El club de las brujas

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martes, 11 de enero de 2011

DOCE: SATÁN SE QUIERE JUBILAR



Satanás estaba que se subía por las paredes. Ni rastro de su primer comandante, y ni vérselas con los soldados del primer regimiento. Era una señal, primero la Cumbre y esa puta Energía oscura o lo que fuera, que le tenía intrigadísimo, y ahora esta jugada maestra de su número dos, que había desaparecido con todo su equipo. Eran muestras inequívocas de una decadencia en el Reino del Mal. Y lo que más rabia le daba era haber visto esa cara de satisfacción que lucía su contrincante supremo al cruzarse un par de manos en la despedida. Rebosante de virtud y más lucero que nunca, Dios se había quedado con la gloria de una batalla ganada por goleada. Valenciennes no estuvo mal, pero él echaba de menos la mala leche que se gastaba su mejor espada. Mirándolo bien, si es que no estaba siquiera con ganas de enfadarse con él. Tan sólo quería tenerle delante para darle un par de tundas, como prolegómeno necesario, y después contarle todos los pormenores y detalles de aquella algarabía de logaritmos y ecuaciones de las que no había entendido ni pajota. Con Valenciennes no se atrevía a reconocer errores, para ese idiota su gran Jefe era requetelisto y una mente privilegiada a la que no se le escapaba nada. Tantos años a su lado y le tenía pero que bien engañado, vaya cretino, como sólo estaba preocupado por ascender y ascender y ascender, la ambición le sorbía el seso y no le dejaba ver dónde estaban los verdaderos agujeros del poder. A veces echaba de menos que le saliera un verdadero traidor, uno que le quisiera derrocar. Porque a ver, en la Tierra cada dos por tres se montaba la de Cristo, era un decir, y se derrocaban unos a otros, por muchos cargos vitalicios que se gastaran. Eso sí que era divertido. En cambio, por los territorios divinos e infernales nadie se cuestionaba quién tenía el mando, y, a decir verdad, Dios y Satán es que tenían ya un cansancio de verse las caras a cada ocasión, que una jubilación, a tiempo parcial aunque fuera, no les hubiera sentado nada mal. A Dios se le veía más allá que acá, eso sin duda. Nunca es que hubiera sido un ser muy de pisar firme, y le iba menos lo de tomar decisiones que a un político antes de las elecciones. Pero es que en esta última Cumbre se le había visto más ausente que nunca. Del morado pasaba al azul, y del azul al dorado, todo el tiempo meditando y levitándose a sí mismo. Si no fuera porque habían planeado aquella Cumbre juntos, hubiera dicho que aquello de la materia oscura, o como diantres se llamara, y el huevo cósmico y tanta parafernalia, le importaba un santo carajo al bendito. En el fondo, entendía el sentimiento, sino estaba cerca de compartirlo. Que eran muchos tiempos circulares viviendo aquellas batallas, y había que darse un respiro, ése era el quid. Todo aquello de las averiguaciones de las supernovas les pillaba muy machuditos, y lo que de verdad ansiaban era un buen sustituto y ponerse a jugar a naipes en alguna playa perdida. A naipes o al julepe, pero con una buena botella de ácido o de oxígeno y hala, a nadar y a despreocuparse, y que otros hicieran el trabajo sucio.

Más de una vez se habían hecho un guiño en este sentido, porque con tantas juergas y tantas endemoniadas contiendas, en más de una ocasión la cosa había acabado en pacto alrededor de la misma mesa, ahora que no le escuchaba nadie. Y cuando les dejaban solos, nada más querían fumarse un buen puro y charlar de sus batallitas. Pues no habían sido peleones ni nada en sus buenos tiempos, había que verle a Dios, con su túnica toda blanca y unos años menos, es que estaba entre dar miedo y tirártelo. Sí, sí, una cosa imponente, con aquellos ojos saltones y tan jodidamente profundos. Vamos, que una mirada suya te hacía perder el sentido. Y vaya voz que se gastaba, no se sabía quién era más fiero de los dos, en definitiva. Pero ahora las cosas eran diferentes, ni se miraban con esa frialdad ni las contiendas guardaban esa astucia de antes, o los ases de última hora debajo de la manga. Diríase que les había llegado el momento de retirarse, eso, retirarse... ¿Pero en quién ponían sus esperanzas? ¿En Valenciennes? ¡Si no sabía ni hacer la o con un canuto cuando le dejaban solo! ¿En Angelis? ¡Vaya golfo estaba hecho! Nadie le había dicho dónde se había metido, pero muy gorda tenía que haberla liado para dejarle colgado un día tan señalado en el calendario. Seguro que era cosa de su amigo Garcilaso el Bello, aquel ángel casi era más listo que su comandante, y muy amigos muy amigos pero él bien que estaba allí, sumiso y a la vera de su Jefe, como debe ser. Lo malo de aquellos dos es que, lo que tenían de listos lo tenían de vagos y maleantes. Estaban metidos en todos los fregados sucios de contrabando, y se dejaban sobornar por un buen chochete o una mamada. ¡Así cómo iban a ponerles a dirigir el reino!

-Ejem, ejem, mi señor, ¿da Ud. su permiso?

-¡Bandido, cabrón, soplapollas! ¿Cómo te atreves?

-Todo lo que me diga es poco, mi Señor, mi astuto Capitán General jefe de las fuerzas del Mal –je, con lo que le gustaba a Satán que lo llamaran así, no se le podía resistir- soy un desgraciado, un imbécil, un mentecato...

-¿Sabes lo que haremos? Pasarás una temporadita en la leprosería, eso te quitará la tontería.

-¡No! ¡Le ruego, le suplico, la leprosería es un lugar infecto, nunca volvería de allí!

-¿Y qué me importa a mí eso? ¡Para lo que me sirves, mejor estarás entre leprosos, viendo cómo purgas tus culpas y la de todos tus oficiales de cuarta regional! ¡Así sabrán a qué atenerse! ¡Guardia, llévenselo ya!

-¡Señor, señor, por los diablos y las hembras escocidas! ¿Es que de nada van a valerme todos los años de atento servicio? ¡No me prive, se lo ruego, de mi único porvenir! Yo soy soldado y moriré como soldado...

‘Vaya, Angelis estaba realmente afectado esta vez’, se dijo Lucifer. ‘Pero si crees que esto se arregla con unas palabritas, poco me conoces, marquesito’.

-¡Basta, deja de sollozar como si fueras una piojosa enferma ya! ¡No te aguanto! ¡Y dime ahora mismo dónde estuviste o en persona te conduciré a esa leprosería y me encargaré de que las leprosas te jodan bien y todas a una!

-Estuve en una cacería y las fieras nos tuvieron cercado el paso...

-¿En la Tierra de parranda? ¡Es lo último!

-No, mi Señor, no es lo que piensa, estábamos con un político muy influyente que está a punto de cascarla y no tiene muy claro qué hacer con su alma todavía. Si donarla a los Cielos, o seguir consecuente con su agnosticismo anterior y no pensar en la muerte, ni en lo que pueda depararle.

-¿Y quién es, eh?

‘Improvisa, genio, improvisa’, se decía DEA.

-Winston Churchill.

-¿Ves cómo eres un zoquete? Ya murió ése, espabilado, y además no recuerdo que fuera agnóstico. No queda alternativa para ti, lepra o rabia, tú dirás qué prefieres.

-Bueno, bueno, digo la verdad aunque esté mal visto. No he sido todo lo sincero que cabría... -prosiguió Angelis mientras se acercaba zalameramente a las nalgas de su Señor y se le salía una lengua más larga que viperina.

-Mmm... ya puedes afanarte en hacerme el mejor trabajito de tu vida, maricón, y después decidiré si echarte a los leprosos o a los... aaaahhyysssuuuuaaaaaaahhhhh...

De Angelis tenía la cabeza como un tarro de mermelada pegajosa y la lengua resacosa y embebida de alcohol, pero nada le gustaba más a Satán y a su pitirrín que el aliento a juerga, si no le conociera... La tenía más pequeña que un recién nacido, así que chupársela y hasta sorbérsela no era problema, lo único que aquello tan fláccido según cómo daba un pelín de dentera, pero nada, nada, no se podían tener miramientos cuando se trababa del Jefe. Así que ahora por arriba, ahora por abajo, ahora la estiro, ahora me la trago, ahora la engaño... vaya que estaban los tiempos difíciles, demonios, cuanto más mayor se hacía más le costaba sacarle todo el jugo, no quedaba nada de aquel brío juvenil...

Ya más relajados y con el aire acondicionado a tope, porque el calor era de cortar a estas horas, le contó la alucinante historia que le dio tiempo a inventarse mientras terminaba el trabajito.

-Pues no, no estuve en la Tierra, ni mi batallón tampoco. Tuvimos una tarea mucho más compleja y que requiere una explicación detenida. Es justo que así sea, mi Señor. Yo no quería darle la alegría hasta que tuviera la batalla bien por la mano, Señor, pero dadas como se han dado las circunstancias...

-¡Al grano!- este Angelis como le dejaras cuerda es que te contaba una milonga más indefinida y más grandilocuente cada vez.

-Al grano pues, mi Señor, sin más dilación. No se hable más, sus palabras son órdenes para mí. Había una bruja con una información archisecreta que teníamos que encontrar, mi Señor. Nos llegó un soplo de que ella tenía la fórmula de la “energía oscura”.

-¿La misma “energía oscura” de la que hablaban Valenciennes y los otros científicos?- dijo Satán sin poder contenerse.

-La mismísima, Señor. Comprenderá que con un soplo así, era mi obligación comprobarlo, aunque tuviera que ir al lugar más recóndito del Infierno.

-¿Y dónde estaba esa arpía?

-En Nowhere’s land, ¿puede creerlo?

-¿En ese suburbio? ¿Ahí no es donde se apelotonan los esclavos, las putas de baja estofa y el ganado menos selecto?

-Ciertamente, Señor. ¿Cómo explicarse una cosa así, verdad? La muy zorra se había solapado entre aquellas gentuzas para que no pudiéramos encontrarla jamás. Y desde allí dirigía el más perverso centro de fabricación de “energía oscura” que había visto yo en la vida. Nos quedamos patitiesos, mi Señor, un montaje astral y cósmico, lleno de santeros, de luces negras, de conexiones electromagnéticas, y con un montón de enanos trabajando a destajo para la vieja.

-¿Y por todos los rayos, cómo resolviste ese entuerto?

‘¡Sí, caramba, Sat empezaba a entrar en el juego y estaba mordiendo el anzuelo como un bebé!’

-Pues tuvimos una larga contienda, mi Señor. Los enanos, en cuanto se dieron cuenta de la encerrona, nos arrearon unos bocados en las piernas que vaya moratones llevamos todos. Se te agarraban a la pantorrilla como sanguijuelas, ¡quisiera yo saber qué elixir les da aquella bruja para tenerlos aleccionados como perros sabuesos! Tanto es así, que algunos de mis mejores soldados siguen arrastrados por Nowhere’s land y todavía no han recuperado el aliento.

-¿Y esa vieja? ¿Y la fábrica?

-La fábrica la hemos fumigado e incinerado, con los enanos dentro. Tendría que haber visto, chillaban como puercos en el matadero y ardían desprendiendo un olor insufrible. En cuanto a la bruja, no quisimos destruirla pues nos habríamos quedado sin la fórmula de la “energía oscura”. Y mucho me temo que habrá que torturarla con alguna argucia especial, porque mucha bruja es ésa.

-Pero entonces…- Satán no podía esconder su alegría por más tiempo, si ya sabía él que su fiel Angelis no le fallaba jamás de los jamases, pues bueno era él, ¿cómo pudo desconfiar? Si estaba claro, nadie más que él le podía sacar del entuerto, la cara que se le iba a poner a Dios cuando le notificaran los últimos sucesos y tuviera que morirse de rabia porque la fábrica de la “energía oscura” había estado todo el tiempo en los dominios del Infierno y sus secuaces la tenían controlada. Ahora sólo era una cuestión de tiempo, averiguar su composición y someter a Universo con ella a su antojo- ¡No la puedes perder de vista, o mucho me equivoco o esa bruja es la llave del éxito que necesitábamos!

-Todo está bajo control, mi Señor- ¿No habría ido demasiado lejos con la historieta? Satán parecía un niño con zapatos nuevos, a saber qué haría con él si supiera la verdad... pero él no le iba a sacar del engaño, desde luego. Ahora sólo había que encontrar a Juanorra antes de que saliera de sus dominios, ¡demonios, si debían de estar escapando ya ella y su vigilante! ¡A estas alturas estarían atravesando las aduanas y a punto de zarpar!

-¿Dónde vas ahora, pichón? Tienes que volver a contentar a papá...

‘No llegaría a tiempo, si tenía que hacer otro trabajito no llegaría ni para los postres al puerto militar, y sería una catástrofe que Jota partiera sin siquiera saber el lío en que se había metido. Satán tardaría segundos en averiguar el nombre y dirección de la bruja que había visitado De Angelis en Nowhere’s land, y entonces no tendría piedad con Juanorra a su vuelta a casa. ¡Y ella, desinformada, le dejaría en ridículo, que era lo peor de todo!’

Le propinó dos chupitos de nada y se sirvió de la excusa de preparar unos drais martinis –la bebida que pirraba a Satán- bien fresquitos para sorberle con más fruición. Así es como pudo salir de la alcoba de palacio y dar una llamadita al puesto de mando.

-Aquí Redentor, rápido, ¿con quién hablo?

-Mi comandante, soy Cabeza Cortada, para servirle.

-Déjate de chuminadas, dime, ¿han llegado dos pasajeros míos?

-Más de dos, mi comandante. Primero fue un soldado chiquito y respondón, más desubicado que un pingüino en Nueva York y que zarpó apenas comenzaba a anochecer. Y no habrían pasado ni tres moscas por aquí que ya teníamos otra clientela nueva. ¡Vaya, cómo están los tiempos de trapicheo va trapicheo viene, se nota que van bien los negocios, comandante!

-¡Eh! ¿Tres pasajeros?

-Bueno, los tortolitos de segunda fila han tenido que esperar a que estuviera listo un segundo navío, ¡más de una hora! Pero claro, nos los mandan así, sin avisar...

-Yo no he mandado tres sino DOS pasajeros. ¿Quién coño controla las acreditaciones? ¡Pásame ahora mismo con la central de aduanas, ipso facto!

-Soy Marciano, mi comandante. ¿Qué problema hay?

-¿Por qué no has pedido acreditaciones al pasajero que viajaba solo? ¡Responde, jodido funcionario! ¡Así se te quede el culo como una paella de tanto asiento!

-Pero mi comandante- dijo el funcionata todo azorado- ¿qué más le iba a pedir?, ¡si mostró un fajo de billetes de DEA&CO!

-¿Qué estás diciendo, un impostor con billetes míos? ¿Dónde está ese navío, se les puede interceptar?

-Me temo que no hasta que arriben a destino. Las misiones secretas es lo que tienen...

-¡Cafre! ¡Desearás ser mortal y poder morir antes de que yo de contigo! Pero ahora me interesa algo más importante que un prófugo. ¿Qué ha sido de la pareja subsiguiente?

-¿También son prófugos?- dijo Marciano tembloroso.

-No, van correctamente autorizados. Lo que ocurre es que tengo un mensaje para ellos antes de que se embarquen.

-Pues vaya mala chance que tiene esta noche, mi comandante, porque el segundo navío partió mientras Ud. y yo conversábamos.

-¡¡¡¡¡¡Idddiooooottaaaaaa!!!!!!!!!!

De Angelis colgó exasperado. Le ardía la sangre, no podía pensar, tenía que diseñar un plan y estaba seco de ideas. Y lo malo es que ahora no podía contar con Garci, que estaría frotándose las manos en el paraíso terrenal y a la espera de la Juana. ¡Qué de contrariedades en un momento! Si le hubiera dicho la verdad a Satán, no, de eso nada, que le había puesto ya las carnes de leproso antes de terminar la mamadita. Bueno, ahora tenía que reflexionar y dar con la idea genial. Seguro que se le encendía la bombilla.

-¿Jodido artista, dónde te metes con esos martinis?- chilló Satán, que ya andaba ansioso y con otro empalme de tres pares.

-Esperando la ciruela, mi Señor, que está al caer.

-¡Déjate de ciruelas y ven a chorrearme esos etílicos!

‘Placer obliga’, se dijo el comandante, mientras ponía dos hielos en las copas y otros dos en su boca. Satán chillaría como un tigre en celo esta vez. Después ya pensaría en su futuro y el de toda la especie.

martes, 9 de noviembre de 2010

DIEZ: SOLDADO ROSALINDA



‘Mírate’, se decía Rosalinda para sí, ‘desde que te has convertido a las alturas es que no das una, ahora has fastidiado hasta la bata de mamá, ahhgggrrr, ¡maldito militar de tres al cuarto!’.

Así que no le quedaba más remedio que ir al riachuelo y lavar los manchurrones, con lo que se demoraba todavía más su salida. Lo mejor hubiera sido esperar a que se apagara un poco la luz del campo, pero nada podía detenerla ya, porque las horas corrían en su contra. Había estado leyendo, en el corto espacio de tiempo que tuvo entre que se sentó en aquel banco y la pasada de la tanqueta de aquel idiota, que antes de medianoche tenía que estar pisando firme fuera del Infierno, lo que se dice de forma literal. En otro caso, todo el esfuerzo habría sido en vano y la princesa sin carroza se convertiría otra vez en Cenicienta, como en el cuento que de muy pequeñas les leían a ella y a la prima Betún. De hecho, ya entonces cuando escuchaba la voz de su tía describiendo las bondades de Cenicienta, ella se sentía tan identificada con la protagonista que siempre le caía una lagrimita, escondiéndose para no ser burlada por la insensible de su prima. ¡Quién le hubiera dicho luego que Betún iba a resultar tan profunda, lo que eran las cosas! Por cierto, que tendría que pensar en ella y sus pedimentos en algún momento, sólo que todavía era pronto, primero tenía que conseguir salir de aquel lugar infernal.

El sol seguía tan tórrido como de costumbre, y si no hubiera sido por el chal con el que se cubría la cabeza, Rosalinda hubiera fenecido de sopor, pero eso, en definitiva, era un tanto a su favor, porque la ribera del río no se llenaría de corrillos de brujas cotillas hasta que bajara el sol; no había un minuto que perder. A medida que se acercaba al agua, pudo observar que, efectivamente, con el sol tan alto como estaba, sólo las esclavas se postraban arrodilladas en las orillas lavando las enaguas coloreadas de las madames del barrio. Nadie más que ellas aguantaba el agua tan helada como estaba a estas horas. Incluso podía distinguir, ¡horror!, a Liliana, la pobre muchachita que atendía a su madre los domingos. Era la misma que había visto azotar en varias ocasiones por pillarla in fraganti probándose los vestidos de Juanorra, y desde entonces cumplía el castigo de lavarle bragas, sostenes y sallones a la vera del río, en la hora que más picara el calor de los días de asueto. Su madre desde luego que no se andaba con chiquitas cuando se trataba de un castigo.

Se escondió de ella por si distinguía la bata de moaré de Jota, toda plateada y cantarina como era de inconfundible, pero no había cuidado, la pobre criatura estaba tan enfangada en sus arduas faenas que no levantaba la vista del agua. ¡Uff! A Rosalinda se le puso el estómago malo de verle las manos amoratadas y de pasa que se le habían quedado a fuerza de frotar toda esa ropa sucia con el agua como cubitos de hielo. Porque el primer barrio por el que pasaba el río bajando los deshielos de los montes altos era Nowhere’s Land; hasta en esto tenían mala suerte, contra lo que se hubiera podido pensar, porque significaba que hasta lo menos las ocho de la tarde el agua no se calentaba lo suficiente como para que los habitantes del barrio se pasearan por allí, al olor de pis de viejo que era como les privaba el ambiente. Todo esto bien lo sabía la brujilla, así que se tenía que dar buena prisa en lavar la bata y salir pitando.

Algunas de las lavanderas se la quedaron mirando extrañadas cuando se desvistió y se puso a frotar las prendas, sin una muesca de dolor por otra parte. Una bruja hubiera aullado de mojarse a esas horas, pero es que además aquella intrigante andaba desnuda y su torso era redondeado y esbelto, y eso sí que las dejaba de una pieza. Así que inmediatamente pensaron que era una esclava más y se le acercaron para confraternizar.

-¡Eh! ¿Tú eres nueva por aquí? ¿Cómo te llamas? ¿Cuándo has llegado? ¿A quién sirves? – se apilaron a su alrededor acosándola a preguntas, algunas incluso amenazantes, por lo que suponía una boca más a chupar en el barrio.

Sin embargo, en cuanto se apartó ligeramente el pañuelo que le cubría el hermoso cabello ondulado, y se le adivinó por debajo la piel de leprosa, pegaron un buen respingo y salieron de allí pegando alaridos. Rosalinda empezó a reír a carcajadas, viendo que dejaban abandonadas hasta las ropas de las señoras, lo que les valdría una buena tunda de palos al llegar a casa con las manos vacías. Pero estaba claro que la aprensión por las enfermedades contagiosas que experimentaban los demonios se la habían inculcado bien a todas estas terrícolas muertas y esclavizadas. Con asombro pudo observar, sin embargo, que la buena de Liliana no se había movido ni un milímetro de su sitio y seguía absorta en sus labores lavativas. Desde luego, o su madre la había conseguido domar a base de palos, o la chica carecía de pudor o aprensión alguna.

-¡Eh, chica! ¿Y tú, no te vas, no te doy miedo?



La sirvienta ni se inmutó, ni siquiera levantó la vista. Rosalinda hizo entonces una prueba más para confirmar lo que ya sospechaba hacía tiempo pero su madre nunca quiso creer, y lanzó una piedrecilla que voló por encima de Liliana y aterrizó en el agua salpicándola, con lo que por primera vez la chica se sobresaltó y comenzó a mirar a su alrededor para entender lo que pasaba, pero no vio a nadie, pues la bruja estaba escondida detrás de una maleza. ¡Voilà, era sorda! Esa era la explicación a tantas preguntas, a tantos azotes que le habían propinado a sus espaldas por no escuchar las alertas ni las reprimendas, y la razón de que siempre que llegaba su madre la pillara haciendo algo indebido. Las demás criadas hacían ídem de ídem, pero nunca las cogían en falso porque al menor ruido de llaves o portazos cambiaban de actitud y volvían a sus tareas laborales.

Rosalinda sintió una inmensa pena por aquella chiquilla indefensa y solitaria. Sin embargo, ahora no podía ayudarla, ya pensaría en algo cuando consiguiera ser una auténtica hada. Mientras tanto, su bata de moaré estaba seca y reluciente otra vez, e incluso aprovechó los abandonos de las demás sirvientas para servirse de algunas ropas más que metió en su hatillo antes de partir, por si todavía le surgía algún otro imprevisto. ¡Con el día que llevaba había que pensar en todos los infortunios posibles!

El siguiente pensamiento era cómo saldría de los confines del reino de Mal. Con Cabeza Rota y Cabeza Cortada ya no podía contar, le habrían delatado enseguida por lo mal que los trató en su despedida a la entrada de la casa de Betún, así que ni por el forro. Por otra parte, el libro de los hechizos contaba una teoría de escapada que a ella la tenía intrigadísima. Si funcionaba sería la pera, pero si no salía bien podía arder en las hogueras de palacio por los siglos, o ser desterrada a las frías montañas, o, peor aún, ser entregada a su familia materna y dejarla a la suerte de los suyos. De todas las condenas ésta era la peor, bien sabía ella de qué hablaba y se le revolvió el cuerpo pensándolo. Bueno, de todos modos había que considerar la opción como la óptima en caso de éxito, y rápida de ejecución. Así que seguiría el plan diseñado en el libro, que de todos modos era el único del que tenía conocimiento. Manos a la obra.

Escarbando entre la tierra fangosa, encontró uno de los orificios que conducían a las salidas del barrio, pero era de lo más angosto. Claro que ahora que era fina y delgada, podía permitírselo, sólo tenía que envolverse bien toda ella en el pañuelo que le cubría la cabeza, y reptar y reptar por las madrigueras de los bichos hasta que encontrara algún simpático centinela que la dejara continuar. Sucedía que los barrios, y especialmente el desprestigiado vecindario de Nowhere’s Land, estaban bien separados y circundados para que no tuvieran acceso a las zonas vip del reino, donde sólo un puñado de elegidos tenía acceso. Las entradas y salidas estaban harto restringidas, por miedo a contagio de enfermedades de las clases bajas, y era el tema tan serio que por cada centinela que cogían negociando una recompensa por el paso libre, cien de ellos eran capados y retirados a la vida apartada del único monasterio trapense del Infierno, otra de sus paradojas, y lo peor que le podía pasar a un convicto para el resto de sus días. Así que nada de achucharlos con regalos, con viandas o manjares, siquiera con un chupetón bien dado, porque se habían hecho inmunes a todas las tretas a fuerza de asistir, y ver con sus propios ojos, los castigos públicos y ejemplarizantes de sus predecesores. Pero ése no era el plan de Rosalinda y su libro de fórmulas mágicas.

Comenzó a reptar por un tortuoso camino, envuelta en el pañuelo de seda fina, ‘demasiado fina’, pensó, y trataba de mover el culo y las caderas tal y como le habían enseñado a hacerlo en los dibujos del libro, pero desde luego no era nada, pero nada, fácil. ¡Y menos para ella que estaba verde en actividades gimnásticas, por mucho cuerpazo que tuviera ahora! El espacio del camino engusanado le venía justo para mover las caderas y avanzar tirando con las puntitas de los pies, pero desde luego era de lo más claustrofóbico, especialmente porque no podía levantar la cabeza más de dos palmos del suelo sin toparse con el techo. Y aún no había pasado lo peor. Llegaron zonas de humedades y notó cómo el pelo de la cabeza se le llenaba de un pringoso liquidillo que olía –y sabía- a rayos. ¿Seguro que este método era el más indicado? ¡Madre mía! El túnel parecía no tener fin, y ahora se arqueaba hacia abajo, ahora se inclinaba hacia la derecha, después hacia la izquierda… Rosalinda llegó a estar hecha una serpiente retorcida y babosa, pero no podía quedarse allí, y aún con unos lagrimones así de grandes, mitad sudor mitad impotencia, tuvo que seguir moviéndose entre la viscosidad del ambiente y ayudada por todas las extremidades de que disponía su agilizado cuerpo. Desde luego que con su antiguo aspecto no hubiera tenido nada que hacer en aquel agujero, vamos que ni siquiera hubiera podido entrar en él con ese culo y esas pantorrillas que la caracterizaban, así se comprendía, por otra parte, que ninguna bruja deforme y anquilosada, como se ponían todas en cuanto rozaban la adolescencia, pudiera escapar por semejantes recovecos. Pero no sólo había ganado en figura, sino que sus huesos y músculos parecían más bien los de una atleta, de otro modo no se explicaba que siguiera moviendo las nalgas a un ritmo tan caliente sin que se le hubieran quedado paralizadas ya del esfuerzo.

Estaba en estos pensamientos cuando, para su fortuna, el camino comenzó milagrosamente a ensancharse. Se pudo poner de cuclillas, dejó de sentirse entre humedades malolientes, y no sólo eso, ¡se veía luz al final del camino! Claro que también se veía un pedazo de guardia con un tricornio de los que llevaban en la tele y una espada más afilada que las uñas de los pies de su madre. ¡Que ya era decir!

Se quedó agazapada un escaso minuto y sacó el libro del bolsillo para volver a repasar la lección. ¡Oh vaya, otra contrariedad, el libro se había mojado tanto que las letras se habían quedado de lo más borrosas y apenas se podían pasar las páginas! No importaba; repasó mentalmente los pasos a seguir que había memorizado antes y se santiguó como primera medida, no porque ya se hubiera convertido a la religión de Celeste, sino porque así lo requería el hechizo. ‘¡Merde!’, se dijo.

Se desató el pañuelo y se quitó la careta igualmente, ahora no le serviría de mucho ir de leprosa.

-¡Alto ahí o me la desenvaino! ¿Quién osa? ¡Contraseña militar o la espada te clavo, rápido!

-Mírame bien o tú enfermarás, mírame bien o tú enfermarás, mírame bien o tú enfermarás…- Rosalinda continuó agujereando el sonido con estas palabras y una voz grave tirando a rasposa. Muy seria muy seria, escrutaba con las pupilas muy redondas y muy grandes al centinela, que se había quedado con la mirada en blanco. No se quería despistar, pero tuvo que ocultar una sonrisa de triunfo al ver lo requetebién y rápido que había funcionado la hipnosis. Ese despiste casi le vale la desgracia, porque el guardia volvió en sí por un momento y desenfundó la espada con un fuerte chasquido estremecedor.

-Mírame mírame mírame, o tú enfermarás, mírame o tú enfermarás…- ¿qué había pasado? ¡De pronto el centinela no respondía y venía hacia ella espada en alto! Gritó todavía con más fuerza y vehemencia, hasta que sus ojos se incendiaron y el guardia cayó desmayado creyendo haber visto su perdición en ellos.

Por poco se desmaya ella también, había estado a punto de dar al traste con todas las enseñanzas mágicas, ¡todo por un despiste de un segundo en que se vanaglorió de su triunfo antes de tiempo!

Le arrebató al guardia todos sus atuendos en un santiamén y lo dejó con los calzones y una sonrisa de atontolinado que debía ser parte del hechizo. Una vez vestida, esta vez de soldado raso, salió a una dimensión del Infierno desconocida para ella, tanto como París o las puertas de Celeste.

Desde luego se podía decir que allí fuera reinaba la confusión, más que en su propio barrio. Estaba comenzando a anochecer, así que según sus cálculos le quedaban unas pocas horas para escapar. El primer paso de la huída había funcionado a las mil maravillas, a pesar de que, tenía que reconocer que mientras reptaba por aquellos tortuosos caminos consiguió desesperarse y le faltó la respiración. Desde luego, esperaba que no todo el camino hasta el reino del Bien fuera tan fatigoso, o llegaría para el arrastre. De repente, la invadió un ligero abatimiento y las dudas la asaltaron. Desde que vio a su padre por un cachito de ventanuco que había entre su alcoba y la de su madre, una vez que vino a visitarla, le pareció tan condenadamente apuesto y guapetón, que se propuso que ella sería igual o más lista que su madre a la hora de buscarse un novio. Claro que, pronto se dio cuenta de que con aquel desdichado físico que se le había concedido, y un híbrido por corazón, cualquier esperanza de triunfo resultaba irrisoria. Su madre era fea como diez demonios pero, si cabe, era aún más pérfida que fea, así que ése era su atractivo para aquel ángel virtuoso. En cambio, ¿qué tenía este patito feo de original? ¿En qué podía residir su exotismo, en un corazón tan frágil como el papel de fumar? ¿O en un cuerpo corrientucho y del montón? Porque ni siquiera en fealdad había resultado extremada. Cuando algún ángel travieso y escapado de sus confines había tratado de aproximarla, atraído quizá por sus ojos de pájaro espín, o su nariz como una trompa de elefante, enseguida había huido desilusionado al tocar los pechos esponjosos y como dos mantecados de que disponía la pequeña Rosamunda. ¡De ésos pechos había a cientos en Celeste! El había esperado tocar algo verdaderamente desagradable, ¡como corresponde a una bruja de verdad! Así que la abandonaban al momento en busca de experiencias verdaderamente mórbidas, ¿de qué valía sino la escapada? Y en cuanto a los demonios, además de ser horrendos por dentro y por fuera, y de darle aprensión en su mayoría, ¡no paraban de sobarle las tetitas como si fueran las únicas que hubieran visto en su vida!

Así que su determinación desde que alcanzó la adolescencia había sido tremendamente firme: de mayor quería ser hada y, además, conquistada por un príncipe, un ángel o un artista del cine. Sería tan condenadamente guapa, que todos se la disputarían. Una cosa así como Scarlett O’Hara cuando decía aquello de: “...nunca volveré a pasar hambre”. Sí, decididamente un novio, así como Clark Gable, no estaría nada mal. No era tan bello como su papá Garcilaso, pero daba el pego perfectamente, y aunque fuera humano y se muriera un día daba lo mismo, ella se encargaría de salvarlo después y esclavizarlo a su servicio, así que serían eternamente felices. Vamos, que lo tenía todo archiprevisto. Sólo le faltaba una cosa, la apariencia exterior. No se figuraba ella a todo un Clark Gable, por poner un ejemplo, con un fetito de criatura del brazo. Así que, cuando tuvo todo el plan diseñado en su cabeza, se lo confesó a su madre. Juanorra nunca había sido de gran ayuda para sus hijos, sino más bien tirando a una madre desconsiderada, despiadada y despegada. Sin embargo, no tenía otra que ésa en quien confiar, así que allá fue. Y nada más espetarle la idea, siquiera un esbozo, le cayó un sopapo tal que le partió tres dientes, la nariz y el labio superior. Tal era la fuerza que imponía un manotazo de la legendaria Jota, su madre. La tuvo a pan y ajo picante hasta que expió sus culpas, encerrada en un cuarto húmedo y sin luz mientras no se arrepintió de todo lo que había dicho y juró nunca, nunca, intentar siquiera cambiarse de bando. Pero a cada día que Rosamunda pasó encerrada y lloricosa, más se ciñó a su espíritu de superación y determinó que día que pasaba, día que restaba para su huída.

Y he aquí y ahora que le venían las dudas y las tribulaciones. Con la vida tan cómoda que podía haber llevado, ahora que le llegaba la época de las iniciaciones en todos los campos, el divertimento máximo de una bruja por estrenar que se llevaba a término de los dieciocho a los veinte. Pero bien, ya le había comentado Betún, que para eso le llevaba casi tres años, que a los veinte llegaba la decadencia, y así pasaba tiempo y tiempo hasta que volvían a partir de cero, inconscientes otra vez. Nada, ¿a qué estas lágrimas? No había que concederse ninguna tregua y ya no había camino de vuelta atrás.

Miró a su alrededor otra vez y descubrió que el reino del Mal tenía un montón de atractivos lugares donde desfogarse un soldado, como el que vestía y calzaba ahora Rosalinda. El rostro cubierto por el tricornio le disimulaba la dulzura de sus pómulos y lo carnoso de sus labios, pero aún así no estaba del todo segura de poder despistar al patio comme il le faut. De buena gana se hubiera metido un lingotazo de champagne para acallar el nerviosismo, pero no había tiempo. Tenía que aparentar conocimiento del terreno, así que trató de repasar mentalmente el mapa que había estudiado antes de entrar por el pasadizo. Se suponía que estaba en el barrio militar que lindaba con las aduanas, y tenía que ir aproximándose lentamente hacia éstas como si hubiera terminado su guardia y se fuera a pegar un trago antes de dormir. No sabía medir cuál era su verdadero riesgo, puesto que el hechizo no le había aclarado por cuánto rato seguiría adormilado el centinela, ni qué imprevistos podían surgir si, por ejemplo, le llamaban del mando central, o algún otro pasajero utilizaba el mismo atajo que ella y descubría el estado del soldado, así que aire y venga con el plan, que seguía quedando mucho qué hacer y poco atardecer por delante. El hatillo se lo había guardado entre la casaca militar y atado al cinturón, así que parecía un barrilete dentro del traje, además de que todo el le venía inmensamente grande, en talla y altura.

Se llegó a la aduana y fue a trabar amistad con los policías de servicio, a ver qué información podía pillar de última hora.



-¿Qué tal? ¿Podríais decirme qué salidas tenéis previstas para esta noche? Me mandan de DEA&CO para un trabajito. ¿Qué me decís?- dijo la invertida soldado con suficiencia, y depositó acto seguido un fajo de billetes encima de la mesa. Mientras la primera parte del plan de huída, que se titulaba “hipnosis”, explicaba con todo lujo de detalles las palabras a formular, y hasta lo ilustraban con un dibujo de las facciones a emular y la fiereza que debía mostrar la mirada del hipnotizador, ahora, por el contrario, la segunda parte se titulaba “soborno en aduanas” pero no daba ni palota de detalles sobre el cómo y el con quién. Así que a Rosalinda se le ocurrió que era el momento de sacar a relucir los billetes que le había robado a De Angelis y hacerlos valer. A buen seguro que aquellos guardias tenían que estar acostumbrados a tratar con contrabandistas, y no cabía duda de que De A tendría un nombre bien prestigioso en aquellos menesteres. Enseguida se dio cuenta de que había hecho bingo y el plan funcionaba a las mil maravillas, a juzgar por la carota de sorpresa y susto que pusieron los dos imbéciles del mostrador al ver aquel fajo de billetes del Angel Redentor. Tanto fue el asombro, que RosaLinda empezó a arrepentirse de haber mostrado una cantidad quizá desmesurada.

-¡Lejos se ve que te quieres marchar si te manda DEA con todo eso encima! Pero bueno, ¿no ves que con que nos mostraras uno bastaba? No es éste sitio de hacer alardes, ¡se nota que eres nuevo!, así que hala, espera ahí y subirás en el primer navío seguro que despegue.

Cuchicheando entre ellos se dijeron ‘no entiendo, éste DEA cada día manda pipiolos más inexpertos para misiones imposibles, teniendo yo primos y hermanos mucho más espabilados para estos servicios de entrenamiento, ¿será verdad que está perdiendo liderazgo?’, ‘pues no me extrañaría’, le respondió el otro por lo bajo igualmente, ‘dicen las malas lenguas que lo pierden las faldas de Nowhere’s land y que le han puesto falta en la última Cumbre archisecreta a que asistía el mismísimo Satanás.’ ‘¡Pero eso es gravísimo, a ver si le decapitan antes de que me suban a mí el sueldo y entonces sí que la hemos fastidiado, con todos los esfuerzos que he hecho yo por salvarle la cara siempre!’. ‘Pues así están las cosas, que pintan bastos, amigo, malos tiempos se avecinan...’.

Rosalinda había aguzado el oído, que lo tenía casi tan fino como su madre, pero nada de todo aquello le importaba un comino, ella sería libre como un pájaro para cuando apresaran al malvado De Angelis, o le decapitaran o lo que fuera. Es más, deseaba que lo hicieran pronto, así no podría seguir interfiriendo en las relaciones entre su madre y su padre. Lo cierto es que, no se había parado mucho a pensar con tanto ajetreo, pero ¿cómo rayos podía su madre hacerle alegrías a aquel bastardo después de haber conocido a Garcilaso? ¡Era inexplicable, ella en su lugar... a buenas horas! Pero su madre era todo un caso, era una enferma, tenía ni se sabe la de vicios y, desde luego, ningún sentido del buen gusto, excepto en lo que a su bello papá se refería, ¡eso sin duda!

Salió al exterior y dio un rodeo para comprobar las posibilidades de vuelo que había. Lo que no entendía muy bien es que los piratas aquellos habían hablado de un “navío”. ¿Pero no se había imaginado ella siempre saliendo del Infierno en una aeronave teledirigida hacia arriba? No quiso preguntar para no alarmar a los aduaneros más de la cuenta. Ya se habían dado cuenta de que era un inexperto bocas, pero no hacía falta seguir metiendo la pata. ¿Y por qué no se habrían quedado el dinero? ¡En todas las películas la palabra “soborno” significa que exhibes discretamente una suma sustancial, y el “sobornado” mira a la derecha, después a la izquierda, y sigilosamente la guarda en la manga o en el bolsillo, lo que esté menos a la vista! Sin embargo, aquellos dos parecían saber muy bien de qué iba el cotarro, y no habían querido ni una parte siquiera del pastel. Bueno, como todo era nuevo para ella tenía que aceptarlo así, aparentando normalidad.

Tenía un hambre atroz, pero a ver cómo compraba ella ahora uno de esos humeantes bocatas de arroz y rana que estaban cocinando tan ricamente en el mostrador de las salidas. Claramente no podía enseñar los billetes de contrabando a una simple cocinera, y con las prisas y el cambio de ropa había olvidado hasta las monedillas. ¿Y robando uno? Tampoco podía arriesgarse a que la apresaran por tan poca cosa, así que tragó saliva y aguantó el tirón. ¡Pues no decían que las hadas no tenían hambre ni necesidad de comer! Debían ser los últimos efectos de la brujería en su cuerpo intermedio todavía...

-¡Eh soldado, ven aquí!- le gritó el policía. ¿Ves aquel navío que está arribando? Pues ése es el tuyo, ése te llevará.

-¿Y cómo sé dónde va?

-Pero bueno, ¿de qué oficina de instrucción sales tú?- le cuchicheo al oido-. Por la mitad de todo ese dinero el capitán te llevará a ti solo a donde TÚ le digas, ¿estás seguro que no quieres que te acompañe tu mamá, nenaza?

Se escucharon las risas de sus otros compañeros. ¡Uff, si no se iba rápido de allí la cosa se le iba a complicar mucho! Volvió a poner voz de suficiencia.

-¡Ya está bien, ya es suficiente he dicho! ¿Es que acaso no te has dado cuenta, idiota, de que mientras me hablabas había un energúmeno avizor y que no nos despegaba la oreja para saber de qué iba este cotarro, eh? ¡Estaba disimulando para despistarle, cabeza hueca!

-Eh, yo no he visto a nadie, umm...-, se rascó el cogote como los muñecos de los dibujos animados. Menos mal que estos aduaneros no tenían dos dedos de frente, había que contar al menos con esta ventaja para que no la pillaran en falso. ¡Fff, menos mal!

Sin volverles a mirar a la cara, a fin de no dar pie a más comentarios, enfiló hacia la nave sin más demora. Caminó por la pasarela con aire decidido, pura apariencia nomás, y preguntó por el capitán al primer tripulante que se encontró vestido de blanco. Le indicaron que estaba llegando a proa y, en un atisbo de confianza, se dirigió a la derecha: “No, soldado, hacia el otro lado”. ‘¡Vaya’, seguían diciéndose los policías de aduanas desde la frontera mientras le seguían los pasos, ‘un traficante que no sabe ni dónde está la proa, apañados vamos con la nueva generación de nenitas de DEA&CO, es la perdición del cuerpo!’. Y sin poder darle más vueltas al asunto, se volvieron a enfangar en sus asuntos, que no eran más que una larga cola de desarrapados llegados de todas partes y que llamaban a las puertas del Infierno buscando un visado de entrada que les alejara de la muerte, sumado a los turistas nikkeis que eran la última moda. Se ve que, hartos de ver París, la torre de Pisa, la luna y Marte como novedades, habían descubierto que por un puñado de valiosos yenes apostados en la bolsa se podía ganar un viaje de “non retour” al reino de la perversión y la especulación voraz, y aquí estaban, hastiados de su vida terrenal y dispuestos a pecar sin descanso. Todos desconocían, sin embargo, cuál era el verdadero destino que les esperaba.

-Buenos días, mi capitán- afirmó con resolución el soldado Rosalinda, sin quitarse el sombrero y con una casaca que le venía pisando los talones. ‘Qué especimenes tan raros manda mi viejo amigo De A últimamente, ¿será verdad que el sexo le está afectando la salud mental?’, pensó en seguida el capitán.

-Mi misión me debe conducir a la Tierra. Más concretamente a la capital de Francia, París.- prosiguió, como si supiera de lo que estaba hablando y hubiera estado allí mil y una veces.

-La mitad ahora y la mitad a la llegada.

-¿Eh?

-Que me des cincuenta mil ahora y cincuenta mil al llegar, soldadito. ¿O prefieres pagar en especie?

-Claro, claro.- Rosalinda empezó a sudar. ¡Cincuenta mil era una burrada, no sabía si llevaría tanto! Empezó a contar los billetes con los dedos en el bolsillo de la casaca, sin querer sacarlos para que el capitán no supiera de cuánto disponía. Mil, dos mil, tres mil ... veinticinco mil...

-¿Qué, estamos o no?

-Treinta y cinco treinta y seis ... cincuenta! Tome, aquí está.- ‘aún queda un buen fajo’, se dijo para sus adentros.

-Bueno, pues trazo el rumbo y salimos. Puedes ir a la cocina y prepararte tú mismo alguna cosa. En los viajes de la “compañía” vamos siempre con tripulación reducida, por razones de seguridad.

-Claro, claro- otra vez ese tono de suficiencia.

-Así que help yourself, zarpamos en media hora.

‘¿Qué habría querido decir con aquello?’ Se lamentaba ahora de haberse saltado casi todas las clases de inglés, pero ya era tarde, de todos modos en París hablarían parisino, así que de poco le iba a servir su inglés patatero allí. A lo que íbamos:

-¿Por dónde dijo que se iba a la cocina?

-Baja por esa escalera del fondo, las cocinas están al lado de las calderas, hijo. Tienes allí todas las viandas que ha dejado la tripulación anterior, y como te decía antes help yourself que la tripulación escasea.

‘¡Otra vez con aquella frasecita anglosajona! ¿Y cómo fuera alguna clave, algún acertijo para probarle? ¡Pues ya la habíamos vuelto a fastidiar!’. Sólo se le ocurrió decir “yes Sir”. Y debió gustarle al capitán porque respondió “así me gusta muchacho, y con el debido respeto me voy a poner en marcha”.

Había superado el primer trago, y el segundo y el tercero. ¡En unos pocos minutos estarían rumbo a la Tierra! ¡Era increíble, qué destreza se había gastado, si es que ella valía para espía, siempre lo había dicho! Había tenido dos o tres accesos de pánico, a qué no admitirlo, pero bien salvados al final. Ahora a las cocinas, fuera lo que fuera que había dicho aquel señor, lo que sí había entendido era lo de que había cosas para jalar allí abajo, y mejor comer ahora, que luego con todo el movimiento del artefacto aquel igual le daba el yuyu. Pensándolo un momento, ella no había navegado por agua más que en la corriente de la bañera de su casa con una barquita hinchable, cuando era pequeña, y le cogió un miedo atroz porque su madre la hundía y simulaba ahogarla mientras se desternillaba de risa.

Se desplazó por los pasillos y llegó hasta las cocinas, y se encontró con más de lo que podía desear: pasteles de nata y chocolate, barquillos de crema tostada, helados de ron y pasas, y plátanos, y sandías, y melones... un manjar de cosas dulces, un alivio para el estómago y un deleite, porque a las brujas lo que más las pirraba de todo eran las comidas azucaradas; en realidad todas padecían de diabetes, otra de las enfermedades importadas de la Tierra, pero como no sabían lo que era pues no se medicaban y tenían siempre una necesidad de azúcar que las volvía locas de contentas cuando lo comían. Rosalinda devoraba a dos carrillos.

viernes, 24 de septiembre de 2010

OCHO: el Universo, el Bien y el Mal



En capítulos anteriores... Rosamunda se convirtió en Rosalinda a través de un hechizo que ella mismo se cocinó, y planea salir del lugar infecto en el que habita en el Infierno y ser un hada celestial, como su papá... su madre Juanorra, la más fea del Reino del Mal, ligó de nuevo con el Bello Garcilaso, un ángel perverso que está loco por sus patas de puercoespín, y mientrastanto los jefes del Infierno y del Cielo, alias Satán y Dios, han encontrato un enemigo común que amenaza con destruirles: se llama Universo y no tiene credo ni religión.

¿Dónde se habría metido su fiel De Angelis? ¡Maldito demonio! El batallón más importante de su ejército de élite y precisamente hoy, nada, ni rastro de ellos. Sus secuaces habían salido a buscarles desde hacía dos horas, pero no hallaban noticias. Ni las cámaras rastreadoras, que se hallaban por todos los barrios de la periferia, tampoco daban señal alguna. Lo cierto es que todo el mundo sabía dónde se encontraban el Angel redentor y su tropa. Todos, menos Satán. ¡Pero cualquiera les descubría! La última vez que alguien se fue de la lengua, lo pagó bien caro y no había podido volver a articular palabra de por vida eterna. ¡Vamos, ni pensarlo! Primero parecía que ganabas unos puntos de cara al Jefe, por chivato, pero una vez que volvía a hacer las paces con su mejor sabueso, ¡ni qué decir de las represalias que De Angelis se gastaba!



Satán estaba que ladraba de rabia. Quién sabría porqué. Se le habían hinchado las bolsas del cuello que parecía un cochino a punto de ser trinchado. Pero él sí sabía bien porqué. Aquella reunión entre el Cielo y el Infierno había sido planeada durante meses. Y por fin, después de largas negociaciones, tiras y aflojas, habían llegado a un consenso. Pero quien de verdad conocía la salsa de las negociaciones y los detalles, la letra pequeña, quien había estado en todo el tinglado, era su mejor comandante y sólo él. Satán tenía demasiadas cosas en qué pensar, demasiados actos supremos e indignos a los que acudir, así que las minucias no podía controlarlas. Por tanto, ¿cómo diantres se iba a presentar sin su súbdito primero? Seguro que Dios ya había llegado al encuentro, asquerosamente puntual y fastuoso como siempre, rodeado de bellas hadas y del locuaz Garcilaso, con sus relamidas arengas sobre las bondades de su Jefe supremo. ¡No los aguantaba, le daban picores de pensar en sentarse a la misma mesa! Pero había que hacerlo. La propia subsistencia del Infierno estaba en juego. No digamos lo que le había costado al rey del Bien aceptar una cosa así. En toda la eternidad es que jamás se habían puesto de acuerdo, lo que se dice de acuerdo, ni una sola vez. Peleas y confabulaciones los habían mantenido bien despiertos, siempre el uno frente al otro, contra el otro, tratando de imponerse por encima del adversario. Se complementaban y se proporcionaban mutuo equilibrio. Eran las dos caras de una misma moneda, la Eternidad, y, a decir verdad, la desaparición de uno suponía in extremis la aniquilación inmediata de su opuesto. ¿Qué sentido hubiera tenido el Cielo sin saber de la existencia de un Infierno a quien combatir? ¿Qué era el Bien si no se confrontaba con el Mal?



Y, muy a su pesar, había un tercero que les estaba ganando la batalla. Se llamaba Universo y era inabarcable, infinito. Y lo que es peor, carecía de religión ni de signo político. Universo era aséptico, cruel en su absorción y les estaba ganando el terreno, en definitiva. Como no tenía cara ni representante ni quien le gobernara, no había forma de llegar a un acuerdo, ni de virtudes ni de territorios. Entre Dios y Satán se tenían bien delimitados los espacios y hasta las víctimas. A veces se arrebataban el uno al otro según qué piezas valiosas, pero eso no importaba, de un modo u otro el equilibrio entre ellos estaba garantizado. Así había sido por los tiempos de los tiempos. El uno por el otro se garantizaban la mutua supervivencia, e incluso se hacían concesiones cuando los tiempos lo requerían. No desconocía Satán, aunque se hacía el sueco, que los primeros capitanes de ambos equipos, Garci por una parte y De Angelis por la otra, eran íntimos amigos y compartían más que coincidencias y amantes. Pero incluso esto era parte del trato entre los dos clanes, conformaba el mutuo entendimiento y hasta el juego sucio.



Sin embargo, Universo estaba amenazando con acabar con la pax mundialis de que disfrutaban, cada uno desde su terreno. Así que los dos reinos habían pasado los últimos meses debatiendo esta importante cuestión y consiguieron redactar una Declaración Magna de Buenas y Malas Ideas&Intenciones que ahora, por fin, se disponían a firmar. Era un Manual de Uso que les permitiría actuar y combatir a Universo desde la unidad de sus actuaciones. Parecería desde fuera que seguían batallando, pero la realidad es que lo harían conchavados y frente a la amenaza real de la desaparición del mundo bipolar, y con ello su progresiva pero segura extinción.



Bueno, pues apremiaba el tiempo y Dios era imperdonable con los retrasos. Satán tendría que viajar solo y apañárselas sin su ayudante. Pero ya se las vería con él a la vuelta, su furia sería inconmensurable y no habría fácil perdón para un sátrapa como De Angelis. Esta vez no se dejaría convencer con un subidón sutil de tono sexual. El comandante sabía cómo hacerle hervir la sangre de pasión, pero nada de eso, esta vez mantendría sus erecciones controladas y sería irreductible. Un desplante así era imperdonable. Y además, todos los inútiles que no habían sabido darle noticias de su paradero, mutilados de inmediato. ¡Venga, que no se dijera que Satán estaba perdiendo las riendas! Dio las órdenes pertinentes para que cuando volviera de la Cumbre no quedara ni un solo camara men con ojos, ni un rastreador con narices. ¿De qué servían si no podían hacer su oficio en condiciones? Todos condenados por este escarnio y reemplazados por carne joven y menos adoctrinada por el comandante. ¡Ya!



Enseguida se puso en marcha, dejando atrás gritos, lamentos y súplicas de perdón, pero Satán era implacable en sus decisiones. Se enfundó unos auriculares que le retransmitieran en directo las mutilaciones mientras hacía el viaje, y estuvo escuchando aullidos hasta que se quedó profundamente dormido, al hilo de unos masajes afrodisíacos que le perpetraron las esclavas de la nave.



*



Mientras tanto, en lugares más barriobajeros de las tierras del Mal seguían los festines carnavalescos. Las chicas de porno land iban por el cuarto orgasmo y los gritos se habían vuelto espeluznantes in the street. Rosalinda no aguantaba más agazapada entre los matojos de la esquina de la calle. Con estos calores y tapada hasta las orejas para no ser descubierta, iba necesitando algo más que una ducha. Y ese maldito De Angelis que no bajaba de casa de su madre, ¿pero qué estaría pasando allí? Mucho se temía que hubieran montado una buena, o bien se habían dado de palos o estaban en el catre pegándose un lote. Lo cierto es que ella no era capaz de seguir esperando ni un minuto. El hechizo a que se había sometido tenía unos plazos de caducidad que había que respetar, y no disponía de todo el tiempo de la eternidad para llegar a tierras celestiales, así que tenía que darse prisa. Lo primero era consultar el libro de los embrujos que había dejado olvidado, y saber de cuántas horas disponía para acometer sus planes. Lo segundo era darse una ducha y arrebatarle a su madre aquella bata de moaré plateada que llevó cuando se casó por primera vez. Había estado dándole vueltas, y era la única cosa decente que se podía poner para salir de allí y viajar a la Tierra a comprar modelitos. Pero claro, entrar mientras su madre y el comandante estaban de bacanal romana, pues era de lo más arriesgado. Su madre ni la reconocería y la acusarían de invasora, con lo que no quieras saber la que le esperaba. Aún así, tenía que arriesgarse, no se le iba de la cabeza que el hechizo no duraba eternamente en el Infierno, y tenía que salir de allí lo más pronto posible.



Además, contaba con la ventaja de que De Angelis se había dejado el portal abierto, dato nada desdeñable y que le indicaba que, probablemente, también la puerta de su casa estaría sin echar el pestillo, conociendo la poca vergüenza de su progenitora y del golfo mayor del reino. Con suerte estarían en faenas y ni la verían entrar... Así que, dicho y hecho, se enderezó y empezó a caminar oculta entre el velo y los rizos del cabello. Como se imaginaba, ningún soldado borracho le prestó la menor atención. Muchos de ellos ya habían desfallecido hacía rato, y yacían en aceras y balcones roncando, y los más valientes fornicaban sin parar y con los ojos en blanco. Entreabrió el portal y subió las escaleras, sin que se escuchara ruido alguno. Tal como preveía, la puerta de su casa se abrió a la primera de cambio, aunque sin poder evitar el clásico chirrido de siempre. Se quedó quieta en el umbral, pero nada, ni un alma. Entró de puntillas y pegó un respiro al atisbar la alcoba de su madre, apestaba a alcohol, a mermelada de naranja, y a semen podrido. La bruja estaba tumbada boca arriba, agarrada a un pitillo apagado en su mano derecha y al trasero del general con la izquierda, que a su vez dormitaba entre ronquidos y, lo más chocante, con el dedo pulgar en la boca, como un chupete. ¡Vaya exclusiva que le hubieran pagado en la prensa rosa de tener una cámara a mano! ¡El gran y terrorífico De Angelis dormía chupándose el dedo! La bella Rosalinda casi estalla de la risa, pero pudo reprimirse y siguió de puntillas hasta el cuarto de baño. Se desnudó silenciosamente y cerró la puerta para que no les despertara el agua al caer. A ver qué tal le sentaba una ducha fría a estas alturas. Como bruja, el agua helada le haría rechinar de dolor de huesos, aún con estos calores. Pero, si de verdad fuera un hada, una ducha fría sería alegría para el cuerpo. Encendió el grifo con cierto temor, y hete aquí que su hechizo no era una patraña, ¡hurra! Se dejó atrapar por el chorro helado durante un buen rato, sin temblarle ni los dientes, hasta que se le acabó el termo y el agua caliente la sorprendió de un chispazo. Cerró el grifo y bailó mientras se secaba esos muslos serranos. A pesar de que el agua de las casas en el infierno estaba preparada con cales y otros productos, para no dañarles excesivamente sus funciones básicas, no dejaba de ser una primicia que la hubiera soportado fría sin el menor tembleque, cosa que en sus tiempos de bruja de qué. Y otra cosa, no podía dejar de mirarse sus largas y bronceadas piernas, las nalgas simétricas y prietas, las curvas de su trasero redondeado que intuía y los labios carnosos y rojizos que se había visto en el espejo de Betún, antes de que la sorprendiera. ¡Era un deleite reflejarse sin enmudecer de susto! No debía perder un minuto más en este antro maloliente y perverso.



Fue al vestidor de Juanorra y encontró un tanto raída la bata de moaré. Claro, su madre no respetaba nada, seguro que se había pegado algún arrechucho con ella puesta. Pero ahora no tenía tiempo de remendarla. Si la acompañaba con un chal seguro que daba el pego, así que rebuscó entre sus pellejos y encontró uno negro que le hacía el papel. ¡Pero qué requetebién que le sentaban todas las prendas! ¡Estaba deseando llegar a París, la ciudad de la haute couture, a probarse las lindezas que tantas veces había visto en las revistas de contrabando! Siempre había suspirado por esos trapitos, y ahora estaban al alcance de su cuerpo. Claro que no de su bolsillo, pero en eso ya pensaría más adelante.



Coronó el habillamiento con unas sandalias que le regalaron para su graduación como brujilla iniciada (cuánto se habían reído todos de sus dedos como morcillas con ellas puestas) y se puso otra vez de puntillas para salir de allí por piernas (que ya no por patas, como antes, afortunadamente). ¡Oh, se le olvidaban dos cosas esenciales! La primera y más importante, consultar el libro de los hechizos; sin embargo, no quería arriesgarse a entretenerse leyendo y que se despertaran los amantes. Con su madre no había cuidado, porque después de una buena juerga dormiría varios días y noches sin rechistar, pero del comandante no podía fiarse, quién sabe si ese viejo pervertido tendría buen dormir. Mejor lo llevaba con ella y lo ojeaba en un lugar más seguro. Y lo segundo, no podía seguir luciendo ese aspecto angelical en el reino del Mal. Tenía que cubrirse la cara de algún modo convincente, así que rebuscó por los cajones hasta que dio con el semblante perfecto. Tenía una careta que utilizó para el último carnaval, que mostraba el rostro de una pobre leprosa. Todavía recordaba el impacto que causó con aquello en la fiesta, ¡vamos que nadie se le acercó en un perímetro de metro y medio hasta que les convenció de que era de mentiras! Y es que los demonios huían despavoridos de las enfermedades contagiosas sin cura, y en particular de la lepra y la sarna, que no sabían cómo combatirlas. Por mucho que trataban de captar a médicos terrícolas que les pusieran solución (eran enfermedades importadas del planeta de los humanos) no había manera, todos eran ateos y no les convencía nada lo de acabar en el Infierno. Y lo peor era que los demonios eran inmortales, así que enfermedad que atrapaban, les perseguía por los siglos de los siglos.



Pues bueno, una careta como ésta espantaría a todos los curiosos, y sino fíjate cómo había dado buen resultado con el Redentor y su trouppe, supuestamente los más sabihondos de todos. Era una idea buenísima. Se la puso y emprendió el camino.



Al pasar cerca de la alcoba de los enamorados no hubo ningún imprevisto, los ronquidos ahora se emitían a dúo. De Angelis ya no tenía el dedo en la boca, sino peor, ¡en el culo de su madre! Mejor pirarse cuanto antes, pensó la aspirante a hada, antes de ver a qué indecorosas posturas podían llegar. Toda la habitación era un desparrame de prendas y artículos de perversión, pero entre ellas encontró una interesante; del bolsillo del pantalón del amante de su madre asomaba una mullida cartera de piel blanca (¡vaya horterada!). ¿Qué hacía, se arriesgaba a cogerla? No había terminado el pensamiento y ya estaba andando de puntillas entre gallumbos y condones para alcanzarla. La abrió y se encontró un fajo de billetes que, a buen seguro, eran de contrabando, porque se leía “DEA&CO” en todos ellos y la cara de De Angelis estampada como si fuera un reyezuelo. Era, a buen seguro, su venganza personal por no ser más que un segundón en el reino del gran jefe Lucifer. Rosalinda no se lo pensó ni un momento y agarró un buen manojo de papelinas, fueran falsos o no daban el pego comparados con los que ella había visto de verdad, y algún uso les encontraría más adelante.



Salió sigilosamente de la casa, y ya en la calle se le escapó un portazo, pero ¿qué importaba ya? ¡Era libre! En el primer recodo del camino se pararía a leer bien todos los pasos antes de cometer ningún error imperdonable y, una vez lista, daría rumbo a París, ¡la ciudad del amor, el champagne y la alta costura!