdan, el pobre cada año nos envía ni sé la de modelos para ganarse un puestecito bien apañado en nuestro reino, y yo es que no sé ni dónde meterlos. Pobre infeliz, a ver qué se encuentra el día que llame a nuestra puerta, porque estos favores mundanos no están nada bien pagados.
-Bon jour, Pierre, mon ami. Comment ça va?
-Oui, Mademoiselle?
-Ici Valenciennes, eo!
-¡Valenciennes, qué alegría verte, ni te había reconocido así de camuflaje!
-¡Oh, hay que ver cómo has aprendido nuestra lengua inmortal! ¿Qué pasó?
-Un coma de nada, veinte días con un pie aquí y otro allí, y entre tantas luces y sombras pues aproveché para coger un poco de culturilla.
-O sea que, ¿pudiste ver algo de lo que te espera? Si me llegan a avisar de que estabas entre pinto y valdemoro, te hubiera hecho una visitilla...
-Ya me hubiera hecho falta, ya... Aquí nadie cree lo que cuento, piensan que son alucinaciones de comitoso. Pero yo vi lo que vi, y de nubes esponjosas y hadas buenas con alas, nada de nada. No dejé de estar inmerso en túneles vidriosos y más oscuros que la noche cerrada, pensé que me había quedado ciego y sentía mi cuerpo como flotar. Y luego recuerdo convulsiones, dolores, en fin, nada agradable. Espero que el día que la palme del todo sea otra cosa- dijo Pierre, guiñándole el ojo al diablo.
-No temas, bandido, que yo te estaré esperando cuando sea la definitiva, ¡y con todo lo que te tengo prometido tu muerte será jauja, descuida! ¿Qué opinas, Archi? Os presento, mi amigo Archi, mi amigo Pierre. 
-¿Es uno de los tuyos?
-Sí, y no. En fin, no podemos decirte mucho, pero estamos en una misión secreta y necesitamos tu inestimable colaboración.
-Faltaba más. ¿En qué puedo ayudaros?
-Lo primero es lo primero. Necesitamos ir a la toilette.
-Está bien, ¿a la de mujeres o a la de hombres?
-Mujeres, claro.
-Claro, claro. Aquí os espero. Os voy poniendo algo.
-Una baguette bien pringosa de mantequilla para mí.
-Oh, nada, gracias, llevo mi oxígeno conmigo. Hasta ahora.
-¡Ay! ¿Pero qué haces?
-¡Pues arrancarte estos pelillos de la barba, que así no hay quien se crea que eres una dama!
-¡Las piernas ni las toques, que me haces polvo!
-Vete poniendo estas medias negras y así lo disimularemos. Y ahora, un poco de maquillaje claro, estos pendientes de pedrería, y quedarás un pelín más fino. Quiero decir “fina”.
-Con lo bien que me iba de ramera canalla.
-Pero para el Ritz, pues no le va.
-Bueno, a lo que íbamos, ¿trajiste el elixir ése de juventud?
-Son estas bolsitas que me coloqué dentro del sujetador, así me dan más volumen, porque llevan aire comprimido para proteger y aislar las células embrionarias.
-Bien, ahora tenemos que encontrarles. Preguntaremos a Pierre lo primero, ese viejo zorro se cosca de todo lo que pasa en esta plaza.
-¿Y ese Pierre merece tu confianza? Parece mentira, un mortal y tú tan tranquilo contándole nuestras intimidades. No me parece nada seguro.
-Los demonios necesitamos aliados, chérie. Además, este hombre está encantado de ponerle un poco de salsa picante a su vida. Le tengo dicho que con cada colaboración que me presta, saldrá a un favor prestado para su próxima vida infernal. Y le he enseñado unas fotos de brujitas que está lamiéndose los dedos y muerto de ganas de morirse, valga la redundancia.
-¿Pero qué brujitas? ¡Si son feas del demonio!
-¡Y él qué sabe! Yo le muestro fotos de modelos de las revistas y él se traga que son amigas mías.
-¿Cómo puedes hacerle eso? No tienes corazón.
-Exacto. Dejémonos de sensiblerías.

-Bueno, mi buen amigo. Pues tenemos una  misión muy importante esta vez. A ver si puedes ayudarnos. Vamos detrás de la pista de una pareja de tortolitos que se aloja en el Ritz. Y con lo cerca que te queda, nos preguntábamos si no habrás visto nada fuera de lo corriente estos días. Quizá hayan venido por aquí a tomarse una cervecita… ¿Has visto gente “diferente”, o que hablaran como éste y yo?
-Pues mira, sí, ahora que lo dices, esta mañana vinieron dos tipos pero que muy raros. Una mujer y un hombre que no paraban de pelear.
-¿Peleándose? ¡Eso sí que sería raro! ¿Los podrías describir?
-Desde luego que no se me olvidan. Ella era espantosamente fea, vomitiva para ser exactos. Llena de pelos por la cara, casi con barba, y grasienta, y con una nariz de cortar.
-¡Es ella, es ella!- exclamaron ambos excitados. –¿Y de él, que nos dices, bello como una escultura griega?
-¡Hombre, no diría yo tanto! Un chiquilicuatre con pinta de soldadito raso, para ser sincero.
-¿Y de qué hablaban?
-Pues se pelearon primero en la puerta, porque ella quería quedarse a comer unas tapitas y el chiquilicuatre parecía tener prisa, tenía cara de preocupado y miraba a todas partes como si les fueran a reconocer en cualquier momento. En cambio, ella estaba tan pancha.
-¿Y qué pasó?
-Pues que acabaron sentándose en la barra a pedir un tentenpie rápido. Aunque ella se metió tres lingotazos de vino en un momento en que él se fue a la toilette. Iba completamente beoda.
-Sí, no hay duda de que era nuestra pérfida bruja. Pero él… se me escapa quién fuera. Quizá se hizo acompañar por algún esclavo. ¿Y pillaste algo más de su conversación?
-Pues bueno, tenían un acento de lo más difícil, sobretodo ella, que no vocalizaba nada. Eso sí, se sabía cuatro o cinco palabras en francés que repetía constantemente. Además que no veas la de gente que tenía por aquí desayunando. Pero pude pillar alguna cosilla, sí. Oye, ¿no me estaré metiendo en un lío con tanto palique?
-Pero Pierre, bien que lo sabes, que te estás ganando la inmortalidad, amigo. Menudas juergas que te esperan a mi lado en cuanto cruces el umbral, ¿ya no te acuerdas de las pibitas que te tengo preparadas? ¿Qué te crees, que eso lo tiene todo el mundo, eh?
A Pierre le babeaban todos los sentidos y el pitirrín se le ponía tieso de pensar en el Infierno. ¡Con la vida tan aburrida que llevaba desde que tuvo que dejar el cuerpo de aviación militar! Total, por una lesión que, en vez de conseguir enviarle al otro barrio, le dejó impedido de una pierna y con más vida por delante que los gatos. Así que se decidió por regentar el bar que su padre le había dejado en herencia, y ahora no tenía más alegría que las turistas que pasaban por allí, y de vez en cuando, este demonio de Valenciennes, que le había prometido un lugar en el paraíso después de muerto. Sólo le quedaba esa ilusión, pecar y pecar por todo lo que llevaba de penurias aquí en la Tierra.
-Pues como os iba diciendo: la señora esa tan fea y el chavalín hablaban en voz baja y mirando a todos lados, sobretodo él, pero con la excusa de que no me puedo mover mucho con la silla de ruedas, me puse a su lado como si leyera una revista y capté parte del bacalao que se llevaban entre manos.
-¿El bacalao?- dijo Archi.
-El meollo del asunto, es jerga de aquí, darling. –le contestó Val impaciente. –Prosigue.
-Pues resulta –continuó Pierre, poniéndose más y más interesante a medida que captaba la intriga de ambos -que querían comprarse unos trajes de faralaes, de baile flamenco, y montar un chou en el hotel.
-¿Cómo? A ver si no va a ser ella…
-Yo sólo os digo que él parecía muy reacio, y ella muy dispuesta. Lo sé porque me pidieron una guía de tiendas de disfraces y todo.
-¿Y dónde se dirigieron?
-Para mí que no encontraron nada. Tengo que admitir que estuve un momento despistado, la próstata que no perdona, y al volver escuché algo como que entrarían desnudos al bar a las ocho y que se armaría una buena. Claro que estoy un poco sordo del oído derecho y podría ser que lo hubiera entendido mal.
-¡Es ella! –repitieron al unísono.
Miraron el reloj que se habían agenciado. Eran más de las tres de la tarde, así que hasta las ocho les restaban cinco horas para preparar una estrategia.
-¡Mi buen amigo, esta vez te has ganado una perra gorda! ¡Una orgía de cuantas mujeres puedas desear a un tiempo tendrás esperándote! ¿Y has visto alguna cosa más a destacar?
-Bueno, no sé si tendrá importancia. Hace un rato, no mucho, aparcó un impresionante Rolls ahí enfrente, lo cual no sería nada fuera de lo normal, de no ser porque se bajó de él una doncella bellísima, que se desmayó en medio de la plaza.
-Ah, ¿y ha entrado en el hotel?
-Si, un apuesto galán la recogió y la llevó con él. Lo que me escamó fue que el cochazo en el que ella llegó, salió de estampida en vez de socorrerla.
-¡Sí que es raro! El hombre dices que era un galán, ¿y eso qué es?
-Un galán, un caballero muy elegante. Le tengo visto porque se deja caer mucho por el barrio con damiselas de todo tipo. O bellísimas o riquísimas, nada excepcional tampoco, claro.
-Eso empieza a ser interesante. –los dos se hicieron un guiño, a buen seguro que se trataba del bello Garcilaso. Ya les tenían en el bote.
-Mon cher, nos has sido de una ayuda inestimable, sabré cómo recompensarte. Hasta más ver.
Pierre se quedó tristón. Con la de locuras que le esperaban, y él aquí, impedido y quién sabe por cuántos años más…     

viernes, 2 de marzo de 2012

DIECISIETE: TICKET TO HEAVEN

 
El vejete seguía durmiendo tan ricamente, así que se cambió de vestido en un santiamén. Metió la bolsa en la parte trasera y se instaló de nuevo junto al conductor.

-Tío, qué le pasa a tu jefe, crees que le habrá dado un yuyu con tanto movimiento de caderas? Cómo te llamas? Yo soy Rosalinda.

-My name’s Wilson. He takes pills to sleep, look.

-¡Ay pero si hablas inglés de maravilla! ¿Qué has dicho? Wilson, qué rico, como los esclavos del algodón de las pelis. A ver, a ver, ¡pero si esto mataría a un caballo en mi pueblo! Very strong, men!

-Pills for erection and then relaxation, you understand?

-Por lo poco que comprendo de la composición, esto al abuelete le pone como una moto durante un rato y luego le da el bajón. Suerte que me apliqué más en las clases de formulación química que en las de inglés, algo es algo! Bueno, and now where go? ¿Tiene para mucho sleep el Mister?

-1 hour, I think.

-Pues yo no tengo mucho tiempo que perder. No me gustaría echar aquí la noche, la verdad. A ver, ¿cuánto queda para que se haga oscuro otra vez? When is night?

-You mean for dark? Around six more hours.

-Eso, tú señálamelo con los dedos que así me aclaro. Seis horas para que anochezca, bueno, entonces no es tan diferente al Infierno, sólo que aquí durante el día se puede respirar y la luz brilla, no abrasa. ¿Cómo diantres me las apaño ahora para encontrar un ticket al Cielo? Tengo dinero, tengo el traje, pero ninguna indicación para llegar. Debe de ser hacia arriba, digo yo. El Infierno por abajo, la Tierra por el medio, y Celeste todo recto al Norte, así lo estudiamos en el cole. Pero claro, del dicho al hecho… Y este pájaro que no tendrá ni idea de estas cosas, lo más cerca que ha estado éste del Cielo es el día que su jefe le da libre y se puede ir con la parienta, como si lo viera… Eh, you know to get Heaven?

-Of course, everybody knows!

-¡Ah, mira qué bien! ¡Y yo aquí preocupada! ¡No, si estos humanos van a ser más listos de lo que pensamos por allí abajo! Tell me tell me!

-You die, madame, and you go to Heaven if you are good enough! Otherwise, you go to Hell!- Wilson puso cara de terror cuando dijo “Hell”.

-¡Anda con el lumbrera éste! ¿Eso es lo que os enseñan por aquí? ¿O sea, que si eres good, al Heaven, no? ¡Pero serás ignorante! ¡Hasta yo sé que el Cielo tiene las puertas selladas a cal y canto! Heaven closed!

-Only for bad people. For good people Heaven is the gift after all efforts here, madame.

-¿Y qué es eso de ‘madam’? Si piensas que esto son esfuerzos, rico, espérate a que desciendas al Infierno y te esclavicen de veras, ¡esto es jauja en comparación! Más te vale disfrutar aquí, encanto, y lo comido por lo servido, que decimos nosotros. What is ‘madam’?

-Madame is lady in French.

-¡Acabáramos! ¿Y French?

-What do you mean? French is the language here! Where do you come from?

-Si te lo explico te caes de culo, vamos arranca este trasto, borrom borrrrommm, come on, move!- pues anda, que no se me da mal esto del inglés, se dijo. –He pensado que podemos pasarnos a dar un voltio por el Ritz, a tomar otra copita. Además, corcho, tengo el estómago agujereado, yo no sé cuándo dejaré de tener hambre, quizá al entrar en el Cielo se te pasa…

El coche arrancó otra vez de manera trepidante, pero esta vez Rosalinda se había agarrado bien al asiento así que no la pilló desprevenida. Le estaba tomando gusto al trasto aquél. Y Wilson, después de todo, era un enrollado. Limitado, pero buena pieza. Ella, por su parte, se veía como muy suelta. Hay que ver lo que hace viajar, tener dinero en el bolsillo y una cara hermosa, es que menuda seguridad en sí misma que se le pone a una, hasta le da verborrea. Así que la única forma de ir al Cielo era morirse, vaya, pero, ¿cómo se moría un inmortal? Es que tenía guasa el asunto, si no se hubiera empeñado en pasar por la Tierra de paseíto, pues el camino directo al Cielo quizá hubiera resultado menos costoso, pero claro con aquella pinta de bruja decadente, es que no era plan. Ahora entraría como una madam de veras. ¿Y si fingía una muerte? A ver, se ponía delante de un coche que la atropellara, cosa nada difícil visto cómo conducían aquellos energúmenos, cualquiera diría que estaban deseando palmarla. En un primer momento, el impacto la dejaría inconsciente como si fuera una mortal muerta, y después, para cuando recuperara el raciocinio, podía seguir disimulando un rato más. Todo era esperar que ángeles y demonios vinieran a conquistarla para sus fines, claro que igual ellos tampoco picaban, y era arriesgadísimo, por otra parte, que la descubrieran en tierra de humanos. Tenía que pensar en otra cosa.

El coche dio la vuelta a la manzana siguiente y entró en una plazoleta de lo más elegante. Joyerías, más tiendas, y ¡madre mía, aquéllo sí que era lujazo, el Ritz en todo su esplendor! Era más fastuoso que en el prospecto que tenía Juanorra. De repente, se quedó paralizada y pegada a la tapicería del coche, con los ojos como platos y tiesos los pelillos hasta de las piernas. ¡Oh visión divina, venerada, reverenciada hasta el infinito! El Ritz carecía de importancia ahora que los astros se habían puesto de su parte, y el ser más maravilloso de todo el universo posaba ante ella como si fuera una deidad griega, un coloso llameante, una estructura marmórea sonrosada y semoviente, no hallaba palabras en su haber que abarcaran el placer intestinal que se le puso en marcha. Un primer plano del bello Garcilaso se imponía a cualquier otra visión anterior o posterior. Todo lo eclipsaba. Su padre, en el centro del escenario, en primera persona, sin pantallas protectoras y, oh por Satanás, qué azoro, la estaba mirando.

*

Garcilaso miraba incesante el reloj Cartier de su pulsera izquierda. Lo primero, por admirar el pedazo de joya que le había regalado aquella francesita muerta de amor por él. Lo segundo, porque estaba que ardía, ¿pero dónde demonios se metía Juanorra? Estaba nerviosísimo, temblando como un colegial en el primer día del nuevo curso y con zapatos nuevos que te van grandes. ¿Sería esto el Amor con mayúscula? Porque él, mucho presumir de conquistas aquí y allá, pero lo que es enamorarse en profundidad… nada de nada. Llegó a convencerse de que lo que no tenía era, justamente, profundidad, y que de donde hay no se puede sacar. Así vivió feliz varios milenios, de fiesta en fiesta y acosado por las féminas y machos de todas las especies, era divino y se sentía igual de bien. Sin embargo, Jota le había roto todos los esquemas de la frivolidad en que transcurría su azarosa vida celestial. Era verla y se le erizaba hasta el vello de las orejas. ¡Mira que era fea! Decir fea era decir bien poco para definirla. Era horrenda, tremebunda, paticorta, grasienta, y qué decir de su carácter pérfido y socarrón. ¡Ya se le empinaba el pirindolo otra vez! En definitiva, nunca había visto cosa igual. Al principio fueron unos amoríos de lo más fogosos, todo eran juergas y emborrachamientos que solían acabar en coma etílico. Hasta ahí, todo en su sitio. Lo malo fue cuando empezó a lloriquear en las ausencias de la amada. Que Jota se ponía burra y flirteaba con otros ángeles, pues él, en vez de haberse bebido dos copas con cualquier maromo o maroma y montarse la fiesta por su cuenta, se quedaba en casa enfurruñado y con ganas de lagrimear. Le cantaba canciones que enviaba en cintas prohibidas, y ella tomándoselo a cachondeo puro y poniéndoselas a los amigotes. Y cuanto más le pisoteaba en el orgullo, más orgulloso estaba él de su Amor con mayúscula. Y más temeroso también, porque cuando ya había dado ese sentimiento por perdido en su excelso ser, se le había aparecido furibundo y exaltado. Así que Garci ya no era el mismo. Sus pillerías, sus escapadas furtivas, sus mafias con Deangelis, nada significaban para él sin su Juanorra del alma. Y ahora que, por fin, la había convencido para pasar juntos siete días, con sus noches, en la ciudad del Amor con mayúsculas, ¿dónde corcho se había metido? El plan ideado por su amigo era que se encontrarían en la plaza Vendôme, delante justo del hotel del que tanto le había hablado. Estaba deseando ver la cara de todos aquellos engolados recepcionistas al ver entrar a uno de sus mejores clientes con aquella esperpéntica Mujer con mayúscula. Garci siempre venía acompañando a artistas de la farándula más cotizada, o sino con señoras de la alta aristocracia que querían pasar unos diítas en su compañía, así que en todo momento era bienvenido al hotel. Sin embargo, hoy les pensaba dejar patidifusos. Les diría que Juana era la vedette más afamada del momento, una rusa extravagante y descendiente del Zar Nicolás. Vaya si los dejaría ‘épatés’, como decían ellos.

Seguía mirando su reloj terrestre impaciente. Como fuera cosa del soldadito que la acompañaba, sería carne de tiburones nada más tener conocimiento su amigo Dea. Por cierto, que lo mejor era localizarle cuanto antes y saber qué diantres estaba ocurriendo. ¡No, si todo eran contrariedades, Dea con el gps desconectado! Eso sólo podía significar dos cosas, o bien estaba pasando audiencia con el viejo Satanás, en cuyo caso ninguna interrupción valía, o había pillado una juerga de aquí te espero y dormía la mona. Pero dos juergas en tan poco espacio de tiempo… ¿Y si Jota, viendo aquel ambiente tan engolado, lo dejaba tirado y se daba el piro? Si lo mejor hubiera sido citarla directamente en un antro putrefacto, se lo había advertido Dea, pero él es que no había podido resistir la tentación del pavoneo ante todas sus anteriores conquistas, que vieran lo que era una arpía de veras... En estas disquisiciones seguía Garci, cuando se apareció ante él un ser angelical que le miraba con ojos de gran sorpresa a través del cristal de un coche. Aquella mirada le era tan familiar. Si no fuera porque conocía bien a Juanorra, diría que era su bello retrato, claro que mucho más joven y hermosa a lo convencional. Y sus cabellos rojizos, que se tornaban cobrizos con el reflejo del sol. ¡Únicamente había dos seres en el universo que podían alcanzar esa tonalidad, una era él, y la otra no podía ser más que su propia descendencia! ¡Dios de mi corazón! ¿Y si aquella criaturita era suya? Pero, ¿suya y de quién más? Bueno, aquello no eran más que precipitadas confusiones, fruto de la desazón que le corroía por la espera. Sin embargo, nada le impedía hacer algunas indagaciones mientras llegaba su bruja.

Se apresuró hacia aquel coche, de modo que pudiera abrirle la puerta antes de que se le adelantaran el chófer o el portero del hotel.

-C’est un vrai plaisir, madame- dijo en perfecto francés, sin apartar los ojos de ella ni un segundo.

-Enchantée- dijo Rosalinda balbuceante. Nunca, jamás de los jamases de su vida eternamente circular, se había sentido desfallecer con tanta urgencia. Se asió fuerte de la mano de su padre, en definitiva, y sintió frío al tacto, lo que contrastaba con el fuego interno que, a buen seguro, le había subido a ella hace rato a las mejillas. Pero el tembleque de las cuerdas vocales no era nada comparado con el de manos y piernas. Sintió que se le nublaba la vista y un apagón súbito la dejó en blanco. Rosalinda se había desmayado.

-Garçon, garçon, chico, ¡eh! Por mi mentor, ¿no ves que esta dama se ha quedado in albis? Vamos, rápido, avisa en concièrgerie, que envíen tres o cuatro mozos, allez vite!

Desde luego que el vozarrón enérgico que se gastaba Garci en momentos de crisis contrastaba con su aspecto de príncipe calmado y desafectado. De repente, el desmayo de aquella jovencita le había provocado un malestar fuera de lo común. Lo más cerca que había estado él de un enfermo era con aquel bailarín checo que, a mitad de su mejor pirueta de diez vueltas, inspirada por la musa G, se cayó redondo en medio del Kirov. Y vaya, que no venía nadie a rescatarle en aquel aprieto, así que Terminator se lo cargó a los hombros, al más puro estilo vaquero, lo metió en un coche que paró de urgencias, y lo acompañó hasta un hospital cercano. Lo primero que le había sorprendido era ese olor tan característico de los centros de salud, mezcla de lejía y potingues químicos, pensó. Pero después, cuando comenzó a ver enfermos, sillas de ruedas ocupadas, mascarillas de oxígeno, sangre y camillas, de poco lo tienen que auxiliar a él del grave impacto sensorial que sufrió ante tanta humana realidad. Así que Garci no podía con los enfermos, y menos aún con las enfermedades. No es que fuera un melindroso o algo excepcional, en general era cosa de todos los inmortales esa aversión a la debilidad de la materia. Lo que pasa es que, así como los demonios huían despavoridos porque eran vulnerables a los contagios –véase con la lepra- pues los súbditos del Cielo eran inmunes a cualquier padecimiento físico. Por tanto, simplemente se la solía traer floja, vulgarmente hablando, dicha condición humanoide. En el caso de Garci, más que por miedo, huía de la enfermedad por pura frivolidad; simplemente la fealdad que provocaba ese bicho en los seres humanos le ponía los pelos de punta y hería su sensibilidad artística. Una vez conoció a una hermosa joven modelo que, de una visita para la siguiente, contrajo una disfunción en los ojos que la dejó literalmente vizca. Garci se le acercó por detrás, en uno de sus devaneos de antaño, y le apretujó los pechos con ambas manos, como acostumbraba hacer. Ella gimió de placer, pero cuando tornó la cabeza hacia atrás y le miró con aquellos ojos, que apuntaban uno para Oriente y otro para Occidente, a Garci se le desinflaron los genitales y un sable le atravesó el pecho. No pudo ni besarla, ni acariciarla, ni nada de nada. Y eso por una simple vizquedad en la mirada.

Sin embargo, ahora era distinto. Se sentía enternecido por aquel desvanecimiento repentino de la bella adolescente que tenía en sus brazos. Nada más tocar su piel albergó un escalofrío; no era piel humana. ¿Pero qué era? Podía ser una hada que se hubiera escapado del paraíso, quizá con un amante terrícola y millonario, a juzgar por el cochazo que la condujo hasta el Ritz. Aunque le faltaba un aura de excentricidad y privilegio alrededor del cuello para ser un hada. Tenía, más que otra cosa, mirada de bruja dulce. ¿Pero qué estaba diciendo? ¡Los términos ‘bruja’ y ‘dulce’ eran contradictorios! En fin, tenía que conducirla a una de aquellas habitaciones y descubrir qué se traía entre manos.

-Bon jour, Monsieur Duciel. Votre chambre est prête. Vous voulez qu’on amène la jeune fille a l’enfermerie de l’hotel?

-No. Mejor llévenla a una habitación y que la visite allí el médico- Garci no quería arriesgarse a perderla de vista.

-A votre chambre, doncs?

-No, no. A otra chambre. Yo estoy esperando a otra persona todavía.

-Bien sur. Garçon, la 405, s’il vous plait! Ne vous inquiétez pas, notre docteur sera immédiatement dans la chambre pour la visiter. Vous acompagner madame?

-Oui, certainment.

Lo que había imaginado. Nada más llegar a la habitación, y despedir al botones con unas monedas, se apresuró a hacerle la “prueba del algodón” a la chica inconsciente. Le pinchó con un alfiler el dedo gordo de la mano, y notó un leve estremecimiento en el cuerpo de la chica, pero era una simple reacción química de su parte material. Lo que se temía: nada, ni una gota de sangre humana. Así que en cuanto el doctor asomó por la puerta, le despidió alegando que la jovencita estaba mucho mejor, que había recuperado la conciencia y que todo había sido por falta de alimento. ‘¡Estas adolescentes están todas medio anoréxicas, y así les van las cosas, que no aguantan ni un asalto! Ahora mismo iba a pedir en cocina que le subieran algunas viandas, y listo.’ El doctor se fue con algunos titubeos, todavía insistió un poco en verla, pero Garci fue de lo más convincente y acabó por ahuyentarle. No es que quisiera esconderla, pero desde luego no podía dejar que descubrieran su condición “extraterrestre”, y además un médico de aquí poco podría hacer por una inmortal. Por alguna extraña razón, se sentía protector de aquella muchacha, como unido a ella por vínculos paranormales. Por otra parte, ¿qué había sido del coche que la trajo y sus ocupantes? El Rolls aquél salió despavorido al primer contratiempo, y, ahora que recordaba, el taxista negro que lo conducía es que ni bajó del coche para ayudarla. Está claro que era una bruja, y que había adoptado esa espléndida figura humana para desconcierto del personal. ¡Pero cómo no había caído antes! ¡Aquélla era Juanorra! Dios, ¿pero dónde tenía la cabeza? Por eso sus tribulaciones, su atracción primordial hacia ella, su piel demoníaca, esa mirada incendiaria, y ese cabello sedoso y dorado… sin duda que Juanita le había querido sorprender de lo lindo. ¡Aquella bellaca le había dado su merecido, transformándose en princesa y embaucándole con aquellos encantos de femme fatale espolvoreada y perfumada! Pero, ¿cuál sería el siguiente paso de aquella broma que le quería gastar su amante? El ya la imaginaba, en pleno escarceo amoroso sufriría una transformación a su estado natural, provocándole a él un susto de cortar. ¡Jah! ¡Bien pillada que la tenía! O quizá sólo había querido ponerse a tono con París, en vez de presentarse con su aspecto inmundo en un sitio tan distinguido. A pesar de que esto le extrañaba, porque era mucha Juanorra como para apabullarse por un par de recepcionistas con la nariz estirada. No, no era su estilo amedrentarse; era más bien cosa de una treta que le quería gastar a su enamorado, seguro que por habérsela jugado trayéndola a un lugar tan apestoso para ella, en vez de citarla en los putiferios que ella sugirió. Ahí estaba el mal de fondo.

Pero Garci es que, ni siquiera lo había hecho con mala intención. El lo único que quería era presumir de su erótica fealdad delante de todos aquellos engreídos. Estaba harto de ser un modelo de virtud, de ser el más guapo, el más esbelto, el más bello dandi, y acompañar, a su vez, a longuilíneas y exuberantes divas cuyos huesos podías oler por debajo de la fina carne que las rodeaba. ¡Bellezas sin culo, ni grasa, ni un grano, ni halitosis, ni un mal despertar, y lo peor, sin malicia! Por eso se pirraba por las humanas, que quien más quien menos, algún defectillo tenían. Pero Juana, ¡superaba todas las expectativas! Y ahora, justo, va y se transformaba en cisne, como el patito feo. Cada vez estaba más claro, ¡era una venganza! Y se lo tenía bien merecido, por haberla llevado a un sitio tan cursilón.

Estaba en estas diatribas cuando la bella durmiente despertó.

-¿Eh, dónde estoy?- preguntó de lo más azorada.

‘Cómo puedes fingir tan bien, condenada?’ se dijo Garci maravillado, hasta para esto era una bruja con todo lo que hay que tener de garbo y soltura. ¡Vaya azoro más bien puesto en su mirada, olé! Y sí, había decidido que le seguiría el juego, a ver hasta dónde era capaz de llegar.

-Bon jour, princesa. Espero que se encuentre mejor. ¿Tiene hambre?

-Sí, más de la que quisiera.- comentó con un suspiro. Rosalinda no podía dar crédito, su propio padre y no tenía ni remota idea de quién era ella, seguro. ¡Y qué descanso poder entenderse en un idioma mágico e inmortal, sin tener que recurrir a los vocablos franceses, ingleses…! Por otra parte, ¿descubriría esto su juego? Bueno, qué mas daba, cualquier cosa por poderse comunicar de nuevo con soltura…

-No se hable más. Llamaremos al servicio de habitaciones, y en un santiamén le traerán lo que desee. ¿Unas frutas, quizá, y unos helados?- aquí creyó que la iba a pillar, Jota adoraba los helados con barquillo, se podía comer cuatro de golpe. Pues nada, ni un gesto de anhelo siquiera.

-¿Helados? No, un poco de fruta y chocolate frío, ¿podría ser?- su madre comía tantos helados que le había hecho aborrecerlos. Eso sí, el chocolate la pirraba y además le daría fuerzas para una situación tan difícil.

‘Bueno’, siguió pensando el ángel, ‘es que hubiera sido demasiado fácil caer en esa trampa, qué tonto. Jota es una profesional. Está bien, un tanto a su favor.’ Ordenó las viandas por teléfono y volvió a los pies de la cama, en donde yacía todavía la evanescente impostora. ‘¡Qué pechos se gastaba la muy guarrilla! Se le asomaban dos melones esponjosos por debajo de aquel vestido tan sexy! Casi estaba a punto de caer en la tentación de atacarla sin más prolegómenos, pero hubiera sido muy vulgar por su parte, había que aguantar un poco más para ganarle la partida a este demonio de mujer… sin embargo, una aproximación ladina por los bajos…’

-Me perdonará el atrevimiento, pero me vi obligado a descalzarla al tumbarla en la cama, para que no se le amoratasen los tobillos- ‘vaya excusa más lela se le había ocurrido’ –y si me permite, ¡vaya dedos hermosos que tiene usted!

Al tiempo que lo dijo, le cogió uno de sus piececillos desnudos con ambas manos y comenzó a acariciarlo suavemente. Ahora sí. Juanorra tenía, en su aspecto normal, unos piezotes feos como zancos, pero una sensibilidad en ellos que no podría disimular por más tiempo, ni disfrazada de hada madrina. Le apretó los minúsculos deditos en un dulce masaje y a la diva se le puso toda la piel de gallina pura. Los pezones estaban ahora que se le salían del tiesto. ¡Si es que esta argucia ya sabía él que era infalible!

‘¡Vaya contrariedad, ahora que la tenía medio atontada llamaban a la puerta! ¿Quién molestaba? ¡Claro, la comida!’.

-Voilà, madame, comed un poco que tenéis que recuperar fuerzas. Hay mucho qué hacer- se le escapó una sonrisita delatora, pero ella parecía imperturbable, no le seguía para nada.

Rosalinda tenía un hambre voraz, desde el café con leche de la brasserie matutina que no había probado bocado. Este padre suyo era un caso, no tenía suficiente con citarse con su madre y armarle tantos jolgorios, ¡y ahora quería seducir a la primera jovencita que se le cruzaba en el camino! ¿Pues no decían de él que sólo le pirraban las feas? Ya sabía ella, que lo de la belleza le gustaba a todo quisqui, ¡a buenas horas la miraba con esos ojos de haberla visto en sus buenos tiempos! Vale que su madre triunfaba como la fea más exótica, pero era por su garbo, del cual ya podía haberle pasado un poquito en herencia, ¡pero na de na! Rosamunda salió, para colmo, más sosa y seriota que un funcionario de prisiones. De todos modos, tenía que quitárselo de encima como fuera, no podía estrenarse, como quien dice por eso de la nueva piel, con su propio padre, ni aún sin él saberlo, ni aún siendo bruja por dentro, era una perversidad por encima de sus posibilidades. Claro que… por otra parte, quién mejor que él sería su salvoconducto para entrar en el Cielo?

lunes, 7 de noviembre de 2011

DIECISÉIS: CONSEGUIRSE UN BUEN LOOK


Rosalinda se fue al espejo del primer toilette que pudo identificar, no porque entendiera de términos escritos en ese idioma tan raro, sino por los dibujitos, que eran iguales a los de los bares de su barrio. ¡Qué descanso! Allí se pudo descalzar, ¡puagg hay que ver cómo le olían los pies con esas botas de asno que se había tenido que colocar! ¡Con los piececitos tan monos que tenía ahora, vaya pena estropeárselos así! Y los pechos al aire, sin aquella casaca horrible y aprisionadora. Estaba tan cómoda que no se percató de que en el cuarto de baño estaban entrando otras señoras, que al verla desvestirse y el tufo que despedía, se salieron de inmediato tapándose la nariz. ¡Pues que les dieran morcilla, ella tenía para rato! Se puso los pies a remojo, de cuclillas encima del lavabo. Es más, atrancó la puerta por si las moscas. Se lavó los sobaquillos y los pies, al menos eso, ya que el chichi no sabía cómo ponerlo para que le llegara el agua, pero eso aún se podía esconder hasta que pillara una ducha o una fuente.

Las ropas del viejo soldado las metió en el hatillo y ella se colocó la bata de moaré de su madre, arrugada y maloliente como lo demás pero, al menos, le daba aspecto de mujer. Sacó del calcetín el fajo de billetes de DEA que le quedaban, y de la pechera los que le robó al capitán en francos franceses. Al menos tenía para pasar unas horas deambulando y tomarse un par de helados ricos, coca-colas y unos berberechos. Siempre que veía los anuncios de la tele, sacaban esas cosas que comían los humanos a todas horas, y ella para un rato que iba a estar en la Tierra tenía que probarlos, a ver si sabían igual que los que vendían en su pueblo o no. Aunque en esta ciudad nada podía saber igual que en su pueblo, ¡era todo tan bonito! Si el Cielo era todavía más sobrecogedor, desde luego que tenía que haberse transformado antes en hada, ¡había estado perdiendo todos estos años!

Salió del lavabo y vio que se había formado una cola de impresión. Tres o cuatro señoras que la miraron con cara de lobo feroz y que ya estaban por tirar la puerta abajo. Pensándolo bien, lo de no entender nada tenía sus ventajas, porque a ella plim todos esos insultos que seguro le estaban propinando, no entendía ni palota.

Se terminó el café, que de todas formas estaba más frío que un congelador, y salió otra vez a respirar a la calle. Es que vaya diferencia, eran casi las ocho y media de la mañana, el sol no brillaba, sino que se escondía entre nubes, seguía lloviznando finamente y la brisa era sugerente y fresca. Así podía uno pensar, pasear, irse de tiendas, charlar, y no como en casa que los calores ya le ponían a una los pelos de punta desde buena mañana y la desquiciaban por completo. ¡Esto era otra cosa!

Bueno, tenía que recapacitar sobre varios asuntos, pero todos de primordial importancia. Lo primero, conseguirse un atuendo estupendo para entrar triunfante en el Cielo. Lo segundo, un billete de non retour para el reino del Bien. Y entremedio, no podía perderse aquel hotelito del que se enamoró desde que vio un folleto escondido en los cajones de su madre. Se llamaba “Ritz”, imposible de olvidar porque era igual que las galletas, ¡y era tan exquisito! Ni Juanorra ni ella habían imaginado nunca que podrían conocerlo de cerca. Claro que a su madre no parecía importarle ni un rábano salvo para pavonearse ante las visitas. Tenía aquel tríptico porque se lo había entregado Garci en uno de sus encuentros, y ella no tiraba a la basura nada que le hubiera regalado él, aunque fuera un chicle usado; pero, por lo demás, no parecía que le pusiera demasiado cachonda. A su madre esas cursilerías le daban risa; en cambio, a Rosamunda siempre le acomplejaba ver aquellos lugares y pensar en que nunca tendría acceso. Se había imaginado cientos de veces entrando en ese hotel de la mano de su padre, tan bello, y ella con un traje largo y una corona de diamantes, y la cara cubierta por un velo para que no se le viera lo fea que era. Pero ahora todo era distinto; si se presentaba en ese hotel puede que incluso la dejaran pasar de la puerta, y con la de dinero que tenía, pediría una habitación y se quedaría allí horas y horas, como si fuera una marquesa. ¡Cuánto cambiaba el panorama de uno teniendo buen aspecto!

-Please, hotel Ritz?

Preguntó a unos señores con unas cámaras y ojos alargados, pero no entendió nada de su respuesta. Después preguntó lo mismo a una señora muy pizpireta, pero pasó de largo sin responderle. Y finalmente, un hombre con maletín y bastón pareció querer ayudarle.

-Certainment, madame, on vous amène là-bas?

‘Ni pajolera idea, coleguita’. Enchantée –contestó Rosalinda, una de las pocas palabras que sabía decir en parisino.

El hombre pareció muy contento con la respuesta, y cogiéndola del brazo le indicó un coche que había delante, donde acto seguido un negro con gorra de lo más elegante le abrió una portezuela. ¿Qué podía hacer? Igual era costumbre llevar a la gente a los sitios, y aquel hombre parecía educadísimo, con esos pelos escasos y grisáceos. Igual tenía la edad de su tío Jacinto, unos cuarenta y pico de años, o cincuenta, pero había que ver cómo cambiaban las personas con dinero, si su tío Jacinto llega a tener chófer y maletín de ésos, otro gallo le hubiera cantado.

Volvió a decir ‘enchantée’ y se metió en el coche de un salto. A ver por qué se iba a negar un capricho como éste. Es más, ¿quién sabe si no le daría una mano aquel hombrecito para ir de compras también? Quizá primero podían ir de tiendas y después aparecer en el hotel Ritz, más deslumbrante que con aquella bata de moaré pestilente. Claro que con el chichi sin lavar irse de probatorios le daba no sé qué. Estaba en estas disquisiciones cuando se quedó patitiesa. ¡El cochazo aquél es que tenía de todo! El abuelete no reparaba en gastos, abrió una nevera y le ofreció chocolates, refrescos, licores… Le preparó una copichuela que sabía a rayos, pero estaba fresquita y se agradecía después del café con leche. ‘Thé à la mente’ le dijo, quién sabe, pero a beber que son dos días. Ahora que, algún licor le tuvo que meter porque Rosalinda es que se puso loca de contenta en un santiamén, y veía al hombre hasta más guapo que antes de subir. Vio cómo le metía la mano por debajo de la bata de moaré y le entró la risa, mientras el hombre le tocaba los pechos con un ansia que no había visto ella jamás. ¡Si nunca había provocado ningún tipo de pasión! ¡Esto de ser tan guapa es que era la bomba!

El bólido corría que se las pelaba, tal fue el arranque que hizo el trasto que el trasero de Rosalinda quedó pegado al asiento como si tuviera pegamento y los pelos se le pusieron tiesos de la velocidad. El vejete siguió entretenido con sus tetazas un buen rato, y mientras tanto ella se fue aclimatando al ambiente y le siguió dando a las copichuelas como si nada. ¡Aquéllo era vida y lo demás cuentos! Aún iba a tener razón el capitán de la nave, que tanto le advirtió de los peligros de la Tierra. Aunque, bien pensado, si los humanos eran todos así de sobones y estaban tan cascaditos como aquél, vaya que no se iba a pirar rápido al reino de los Cielos. ¡Qué manos tenía el condenado, estaban por todas partes!

-Mister, mister- alcanzó a espetarle como pudo la brujilla –shopping! ‘que me lleves de tiendas, so sobón’, pensó para sus adentros.

-Après, après…-le contestó, mientras arrimaba su pantorrilla a la de ella y se frotaba con fruición.

-Mister, que le va a dar un soplo el corazón, que ya no tiene edad, mire cómo se le ponen desorbitados los ojos, esto no puede ser bueno para usted…

-Pardon?

Aquel dinosaurio no entendía ni palabra.

-No good, your heart.

-Combien madame? Dites moi, je vous en prie. J’ai jamais vu une beauté comme la votre. Je paierai tou ce qu’il vous faut.

-Pues no hay quien le comprenda a usted, mister, pero ese fajo de billetes que saca del bolsillo me vienen que ni pintados para mis fines, así que déme, déme que yo se los guardaré en la pechera mismamente. Esto en mi pueblo se llama ‘prostituirse’, pero ya querrían aquellas ignorantes de Nowhere’s Land encontrarse con un mancebo archiforrado con coche de lujo en el centro de París, ¡je! Toca, toca, ancianete, que ahora si te da el colapso ya es otra cosa.

Después de dos horas de tejemanejes, Rosalinda empezaba a cansarse de tanto arriba y abajo. Aquél enano era el mismísimo ‘duracel’, tenía más marcha que su madre con un pelotón de infantería. Y claro, aquellos pavos que le había regalado valían su precio en oro, ¡cualquiera le cerraba la válvula de escape ahora! Sin embargo, después de un buen rato más de dale que te pego, Rosalinda notó un cuerpo muerto encima de sus nalgas, la baba caída y unos sonoros ronquidos que le supieron a gloria. ¡Por fin!



El coche seguía incansable dando vueltas por las calles y avenidas parisinas. Rue de tal y rue de cual, ¡estaba mareada! Tocó un mando que parecía el de la tele, y milagrosamente se abrió el espejo que los separaba de los asientos delanteros, así que se encontró con el chófer negro fuma que te fumarás y con la radio a toda virolla. El tío se asustó en el primer momento pensando que le habían pillado in fraganti, pero en cuanto miró por el retrovisor que el viejo seguía roncando, subió más la música y pegó un acelerón que aplastó otra vez a Rosarillo contra el asiento. ‘Vaya’, pensó, ‘pues el negrazo éste tiene cien veces mejor pinta que su dueño. Quizá sea un esclavo, pero está requetebién el condenado, y visto que ya tengo los billetes en la pechera…’. Ni corta ni perezosa, de un salto trepó al asiento delantero y le cogió un cigarro al chófer del bolsillo de la camisa, en un gesto del todo provocativo. Desde luego, vaya soltura que le daba un cuerpo sensual como el suyo ahora, sino de qué este desparpajo en la fea Rosamunda de otrora.

-T’a n’a pas assez avec le vieux, ma belle?

-Shopping- repitió, a ver si esta vez tenía más suerte.

-Shopping? Bien sur, pas de problème!

Dieron otro viraje de ciento ochenta grados en medio de un bulevar archirepleto de coches y peatones, y una vez en dirección contraria, se dirigieron hacia una avenida lujosísima, que se llamaba Avenue Montaigne. ¡Quién sabe qué rayos querría decir! ¿Sería el barrio ése, Pigalle, de que le habló el capitán de la nave? Ni idea, pero a buen seguro que allí tendrían trapitos a mansalva, y de los que dan ‘caché’. Otra palabra que usaba su madre cuando se empolvaba la nariz con las amistades. ‘¡Para, para, stop, stop! Me caminar, darme un garbeo, you stop aquí’. Si no llega a ser porque con los dedos hizo una uve hacia abajo y simuló dos patitas marchando, aquel negrazo ni papa de inglés, oye, ¡vaya con los parisinos que no hablaban más que su endiablado merengue empalagoso e indescifrable! Bueno, pero el lenguaje de los gestos es universal, así que pas de problema, que decía el hombre todo el rato.

Se arregló un poco la bata de moaré y se hizo un moño como pudo con su larga melena pelirroja. Bien bonita que era, pero ya empezaba a necesitar un buen chapuzón con champú incluido. Las medias se las había roto aquel viejo degenerado, pero es igual, se las quitó antes de bajarse del coche igualmente, ante el estupor del chófer que ya se iba poniendo de lo más cachondo con tanto arremangamiento. Lista. Descendió una de sus esbeltas piernas, y después la otra, tratando de no caer de bruces con aquellos altos tacones que se gastaba. Tenía que parecer distinguida a más no poder, si la vieran sus compañeras de clase, hubieran estallado de envidia, y no digamos su madre, que hasta se hubiera sentido orgullosa de ella, ¡por fin el patito feo acometiendo una obra de nivel! Paseo arriba paseo abajo, si no se decidía ya por alguna butic, como decía el chófer, la iban a acabar confundiendo de señora en fulana, tanto peinar la calle. Leyó a duras penas el rótulo de una tienda más bien discretita; mejor no entrar en plan ‘pretty woman’ aquélla, no fueran a verle el plumero y a humillarla, así que cabeza baja y paso corto, ‘allá voy, Inés de la Fresange o como quiera que te llames’.

-Good morning. Inés de la Fresange, thank you.

-Excusez moi, madame, vous demandez par Madame de la Fresange?

-Enchantée, yes.

-Oh, je suis desolée, madame. Mme. de la Fresange est absente cette semaine. Est-ce que je peut vous aider peut-être? Vous êtes une cliente habituelle?

Vaya pedorrez! Aquella tipa no le quitaba ojo, la miraba de arriba abajo con cierto aire de superioridad. Y luego aquel acento tan cursi, y esa melodía de su voz dulce. ¿Eran así todas las parisinas? ¡Pues no se correspondían en absoluto con los hombres de la ciudad que ella estaba conociendo, vulgares y corrientes a más no poder y un tanto golfetes! Por otra parte, normal que estuvieran reprimidos con aquellas damas tan archieducadas y altivas, vamos que ni el engolado de su padre en día de ceremonia era tan estudiado. ¡Y encima se empeñaba en hablarle en aquella lengua incomprensible y tan espesa!

-Night dress, ok?

-Oh, vous desirez un deshabillé?

-Traje de noche, de fiesta, ¿nos entendemos?

-Pour la nuit de noces? Mais bien sur que je peut vous aider! Venez avec moi, madame.

¡Qué manía tenía aquella maniquí perfecta de decir eso de ‘madam’! Era la palabra que más repetía, ¿qué diantres querría decir? Le hizo un gesto de seguirla y la siguió, no sin antes mirar por la ventana a ver si el negrazo y su coche seguían allí aparcados. Pas de problema, allí estaban. Le hizo un gesto de esperar y se adentró en la fabulosa tienda con aquella cursi de patas largas y finas, más finas que las de ella incluso.

¡Vaya, por todos los diablos! ¿Aquellos trajes se gastaban las fifis para ir de fiesta? ¡Pero si eran más despechugados que los vestidos de las rameras! Eso sí, tenían un estilo que para qué. Se probó tres modelos archifinolis, a cual más transparente que el anterior. El blanco le quedaba demasiado estrecho, aún con la cintura de avispa que se le había quedado después del hechizo, era un vestido de muñecas. El azul le hacía parecer el hada madrina concededeseos, le faltaba la varita mágica. Y por fin, el fucsia. Entre bordados y transparencias, más que un vestido parecía un picardías de los de antes, pero si eso era lo que se llevaba en París para las fiestas, no había más que hablar. Señaló a la señorita que era su preferido.

-Oui madame, c’est un très bon choix, risqué mais très chic. Votre mari va certainment vous adorer la nuit de noces!

-No sé qué dices de la noche, pero espero haber acertado, monada, porque este modelito me tiene que servir para entrar al Ritz y también para acceder al Cielo, así que como no tenga éxito vengo aquí otra vez y te corto esa lengua tan endiablada que tienes.

-Oh la la! Le Ritz! Super bon marriage que vous faites!

-No te entiendo nada, encanto, ¿cuánto money?- le hizo un gesto con los dedos, de esos que también son universales. Eso lo entendió a la primera, y marcó hasta tres. ¿Serían tres monedas? Le dio tres monedas.

-Quel bon humeur, madame!

Otra vez aquello de ‘madame’, ¡mecachis! ¿Y ahora por qué se reía aquella tonta, se mofaba de ella?

-No good?

-Trois mil francs, madame.

Bueno, pues saco un fajo de billetes y listo. Era un corte ahora tener que sacar los cuartos de la pechera, pero no había previsto la hora de los pagos, así que no quedaba más remedio. La dependienta se la quedó mirando alucinada, como si no hubiera visto nunca una cosa igual. O quizá eran sus tetas, que la dejaban estupefacta. En fin, le tendió un manojo de los billetotes que le había dado el vejete para que ella escogiera. La chica empezó a contar hasta tres mil veces, vaya, no sabía cuánto valdría aquello, pero seguro que era muy caro porque se había quedado con casi toda su pasta. Bueno, luego le soplaría algún otro dinerillo al abuelo y listo.

Salió ufana por la puerta con un pedazo de bolsa archimolona, sintiéndose, por primera vez en su vida, toda una dama de la alta sociedad o jet-set, como decían siempre por la tele. Primer paso, misión cumplida. Ahora no tenía más que aproximarse con aquel cochazo y el vestido de gasa al hotel Ritz, y a ponerse el mundo por montera por primera vez en su sosa vida. No se cansaba de repetírselo: ¡lo que cambiaban las cosas con un buen look!