El club de las brujas

El club de las brujas

martes, 1 de junio de 2010

TRES: UN PASEO POR EL INFIERNO



¡Pobre Rosalinda! Si es que todo le salía mal últimamente. Era como si los buenos y los malos se hubieran confabulado contra ella. ¡Sapos y culebras, era imposible dar con la solución de la fórmula! Se había comprado unos mejunjes que le aseguraron en la tienda que eran de mucho fiar. Lo que no había calibrado tanto es si la propia tienda era de pego o no. Claro, porque en estos tiempos no se sabía nunca… las puertas del infierno ya no eran tan estrechas y pasaba más de uno que no se hubiera colado ni por una ranura en la época esplendorosa de las Tinieblas.

Ahora todo eran contactos y buenas amistades. Tenías una influencia y, a qué negarlo, te podían dar un pase vip para varios decenios o para toda una vida, que allí era eterna. ¿Y de los criterios? ¡Jahh, eso ya ni se contaba! Había escasez de personal empleado, y tenían que vérselas con cada uno que no pasaba ni por la formación elemental.

Claro, porque los demonios tenían que valerse de alguien para las tareas más engorrosas. Ellos tenían que hacer fechorías, una tras otra, y confabularse para que el Mal ganara la partida. Y eso requiere un tiempo precioso, de modo que no podían malgastarlo en tareas menores, pero necesarias, como lavarse, construir sus casas, limpiarlas, ordenar a los infantes… ¡vaya, un sufrimiento! Los del Cielo tenían más suerte; a ellos es que la magia les hacía todo el trabajo sucio, pero bueno, qué trabajo, por otra parte, porque eran tan pulcros que ni ensuciaban, ni comían, ni necesitaban nada de nada los ángeles.

En el Infierno, para poder sobrevivir, se habían inventado una argucia que les venía que ni pintada. Nada más enterarse de que algún despreciable mortal la estaba palmando, antes de que vulgarmente pudiera irse al otro mundo, o sea desaparecer o extinguirse, según se mire, pues lo captaban y le convencían para hacerle inmortal. Sucedía del siguiente modo: uno estaba ya entre pinto y valdemoro, que se dice, y entonces, cuando se le empezaba a ir el cerebro y a ver un túnel con la consabida luz supuestamente divina, que más bien parece que es la sensación que da el corte de cables que se produce, pues estaba uno en ésas cuando se le aparecía un ser espantosamente negro y voraz que le contaba que de Cielo nada de nada, que era una patraña todo, y que las opciones eran la de morir definitivamente o la de cobrar la inmortalidad en el reino del fuego (por no llamarle infierno, que así de buenas a primeras sonaba mal y tenía mala prensa). Con un peaje a pagar, unos trabajillos de nada y, a cambio, la inmortalidad en medio de una vida de lujuria y depravación.

Los mortales, que en su mayoría se habían pasado los últimos años tratando de hacer el bien por si las moscas, que no por naturaleza, pues se desgañitaban gritando que no cederían a la tentación de Satanás, y que había un reino de los cielos esperándoles. ‘Sí’, pensaba el diablillo burlón, ‘haberlo, haylo, pero a ver cómo te las arreglas para entrar, chato’. Y es que hadas y ángeles se lo tenían montado a las mil maravillas, como corresponde. Tenían las puertas más cerradas que la fortaleza europea y vivían como pachás. Así que, ¡a buenas horas mangas verdes!

Cuando el pobre individuo se convencía de que le habían vendido pesetas a duro, y que de ganarse el Cielo nada de nada, pues es que se le ponían unos colores rojos encendidos y unos sudores fríos de oler a muerto que para qué. El diablillo entonces sólo tenía que hacerle unas pocas cosquillas en el pecho y retarle a una carrera a ver quien llegaba primero a las puertas del Infierno, y en cuestión de segundos el ser humano se transformaba en eunuco currante y hala, otro embaucado para los dominios del Mal.

Así que, todos estos mortales, inmortalecidos mediante chanchullos y enredos, llegaban al reino de la lujuria frotándose las manos de todo lo que iban a disfrutar, librados ya del yugo creador y de la bondad, sin saber que de placer, ni olerlo, y que trabajarían sin descanso para barrer eternamente las miserias del Mal. Ellos contribuían, por lo tanto, a crear un ambiente enrarecido, descontento y agrio, muy propio del Infierno como se le conoce. Mientras que se adelgazaban y se llenaban de enfermedades, tenían que soportar cómo los demonios se cubrían de joyas y saltaban de fiesta en fiesta en sus narices.

¿Pero a qué venía todo esto? A Rosalinda se le fue la cabeza, ya no sabía ni qué estaba razonando. Ah, sí, era sobre la tienda en que le habían vendido la pócima. Pues eso, que con tantos desgraciados dando vueltas por el Infierno, algunos se trataban de hacer pasar por verdaderos brujos y se habían puesto de impostores con sus tiendas, así que no había forma de distinguir quién era quién en aquel barullo que parecía el Oeste americano.

La pomada era de color verde botella y olía a rallos. ¡Puaf, era horrible, ni en sus peores clases de conjuros le habían enseñado a hacer algo así! Trató de leer las instrucciones, compuestas por aquellos signos que su profesor de interpretación les había enseñado y que, más bien, parecían estar en arameo. Así que creyó descifrar que había que untarse de aquel potingue toda la piel y dejarla secar durante una noche. Mientras se la untaba, tenía que andar pronunciando sílabas mágicas, y comerse dos cabezas de pollo que hubiera degollado ella misma. Esta parte fue la que más le costó, mira que había visto veces a su madre cómo les retorcía el pescuezo antes de meterles en la olla, ¡pero es que no se le acababa la angustia! Así que, bueno, cerró los ojos, se taponó los oídos primero para no sentir los gritos de los animales, y una vez que le chorreó la sangre hubo de tragarse aquellas cabezas como si nada. ¡Buahhh, si eso era ser bruja vaya malos momentos que le esperaban! ¡Pero no, ella sólo lo haría esta vez y luego conseguiría su objetivo, lo sabían hasta los muertos!

La pomada picaba un montón pero también había leído que no se podía rascar. Y también tenía que tener cuidado con sus senos y con las partes pudendas, porque se las había dejado al aire y no podían siquiera rozar el pringoso pegamento de la pócima. Los senos, porque era lo único que tenía hermoso y no valía la pena arriesgar en ello, además mejor no le podían quedar. Y las partes íntimas inferiores no quería desperdiciarlas. Las hadas tenían una libido muy rara, según le habían contado su madre y otras brujas, y se les ponía la piel blanca y tiesa cada vez que tenían un subidón espiritual, pero de carne jugosa y excitada, ni sabían lo que era. Rosalinda ya había probado esos placeres carnales y libidinosos y no podía pasar sin ellos más que sin jugar. Además, que ninguno se daría cuenta allá en el Cielo cuando entrara, ¿pues no eran todos santones y virginales? ¡Qué iban a saber!

Se sintió mal toda la noche. Con picores, escozores, ganas de vomitar, los ojos como platos como si se hubiera metido una raya de cafeína, y un sudor que igual era frío que caliente. Estuvo a punto de ir para la tienda a ver qué le habían endilgado y acuchillar a la falsa hechicera, en su caso. Ella, otra cosa no, pero mala podía ser un rato. ¡Y sino, menuda era su madre, la Juanorra, como timaran a su hija! Pero a su madre no se lo podía contar, se hubiera puesto hecha una burra y le habría requisado la pócima antes de nada. Simplemente, no creía en las transformaciones del género divino-maligno, y en los tiempos de los tiempos, desde que ella era ella, nadie nunca lo había conseguido. Es más, los que lo habían intentado se habían desvanecido. Las malas leyendas contaban que una infidelidad de ese tipo conducía a la evaporación del invertido y, lo que era peor, la infelicidad y malestar de todos los suyos por siempre jamás. Y esto último era lo que Juanorra no podía soportar, ni aún siendo su hija un maldito híbrido por culpa suya y de sus devaneos prohibidos.

Así que nada de madres y a aguantar. La fórmula mágica tenía que estar ya haciendo sus efectos, si las indicaciones no eran erróneas. Pero no se podía uno mirar al espejo hasta que la temperatura afuera alcanzara los ochenta grados, subiendo, y el viento soplara por encima de los cuarenta nudos. Tiempo de una mañana primaveral en el Infierno, por otra parte.

11 comentarios:

  1. Que verá Rosalinda en el espejo? Estoy deseando saberlo. besos Lola
    (olia a rallos?)

    ResponderEliminar
  2. Pobre Rosalinda...si es que hay cada curandera suelta por ahí... a saber lo que le habrán vendido. Un timo, seguro.
    Podría Rosalinda ponerse en manos del cirujano que operó a Belén Esteban!. Algo más mona quedaría, aunque con la punta de la nariz mirando pa Albacete XDXDXDXD
    Esto se pone cada vez más interesante.
    Besos

    ResponderEliminar
  3. Es que ser una bruja auténtica exige muuuucho sacrificio. No me fio nada de la tienda, me huele que la han timado dándole gato por liebre. Lo de aguantar con ese potingue encima debía ser horrible. Yo de Rosalinda, tampoco le diría nada a esa madre.
    A lo mejor ha traducido mal el arameo, que a mí también me suena complicadísimo pero debe ser igual que los prospectos de los fármacos que tomamos nosotros: incomprensibles. Estoy deseando ver su cara en el espejo tras el experimento.

    ResponderEliminar
  4. Estoy convencidisimo que Rosalinda es la única Bruja del mundo que se lee los prospectos de las pocimas que utilizsa en si misma.
    Está clarito como el agua del Rio Aqueronte que los mortales que entren en el infierno de Rosalinda deben de abandonar toda esperanza -Dante Aliguieri dixit- pero los inmortales que allí viven parece que tienen esperanza, lujuria y mucho más. A ver que cara se le queda a esta bruja.

    ResponderEliminar
  5. Cuna del ángel más bello. Excelete post. ¡EXCELENTE!

    ResponderEliminar
  6. LOLA: olía horrible, estaba pringoso como un moco y picaba que no veas... pero peor fue degollar a los pollos y comerse las cabezas chorreadas de sangre...

    NATI: diste en el clavo, hay mucho intrusista en la profesión de hechicero, cualquier cirujano muerto se cree que puede hacer carrera en el Infierno...

    JO GRASS: exactamente así se siente Rosalinda, como si le hubieran vendido gato por liebre, y claro no puede contar con nadie para comentar, de Juanorra ni hablamos le pegaría tal somanta de palos que la desfigura otra vez... en el Infierno no hay denuncias por malos tratos!

    CARLOS: claro, es que esta brujita es muy aplicada y se aprende las cosas con disciplina, pero se saltó algunas clases de hechizo en la escuela y ahora está pagando las consecuencias... se siente muy insegura con la utilización de las pócimas mágicas... a Dante no le conoce, ella de cultura poquito, pero de actrices famosas y películas de Hollywood lo que quieras...

    MONDRAGÓN DE MALATESTA: sí, el ángel más bello es su papá, de ahí le vienen las esperanzas y las ambivalencias a la niña...

    ResponderEliminar
  7. Rosalinda, yo pensé que ser bruja era tan entretenido como la serie "Embrujada", que con un movimiento de nariz ya lo tenías todo hecho... pero en verdad es muy difícil ser bruja, sobre todo aquello de cortarle la cabeza a dos pollos... y después comérselas!! Puajj!! Espero que tanto sacrificio te haga el milagro de la belleza, un beso!!

    ResponderEliminar
  8. ANÓNIMO: pues eso espero yo, porque pasar por estos tragos como no me lleve a los Cielos como yo quiero no sé qué será de mí... es que las clases de hechizo si no eres buena con la física y la química... "Embrujada" claro la veíamos en la tele, buah ésa era una aprendiz edulcorada para Hollywood... los humanos se lo tragan todo...

    ResponderEliminar
  9. Rosalinda me gusta, así que me quedo por tu blog para saber más de ella.

    Un beso, te sigo :)

    ResponderEliminar
  10. PERSONITA: bienvenido seas al mundo de Rosalinda, no te defraudará, pronto continuará contándonos sus andanzas por los reinos del bien y del mal y su barrio de Tierra de Nadie...

    ResponderEliminar

venga venga dile algo a la bruja!