El club de las brujas

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miércoles, 13 de marzo de 2013

VEINTIUNO: ELIXIR DE JUVENTUD


Pero qué ganas de llorar que le venían ahora. Si es que, con lo sobre ruedas que iban sus planes, y ahora se le iba todo al traste, y lo que es peor, ¡la culpa era suya! ¿Quién le mandó dejar la puerta abierta mientras se daba una ducha? Recorcho, en su casa que siempre se cerraba a cal y canto para evitar las pifias de sus hermanos y las bromas de su madre, y aquí va y cae en un error garrafal como ése. Cierto que escuchó unas voces de lejos, pero el chorro de agua le impidió distinguirlas con claridad, y pensó que sería de nuevo su bello padre, ¿quién sino? De repente, se apagaron todas las luces y aquellas bestias la estiraron del pelo hasta sacarla de allí. Le taparon la boca con una toalla y la metieron dentro de un saco, donde pataleó y pataleó hasta que se quedó sin fuerza. Y ahora estaba en aquella otra estancia, tan parecida a la anterior pero más lúgubre, con todas las cortinas cerradas y con aquel olor tan fétido. Primero pensó que sus raptores eran mujeres, por las melenas rubia y pelirroja de cada una. Después, sin embargo, percibió que las voces eran ligeramente masculinas, y no había duda de que las manos no eran las de unas damas. Se les entendía perfectamente, a pesar de que utilizaran una jerga en clave, por lo que tampoco eran mortales.
-¿Pero tú estás seguro de que ella es la elegida?
-¡Si lo sabré yo! ¿Ves estas escamas? Es lo que les pasa a las brujas cuando salen de paseo por el exterior, no cabe duda…

Rosalinda se miró con horror, ¡era cierto que su bella y tersa piel se estaba escamando! No sabía si llorar por su efímera belleza, o porque la hubieran apresado. Pero si lo pensaba bien, nada en el mundo que no fuera su ascenso a Celeste le importaba lo más mínimo, tan sólo ansiaba ser bella como un hada y vivir en el reino de su padre. De no ser eso posible, se uniría a los deseos de Betún de pasar por una común mortal. Y ahora esto, ¡a saber qué querrían de ella!
-¿Tienes preparado ese invento tuyo?
-Extraigo las células reparadoras de las bolsitas del sujetador y estará listo. Hay que inyectarle una dosis bien precisa, no vaya a ser que nos pasemos y se convierta en un bebé de teta. Acómpañame al cuarto de baño, vamos a prepararlo todo.

Las escamas se le pusieron de punta esta vez a la brujilla. ¿Pero qué tenían pensado, qué querían inyectarle? Como si fuera poco todo lo que se había metido ella entre pecho y espalda, y ahora querían utilizarla de conejillo de indias para quién sabe qué experimento. A pesar de tener las muñecas bien apresadas con hilo de alambre, consiguió retorcer su todavía esbelta figura y marcar las tres cifras de la habitación de Garcilaso con los dedos de los pies. Suerte que había memorizado el número de la llave que G llevaba todo el rato colgada del cinturón mientras la acompañó. De otro golpe descolgó el auricular, y así fue como pudo pedirle auxilio, antes de que aquellos dos monstruosos seres volvieran para interrumpirle la conversación. Confiaba en que el frivolón de su padre no se hubiera visto todavía con su madre y le quedara algún atisbo de sentimiento por ella en el corazón, porque era su única esperanza de éxito.

Aquellos dos indeseables la abofetearon y trataron de sonsacarle con quién diablos hablaba, la muy ladina. Vieron que no había marcado el número de la habitación en donde la encontraron, sino otro bien distinto. En un momento sacaron una máquina digital de última generación y accedieron al sistema informático del hotel, con lo que tenían localizado a Monsieur Duciel en menos de dos minutos. ¡Qué tíos más listos! Su padre y Angelis tenían lo que quisieras de fuerza bruta, espadachines, cuerpo a cuerpo, pero para la tecnología punta, qué cosas, era como si hubieran llegado tarde. Les repelía, y fíjate cómo se demostraba ahora que más valía maña que fuerza. Hay que ver lo rápido que le habían fichado, con dos teclas de nada y ya ves tú, ¡no somos nadie!, pensó Rosalinda.

-Dinos, mi querida niña, ¿pero qué temes de nosotros? ¿Dónde pensabas ir de paseo, eh? Quizás a flirtear con algún apuesto soldado y a sacarle unas compritas con su última paga, ¿sí? Dinos quién es, guapa, y no te pasará nada de nada. Somos inofensivos, pero no podemos dejarte aquí, desprotegida, entre humanos salvajes y animales que están por domesticar. ¿No entiendes el peligro que corres? Si supiéramos quién es tu novio, pues eso ayudaría a esclarecer las cosas. Es más, me atrevo a decir que podremos satisfacer tus ansias consumistas con cuantos vestiditos quieras, siempre y cuando nos cuentes la verdad y toda la verdad…
-Mi papá es poderoso. El más poderoso de los inmortales, y cuando sepa lo que habéis hecho la ira divina caerá sobre vosotros como una losa. Ya os he advertido.
-¿Tu papá? ¡Ay qué risa!
-Cállate y déjame a mí, Val, que lo vas a estropear todo, y para conseguir el éxito del experimento es mejor contar con su voluntad que sin ella- le cuchicheó Archifranco.
-¿Tu papá es quien te acompañó en el viaje? ¿Es acaso un militar tu papá?
-¡Mi papá no es de este mundo ni del vuestro, patanes!
-¿Monsieur Duciel es tu papá? 
-¿Eh?- Rosalinda no tenía ni idea de ese apodo de su padre en parisino.
-Ya veo que no le conoces por ese nombre. Me temo que tu papá tiene otras muchas ocupaciones antes que tú, brujita. Lo que no acierto a averiguar es cómo has conseguido ese físico tan estupendo. Ahora, que no eres la primera que lo intenta. ¿Qué es lo que pretendes? Permanecer en la Tierra y vivir una vida con principio y fin, ¿es eso lo que te gustaría?
Te advierto, pequeña, que la belleza es efímera, y también aquí se te acabará, por mucha fórmula que te aprendas. Los años de juventud de una común mortal son tan duros como los de una bruja. Duran un poco más, con los tratamientos de belleza, los gimnasios, las operaciones, pero te advierto que desde los veinte la cuenta atrás no perdona a ninguna de ellas, y se pasan el resto de su corta y absurda vida tratando de ganarle la partida al paso del tiempo. Y para ellas un segundo de más es una célula que no se regenera, así hasta que la piel se les arruga toda y, en el mejor de los casos, mueren de viejas. ¿Es eso lo que deseas?

A Rosalinda se le pusieron los pelillos de punta. ¿Era así con todas? ¿Con las modelos con las que salía su padre también? Archifranco pareció que le leyera el pensamiento.
-Sí, también esas guapas vedettes de revista. Se aguantan con liposucciones y estiramientos, pero una vez que pasan los cuarenta, raro es que las vuelvas a ver delante de una cámara. Y pensar que nosotros, de entre todas las brujas del reino del mal, te habíamos elegido a ti para la prueba piloto jamás estrenada. Sí, no me mires con esa cara. Lo de pasar de una vida a otra lo habéis intentado todas antes o después. ¿O crees acaso que tu madre no intentó rebelarse contra su destino? Pues también ella fue joven y soñadora, muchachita, aunque no puedas imaginarlo ahora, que danza con ese buche insaciable y los surcos le comen el rostro. Y una tras otra, vais fracasando y volviendo a vuestras vidas circulares miserables. Sin embargo, tú ahora tienes la oportunidad que todas ellas querrían arrancarte de las manos. ¿No irás a desperdiciarla?
-¿Qué oportunidad?- balbució Rosalinda.
‘Ha picado’, se dijo Val, admirándose de la perorata que le estaba cascando su amigo a la chica.
-Te aplicaremos una dosis de un elixir de juventud. Y podrás combatir al destino circular por fin, ser eternamente joven, menor de veinte, y de esta forma nunca caerás en la decadencia que te espera a partir de esa edad. Los chicos te codiciarán indefinidamente, y el mundo estará a tus pies por siempre jamás. A cada síntoma que notes del peso de los años, una gotita apenas te bastará para regenerar las células y retroceder un pasito, y así una y otra vez.

‘Pues ya tengo la solución ideal para mi prima Betún’, se dijo la bella presa. ‘Esto le gustará mucho más que una vulgar y común vida mortal; ahora que para mí un churro, de eso nada. Pero qué se habrá pensado éste que se me ha perdido a mí en esta tierra, ¡si es un sin vivir! Claro que, tanto hacerme la rosca, algo muy gordo deben de querer de mí para no haberme encerrado a estas horas ya en una mazmorra. Así que negociemos, como en las pelis’.
-Bueno, y a cambio de servirles de cobaya para su experimento, a ver, ¿qué saco yo de vuelta?
-¿Pues qué va a ser? ¡La eterna juventud! ¿Te parece poco?
-Si ustedes me inyectan esas bolitas, retrocederé en el tiempo, ¿es así?
-Así es.
-Pues eso de ninguna manera. Aquí donde me ven, yo he sido más fea que un pecado toda mi vida, y no puedo permitir que me vuelvan a mi estado original. Cualquier condena será mejor que eso.
El trato es éste. Yo les hago de cobaya, y a cambio ustedes me regalan un frasco de ésos para una prima mía que da miedo verla de lo reguapa que es, y para mí con un viaje de ida a Celeste bastará- les espetó con voz resuelta.

-¿Quéeeeeee?- los dos al unísono dieron un respingo, ¡nunca se hubieran imaginado una salida como ésa!
-¿Pero qué sacrilegio es ése? ¿Acaso no sabes cuál es la regla sagrada? “No transgredirás las leyes del Bien y del Mal. Lo que está a un lado a ese lado permanecerá. La oscuridad y la luz no se tocarán.” ¡Sería el fin si permitiéramos este tipo de transgresiones!
-¡Pues no hay trato!- les espetó Rosalinda envalentonada.
-Espera, amigo Archi. Quizá no sea tanta locura esa petición. Al fin y al cabo, un ser híbrido como ella no es como los demás, y quizá merezca un trato diferente.
‘¡Bravo, alguien que reconocía su condición. Aún había esperanza!’
-Pero qué estás diciendo, ¿es que te has trastornado?- le cuchicheó Archifranco.
-Que no, de eso nada. Estoy más cuerdo que nunca. ¿Pero es que no lo ves?- le llevó a un aparte para sisear- Ella nos conducirá hasta su padre…
-¿Y para qué queremos a su padre? ¡Yo al menos le tengo muy visto!
-¡Déjame terminar, cascarrabias! Y su padre, hasta la pérfida Juanorra. ¿Y cuál será la cabeza que cortaré y serviré en bandeja al Boss? Eso rematará mi jugada maestra, y a partir de ese momento yo mismo haré la reserva para el ingreso de Angélico en la leprosería más exquisita de cuantas se hallen en el reino maléfico.
-Vale, okey, ¿pero para qué necesitas conducir a la cría a Celeste? Si su padre y su madre están en estos momentos deambulando por este hotelito, ¿a qué alejarse tanto?
-Lo que importa es que nos ganemos su confianza, despistado. Si cree esa patraña de que la conduciremos a ver a las hadas y las musas y le regalaremos una piel divina, seguirá nuestro plan a pie juntillas. Un paseo por Diviniland y la tendremos bien pescada en el bote.
-Chico, no me extraña nada que te doctoraras cum laudem en malevagia, ¡eres el puto amo! Vaya, esta palabrota me costará una confesión a la vuelta a casa, pero después de todas la fechorías en que andamos metidos una cosita arriba o abajo no cambiará mucho mi mala conciencia…ummm…- dijo Archi admirado.

‘¿Qué andarían cuchicheando esas savandijas? Si su padre no venía pronto a rescatarla la iba a recoger con un rastrillo a trocitos, ¡porque en menudas manos había ido a caer! Por otra parte, quizá aquel trato diera resultados, porque a ver, ¿qué iba a hacer sino? Si era cierto lo que dijeron, unos días más de paseo por la Tierra y no sólo las piernas, sino el cuerpo entero, se le llenaría de escamas como si fuera un pez. Y así, ¿cómo diablos pedía ella un pase para el Cielo? Y su precioso y terso rostro, con los pómulos tan archidefinidos… ¿y si acababa teniendo cara de pez? Más le valía pues aceptar cualquier trato medianamente honroso, que sentarse a esperar la decadencia. Si al menos su padre fuera alguien en quien poder confiar. Pero no podía fiarse de él, un día estaba loco por su madre y otro día no paraba de perseguirla a ella, no era un valor seguro…’.

-Bueno, hay que decidirse, que el tiempo apremia.
-¿Y qué hay de mis peticiones?- inquirió Rosalinda todavía desafiante. ‘De pérdidos, al río’, se dijo.
-Aquí tienes el frasco para tu prima. Un solo frasco le dará para, si no lo derrocha ni lo vende, un centenar de veces por lo menos. Que lea las instrucciones, una gota y nada más que una en cada toma, y no abusar en las dosis o en vez de ir hacia atrás irá hacia delante. ¡Es muy importante! Comer poco también ayuda...
-¿Y después de las cien tomas qué le pasará?
-Oh, para entonces seguro que lo venden libremente en algún establecimiento. Que busque en los Estados Unidos a través de algún estraperlista, no tendrá problemas.
-Eso si por entonces todavía existe un Orden que no hayamos desbancado…
-¿Eh? No entiendo. Bueno, es lo mismo. Aquí tienen su dirección exacta, se lo harán llegar cuanto antes, ¿verdad? Cumplió los veinte hace pocas semanas y me gustaría que no llegásemos tarde.
-Yo mismo lo depositaré en manos de esa bella joven, descuide. ¿Alguna nota?
-Dígale que lo trajo un hada. Ella entenderá.
-Okey.
-¿Y qué hay de lo mio?- a Rosalinda se le puso un aire triste. Nunca volvería a ver a los suyos. De repente, su prima le pareció un ser adorable. Se le olvidaron todas las picaduras de malaria que le contagió de pequeñas, a propósito, y la vez que la tiró por la ventana sujetándola por las trenzas hasta que se las arrancó de cuajo estampándole la crisma contra el suelo, y tantas otras. La recordaba solamente con aquellos ojos de gato tan tristes de la última tarde, cansada de vivir en círculos y de ver en el futuro más canas, más soledad y más miserias… Bueno, al menos que su escapada hubiera tenido un final feliz para alguien…
-Primero tendrás que tragar este suero, mientras cierras los ojos y escuchas música celestial. Hay mucha parafernalia que seguir, los ritos que el Cielo impone para todo, ya sabes… Después de que lo hayas ingerido, sentirás una serenidad interior que se traducirá en calma total. Y, pequeña, vas a ver el mundo de las hadas y los duendes, y a Dios paseándose por sus infinitos jardines, y a las musas sobrevolando sus castillos encantados, y chorros de agua bendita mojando a los querubines que tocan flautas… todo eso es el Cielo, ¿de veras quieres verlo?
-Toda mi vida la enfoqué a conseguir un destino: volar alto y seguir a mi padre. Y la belleza…
Rosalinda comenzaba a caer en un profundo sueño del que no sabía si despertaría. A medida que iba hablando, una aguja larga como una antena de televisión le fue penetrando por el lateral derecho. Apenas notó deslizarse los dedos fríos del profesor Archifranco, y un pellizco que en verdad fue una incisión. De inmediato la embargó un sopor dulzón y pesado, a la vez que sentía de los pies a la cabeza como si el agua le fluyera por dentro, arriba y abajo, como si un manantial la poseyera y una carrera de coches se hubiera apoderado de sus venas. Lo siguiente fue la inconsciencia.
-¡Ha quedado ko, amigo!- palmoteó Valenciennes. –¡Eres el mejor mago de la especie! ¿Qué le has puesto?
-He mezclado el elixir celular junto con la toxina y tres relajantes musculares. Dormiría a un elefante.
-¿Y la toxina?
-Tiene mucho que sudar con los años que perderá, y la toxina le ayudará a eliminar las impurezas junto con la grasa animal. Ayúdame a cubrirla con las mantas. Ahora pasará por la fase típica de convulsiones de toda transformación, y después caerá en un sueño todavía más profundo, donde algunos órganos de su cuerpo dejarán de funcionar, para que las células regeneradoras puedan trabajar con eficacia...
-¿Tenemos para un rato, entonces?
-Nunca es igual, el tiempo que se tome depende mucho de su estructura osea y muscular, de la calidad de la sangre, y además es la primera bruja con la que pruebo...
-¡Vamos, que nos pueden dar las uvas! Pensé que tu experimento era coser y cantar.
-Ya te dije que había muchas incógnitas todavía por resolver. La prisa es mala consejera de la magia, al menos de la magia blanca. De todos modos, también lleva un acelerante reparador, no te inquietes, yo espero que en una o dos horas tengamos resultados. ¿Salimos a tomar el aire?
-¿Y la dejamos aquí sola? ¡Mira, se le han abierto los ojos, por poco me da un espasmo!
-Sí, es una reacción habitual en algunos pacientes, pero no quiere decir nada. Mientras esté bajo los efectos de la fórmula, ninguno de sus sentidos de la realidad está activado, así que ni siente, ni huele, ni oye, ni padece… ni tampoco ve nada que sea de este mundo.
-¿Y qué le diremos de su paseo por las nubes de Celeste que le habías prometido?
-Ahora mismo está paseándose por allí y viendo todas las hermosas cosas que le describí, una especie de viaje astral a lo bestia… Sin embargo- prosiguió –me queda una duda. Cuando dijo que ella antes era fea como un demonio, ¿crees que se refería a que hubiera sufrido una transformación mágica voluntariamente provocada?
-Las brujas estudian esa clase de cosas en el escolario. Quizás haya aplicado alguna de las fórmulas magistrales y prohibidas. ¿Por qué, tiene mucha importancia ahora?
-Depende. Tan sólo rezo para que no haya cruce de efectos, que siempre resultan imprevisibles. Es probable que llevara ya aquí un tiempo, y más de cuarenta y ocho horas entre pócima y pócima son suficientes para haberlas asimilado correctamente. En otro caso…
-En otro caso, ¿qué?
-No quieras saberlo. Podría tornarle la consciencia dentro de la inconsciencia, y decidirse a no despertar.
-¿Te refieres a un coma voluntario?
-Y eterno. Anda, demos un paseo. Lo inevitable está por llegar.
-Suenas apocalíptico, salgamos que me estoy mareando. 

martes, 1 de junio de 2010

TRES: UN PASEO POR EL INFIERNO



¡Pobre Rosalinda! Si es que todo le salía mal últimamente. Era como si los buenos y los malos se hubieran confabulado contra ella. ¡Sapos y culebras, era imposible dar con la solución de la fórmula! Se había comprado unos mejunjes que le aseguraron en la tienda que eran de mucho fiar. Lo que no había calibrado tanto es si la propia tienda era de pego o no. Claro, porque en estos tiempos no se sabía nunca… las puertas del infierno ya no eran tan estrechas y pasaba más de uno que no se hubiera colado ni por una ranura en la época esplendorosa de las Tinieblas.

Ahora todo eran contactos y buenas amistades. Tenías una influencia y, a qué negarlo, te podían dar un pase vip para varios decenios o para toda una vida, que allí era eterna. ¿Y de los criterios? ¡Jahh, eso ya ni se contaba! Había escasez de personal empleado, y tenían que vérselas con cada uno que no pasaba ni por la formación elemental.

Claro, porque los demonios tenían que valerse de alguien para las tareas más engorrosas. Ellos tenían que hacer fechorías, una tras otra, y confabularse para que el Mal ganara la partida. Y eso requiere un tiempo precioso, de modo que no podían malgastarlo en tareas menores, pero necesarias, como lavarse, construir sus casas, limpiarlas, ordenar a los infantes… ¡vaya, un sufrimiento! Los del Cielo tenían más suerte; a ellos es que la magia les hacía todo el trabajo sucio, pero bueno, qué trabajo, por otra parte, porque eran tan pulcros que ni ensuciaban, ni comían, ni necesitaban nada de nada los ángeles.

En el Infierno, para poder sobrevivir, se habían inventado una argucia que les venía que ni pintada. Nada más enterarse de que algún despreciable mortal la estaba palmando, antes de que vulgarmente pudiera irse al otro mundo, o sea desaparecer o extinguirse, según se mire, pues lo captaban y le convencían para hacerle inmortal. Sucedía del siguiente modo: uno estaba ya entre pinto y valdemoro, que se dice, y entonces, cuando se le empezaba a ir el cerebro y a ver un túnel con la consabida luz supuestamente divina, que más bien parece que es la sensación que da el corte de cables que se produce, pues estaba uno en ésas cuando se le aparecía un ser espantosamente negro y voraz que le contaba que de Cielo nada de nada, que era una patraña todo, y que las opciones eran la de morir definitivamente o la de cobrar la inmortalidad en el reino del fuego (por no llamarle infierno, que así de buenas a primeras sonaba mal y tenía mala prensa). Con un peaje a pagar, unos trabajillos de nada y, a cambio, la inmortalidad en medio de una vida de lujuria y depravación.

Los mortales, que en su mayoría se habían pasado los últimos años tratando de hacer el bien por si las moscas, que no por naturaleza, pues se desgañitaban gritando que no cederían a la tentación de Satanás, y que había un reino de los cielos esperándoles. ‘Sí’, pensaba el diablillo burlón, ‘haberlo, haylo, pero a ver cómo te las arreglas para entrar, chato’. Y es que hadas y ángeles se lo tenían montado a las mil maravillas, como corresponde. Tenían las puertas más cerradas que la fortaleza europea y vivían como pachás. Así que, ¡a buenas horas mangas verdes!

Cuando el pobre individuo se convencía de que le habían vendido pesetas a duro, y que de ganarse el Cielo nada de nada, pues es que se le ponían unos colores rojos encendidos y unos sudores fríos de oler a muerto que para qué. El diablillo entonces sólo tenía que hacerle unas pocas cosquillas en el pecho y retarle a una carrera a ver quien llegaba primero a las puertas del Infierno, y en cuestión de segundos el ser humano se transformaba en eunuco currante y hala, otro embaucado para los dominios del Mal.

Así que, todos estos mortales, inmortalecidos mediante chanchullos y enredos, llegaban al reino de la lujuria frotándose las manos de todo lo que iban a disfrutar, librados ya del yugo creador y de la bondad, sin saber que de placer, ni olerlo, y que trabajarían sin descanso para barrer eternamente las miserias del Mal. Ellos contribuían, por lo tanto, a crear un ambiente enrarecido, descontento y agrio, muy propio del Infierno como se le conoce. Mientras que se adelgazaban y se llenaban de enfermedades, tenían que soportar cómo los demonios se cubrían de joyas y saltaban de fiesta en fiesta en sus narices.

¿Pero a qué venía todo esto? A Rosalinda se le fue la cabeza, ya no sabía ni qué estaba razonando. Ah, sí, era sobre la tienda en que le habían vendido la pócima. Pues eso, que con tantos desgraciados dando vueltas por el Infierno, algunos se trataban de hacer pasar por verdaderos brujos y se habían puesto de impostores con sus tiendas, así que no había forma de distinguir quién era quién en aquel barullo que parecía el Oeste americano.

La pomada era de color verde botella y olía a rallos. ¡Puaf, era horrible, ni en sus peores clases de conjuros le habían enseñado a hacer algo así! Trató de leer las instrucciones, compuestas por aquellos signos que su profesor de interpretación les había enseñado y que, más bien, parecían estar en arameo. Así que creyó descifrar que había que untarse de aquel potingue toda la piel y dejarla secar durante una noche. Mientras se la untaba, tenía que andar pronunciando sílabas mágicas, y comerse dos cabezas de pollo que hubiera degollado ella misma. Esta parte fue la que más le costó, mira que había visto veces a su madre cómo les retorcía el pescuezo antes de meterles en la olla, ¡pero es que no se le acababa la angustia! Así que, bueno, cerró los ojos, se taponó los oídos primero para no sentir los gritos de los animales, y una vez que le chorreó la sangre hubo de tragarse aquellas cabezas como si nada. ¡Buahhh, si eso era ser bruja vaya malos momentos que le esperaban! ¡Pero no, ella sólo lo haría esta vez y luego conseguiría su objetivo, lo sabían hasta los muertos!

La pomada picaba un montón pero también había leído que no se podía rascar. Y también tenía que tener cuidado con sus senos y con las partes pudendas, porque se las había dejado al aire y no podían siquiera rozar el pringoso pegamento de la pócima. Los senos, porque era lo único que tenía hermoso y no valía la pena arriesgar en ello, además mejor no le podían quedar. Y las partes íntimas inferiores no quería desperdiciarlas. Las hadas tenían una libido muy rara, según le habían contado su madre y otras brujas, y se les ponía la piel blanca y tiesa cada vez que tenían un subidón espiritual, pero de carne jugosa y excitada, ni sabían lo que era. Rosalinda ya había probado esos placeres carnales y libidinosos y no podía pasar sin ellos más que sin jugar. Además, que ninguno se daría cuenta allá en el Cielo cuando entrara, ¿pues no eran todos santones y virginales? ¡Qué iban a saber!

Se sintió mal toda la noche. Con picores, escozores, ganas de vomitar, los ojos como platos como si se hubiera metido una raya de cafeína, y un sudor que igual era frío que caliente. Estuvo a punto de ir para la tienda a ver qué le habían endilgado y acuchillar a la falsa hechicera, en su caso. Ella, otra cosa no, pero mala podía ser un rato. ¡Y sino, menuda era su madre, la Juanorra, como timaran a su hija! Pero a su madre no se lo podía contar, se hubiera puesto hecha una burra y le habría requisado la pócima antes de nada. Simplemente, no creía en las transformaciones del género divino-maligno, y en los tiempos de los tiempos, desde que ella era ella, nadie nunca lo había conseguido. Es más, los que lo habían intentado se habían desvanecido. Las malas leyendas contaban que una infidelidad de ese tipo conducía a la evaporación del invertido y, lo que era peor, la infelicidad y malestar de todos los suyos por siempre jamás. Y esto último era lo que Juanorra no podía soportar, ni aún siendo su hija un maldito híbrido por culpa suya y de sus devaneos prohibidos.

Así que nada de madres y a aguantar. La fórmula mágica tenía que estar ya haciendo sus efectos, si las indicaciones no eran erróneas. Pero no se podía uno mirar al espejo hasta que la temperatura afuera alcanzara los ochenta grados, subiendo, y el viento soplara por encima de los cuarenta nudos. Tiempo de una mañana primaveral en el Infierno, por otra parte.