El club de las brujas

El club de las brujas

jueves, 14 de julio de 2011

TRECE: ROSALINDA ATERRIZA COMO PUEDE


Habíamos dejado a la soldado ROSALINDA embellecida por una pócima mágica y a borde de un navío que la llevaría del Infierno a la Tierra, al París en donde su padre Garcilaso,  ángel bello donde los hubiera, se encontraría con la feota de su madre, la bruja Juanorra, o Jota para los bajos fondos. Aquí vuelven después de un corto período vacacional... Rosalinda tiene que convencer al capitán del navío de que es un soldado profesional, y no una brujita asustada que nunca antes salió de su casa...

A saber qué llevaban aquellas viandas que se había tomado. Fue atracarse de dulces y salados, y caer inmersa en un profundo sueño que la había dejado baldada. Tenía el cuerpo hecho unos zorros, como si hubiera pasado por galaxias y tiempos pretéritos presentes y futuros, que, pensándolo bien, debía ser más que una sensación. Ella que se había hecho ilusiones con ver las estrellitas por las ventanas, o los pececitos si iban por mar, como todo hijo de vecino que viaja de nuevas, y se había quedado roque como una tonta provinciana. ¡Qué valor! ¿Qué hora sería? ¿Qué época y qué estación del año? En el Infierno siempre hacía un espantoso calor y los tiempos circulares te hacían perder la costumbre de preguntar en qué año vivías, al fin y al cabo, la eternidad era un bloque y podías saltar de un espacio a otro del calendario a tu antojo sin que cambiara nada. Pero tenía entendido que la Tierra era otro cantar, y que todo evolucionaba poco a poco y ordenadamente.

Un golpe en la puerta la sacó del atontamiento que llevaba:

-¡Misión cumplida!

¡Vaya! Tenía que vestirse rápido otra vez con aquellas ropas viejas y sudadas, aplastarse bien sus esponjosas tetas y recogerse el cabello debajo de la boina verde de soldadito. Una vez que estuvo lista/o se apresuró a salir del camarote. ¿Cuánto tiempo había permanecido allí dentro?

-¿Cuánto ha durado el viaje?- preguntó al capitán, que alegremente leía la prensa en cubierta, fumaba una pipa y bebía café. Parecía estar de mucho mejor humor que al partir del Infierno.

-Hola, chico. Desayuna un poco, debes de tener el estómago agujereado. ¡Qué manera de dormir!

-Sí-contestó Rosalinda toda azorada/o- no sé qué me pasó.

-Tranquilo. Es lo normal. Estos viajes ultrasónicos te dejan hecho papilla, el cuerpo se resiente tanto que sufres un desmayo apenas salimos de nuestros confines, y viniendo a la Tierra más aún, porque este planeta tiene una fuerza de gravedad que nuestra naturaleza desconoce. ¡Puta Tierra que te atrapa en sus redes!

-¿Eh?- dijo la blanca flor desubicada/o.

-Digo que aquí, en confianza, cuando has probado a vivir en la Tierra, esto engancha, muchacho, ya lo comprobarás por ti mismo. Hay muchos que vienen a una misión, como tú, y luego no hay quien los encuentre para la vuelta a casa. Se encuentran con que este planeta es jauja, y su ventaja de ser inmortales, ¡la pera, vamos! ¡Y las pibitas, pues más guapas que las brujas, por descontado, y menos divas que las hadas, así que… ya comprobarás en tus carnes si miento o no!

‘¡Menudo lobo de mar que estaba hecho el capitán!’, pensó. ‘A mí me van a pillar en estos menesteres, vamos, que yo en cuanto elija el traje me las piro para los reinos divinos, anda que he sufrido yo las vicisitudes de la transformación para quedarme con los vulgares humanos, ja!’ Sin embargo, no quiso contradecirlo y asintió con una dulce sonrisa, olvidando por un momento que era un mozalbete y no una princesa. El capitán, por su parte, pensó que aquel soldado era de lo más afeminado, pero con De Angelis nunca se podía saber, porque tanto le daba a la leche que al café.

-¿Estaban ricos los bollos, hijo? Anda, ahora tienes que prepararte, que en unos minutos te dejo en el mismísimo centro de París. Deberán ser las cuatro o cinco de la mañana, están con las primeras luces, ideal para desembarcar.

-¿De qué año? ¿De qué siglo? ¿Llegaremos a algún puerto?

-¿Puerto de mar en París? Oye, tú eres de los que se quedaste dormido en las clases teóricas de la instrucción, n’est-ce pas? Bueno, ahora te vas a enterar de lo que vale un peine, porque los gabachos no perdonan a los intrusos y se lo hacen pasar fatal. Ya te puedes buscar una pibita que acepte tus rudas caricias y te allane el camino, o no podrás llevarte ningún gato al agua.

‘Este tío es que tenía un lenguaje de lo más enrevesado, ¿n’est-ce qué? ¿pibita? ¿gato al agua? Bueno, no entendía ni jota, pero tanto le daba porque ella lo que quería es ir de tiendas y con dinero se llega a todas partes.’

-¿Y en qué parte de París me dejarás?- dijo para cambiar de tema.

-Lo más seguro es aterrizar bajo tierra. Utilizan unos cachivaches muy prácticos que atraviesan todos los bajos de la ciudad en esta época, así que te deposito en una boca de metro y santas pascuas. Allí te compras un mapa y saldrás en un periquete a la zona que quieras.

-¿Y esta nave puede hacer eso?

-Mi nave hace maravillas, bebito. Lo mismo va por aire que por mar que bajo tierra, incluso se deshace en partículas radiactivas en un momento de crisis. A nosotros no nos afectaría ni un ápice, pero a los humanos los desintegramos en un santiamén. Bueno, pues ponte un traje de paisano y arreando.

-No tengo.- todos los vestidos que Rosalinda/o había camuflado en el hatillo eran de mujer.

Empezó a sonar con insistencia una alarma que surgía del control de mandos.

-¡Mi capitán! Una llamada urgente de Control de Aduanas.

La soldado se levantó con horror de un respingo. ¡Qué contrariedad! ¿Y si la habían descubierto? Tenía que salir de allí cuanto antes, no se fueran al traste sus planes, ahora que había estado tan cerca. La nave ya había enfilado en dirección al centro de París, pero las compuertas estaban herméticamente cerradas, y cualquiera sabía la clave para escapar de aquel tanque. Claro que un descubierto a estas alturas sería su fin, como bruja, como hada, y como soldado, acabarían con ella. Pero, por otra parte, el capitán parecía un tío enrollado, aunque si su cabeza estaba en juego… En ésas estaba cuando el capitán volvió a aparecer por la puerta.

-Bueno, caballerito, ahora entiendo alguna cosa más- dijo con rintintín.-¿Así que en misión especial, eh? Me han llamado de la central, que eres un prófugo y que has robado billetes de la compañía de DEA. Y ya sabes, el que roba a un ladrón… ¡es un cabrón, ja ja ja!

-¡No me denuncie, se lo suplico! Le contaré la verdad, se lo juro.

-Empieza a largar, y veremos qué puedo hacer contigo. De momento, atadle unos grilletes a los pies, tú y tú, como medida de prudencia.

-Yo soy un pobre diablo. Me he enamorado perdidamente de una francesita mortal, no podía dejar de pensar en ella, y aquí estoy, arriesgando el culo por estar con ella. ¡Sólo serán unos días, y volveré! ¡Pasaré por todas las esclavitudes y prisiones que haga falta para purgar mis pecados, pero se lo ruego, primero déjeme verla, tan sólo dos días en tiempo humano! Eso será suficiente, y después todos los castigos y puniciones que me inflijan, ya no me importarán.

El capitán se enjugó las lágrimas.

-¡Ay, que te has enamorado! ¡Yo viví una cosa parecida por Marlene! ¡Qué piernas, qué poderío, qué lengua, qué mujer! Lo dejé todo, arriesgué mi brillante carrera militar, hubiera sido un alto cargo, y a mi mando esperaban las tropas del primer regimiento. De Angelis nunca hubiera ascendido a ese puesto de estar yo en mis cabales. Pero todo lo dejé marchar por esa alemana, la gloria, los honores, las cruces…

-¿Y qué pasó?- preguntó Rosalinda, conteniendo la respiración.

-Marlene me utilizó, y una vez caí a sus pies, me dejó por una mujer española, ¡por una mujer! Yo había ya perdido todos mis galones, y aquí me tienes, en un vulgar puesto de mando de trapicheos. ¡Así es el amor por una mortal! Hijo, ten mucho cuidado, cautela. Mas no puedo impedirte partir. Son malas, son perversas, no lo olvides, tú crees que volverás y que dominarás la situación, pero no es así, ella te envolverá en perfumes, en un amor como sólo ellas lo saben hacer, y te hechizará más que cientouna brujerías tuyas. Pero vete, sé que en una tesitura así serías imparable, y yo ya estoy viejo para pelear con un soldadito y sufrir daños.

-¿Pero, y si no me capturas, qué será de ti?- Rosalinda había conseguido enternecerse y casi los trajes no eran nada comparados con que aquel sentimental fuera castigado por su culpa.

-Mentiré como en mis buenos tiempos, me saldré por la tangente, ve sin cuidado que el viejo zorro me debe muchos sobornos a estas alturas. ¡Faltaría más! Dime, ¿dónde piensas llevar a la pibita?

-De tiendas- dijo Rosalindo sin pensarlo siquiera. ‘Las mujeres siempre quieren ir de tiendas, digo yo, aquí en la Tierra como en el Infierno, así que en esto no me pilla’.

El capitán palmoteó. -¡Excelente idea, llegarás lejos soldadito! Pero prepárate a rascarte los bolsillos, en esta ciudad no te fiarán como en tu pueblo. ¿Cómo te las arreglarás con el dinero?

-Llevo un buen fajo de los billetes de DEA- dijo ella en confianza.

-¡Ignorante provinciano! ¿Y con eso piensas llevarla de compras? ¡Vas a hacer el ridículo!

-¿Por qué?- Rosalindo no había siquiera puesto en duda que De Angelis era una eminencia en cualquier lugar del mundo, y que su dinero corrupto sería bienvenido en todas partes. Sin embargo, ahora pensándolo dos veces, era la clásica trampa en que caería un pueblerino como él –o como ella- que jamás ha salido de su casa. Así que se sonrojó muchísimo.

-¡Anda que si no te llego a preguntar! Pero no te azores, que yo cometí errores peores en mi primera escapada. Menos mal que aquí estoy yo para sacarte del aprieto. Mira, chico, el dinero de contrabando, con franqueza, te lo voy a cobrar caro, así que tú decides, pero como no sea así, mal te veo la luna de miel con tu tortolita…

‘Estaba claro que le iban a dar sopas con ondas, pero, ¿qué remedio le quedaba?’ Le miró con ojos desamparados mientras el capitán, sin ninguna delicadeza, le echó mano al bolsillo para sacarle los billetes y cobrarse su botín. Era una forma un poco brusca de decirle que no se fiaba de él, y como no se lo esperaba, hasta le dio una carcajada con el toqueteo. Es más, si no llega a ser porque el capitán estaba a lo suyo y no le interesaban otros pormenores, a punto estuvo de descubrir la falta de hombría de su protegido.

-Cincuenta, sesenta, setenta mil…bien, me quedo cien billetitos y no se hable más.

-¡Pero ése es todo mi capital!- no era verdad, llevaba otros cincuenta de reserva en el calcetín, pero había que pelear hasta el último centavo, tal y como se estaban poniendo las cosas.

-No rechistes, que ya sabes lo que puedo hacer. Yo, a cambio, te paso todos estos francos franceses, que bien podrán darte para comer unos días.

-¿Y para las tiendas de mi corazoncito?

-Tu corazoncito tendrá que vestirse en las tiendas de Pigalle, que bien picantes que son. Ya verás qué picardías, no has visto nada igual en tu vida.

-¿Refinados?- dijo ella, pensando en su entrada triunfal en los Cielos.

-¡Uy, ni te lo imaginas!- para un paleto de pueblo, pensó, es más que suficiente, y todo lo demás que vieras y gastaras sería un desperdicio en tus manos. –Por cierto, ¿dónde vive esa lindeza? ¿Tendrás su dirección?

-¿Eh?- ¡vaya despiste, eso no lo había pensado. –Pues en Pigalle.

‘Si ya lo decía yo, se ha ligado a un putón verbenero con ganas de marcha loca’.

-¡Qué fenomenal! Pues bueno, no se hable más, allí que te deposito en un santiamén. Ponte este chisme, es para saltar en marcha, porque mi nave no se puede detener y a la velocidad que iremos más te valdrá haber sacado buena nota en los cursos de pilotaje y planeo de la escuela superior.

‘¡Ahhhggg, pero si esas clases sólo las tomaban los chicos! Las brujitas estudiaban seducción, encandile, embrujo, y a cambio ellos las llevaban en sus aeroplanos. Como mucho como mucho, a ir en escoba aprendían, y no todas porque, al menos en Nowhere’s land, las escobas a motor eran la última moda y no había quien quisiera seguir las durísimas clases de vuelo simulado. Pensándolo bien, vaya machismo que imperaba en las profundidades del Mal, pero a ella tanto le daba ya. Claro que si ahora se tenía que estrellar y acabar vulgarmente con su belleza otra vez por culpa de un accidente… ¡vaya mala suerte sería!’

-¿No me lo digas? ¡No sabes planear, lo leo en tu cara de pavor! ¿Pero qué tipo de soldado eres tú? ¡A ver, que ya me estoy mosqueando más de la cuenta, quítate la chaqueta, que quiero ver qué cruz gamada llevas en el pecho! Una cosa es ayudar a un soldado bravo pero díscolo, como yo lo fui, y otra muy distinta a un impostor, que ni sabe de instrucción ni de nada…¡Venga, o te quitas la chaqueta o te la arranco yo!

‘¿Pero cómo diantres se salía de ésta? ¡Con lo suave que estaba el capitán y la había tenido que fastidiar otra vez! A éste no le podía venir con que tenía la lepra, porque lo pasaba a cuchillo en menos que canta un gallo después de haber pasado tantas horas juntos en la misma nave.’

-Pero no puedo hacer eso. Se moriría Ud. del olor putrefacto que despediría si me desnudase.

-¿Es que no te duchas, cerdo? Bueno, aquí he visto de todo, así que no tumbarás a este lobo de mar ni con olor a pies ni a sobaco. Así que vamos. Si la cruz no está grabada en sangre, serás un traidor y te llevaré de patitas por delante a la mazmorra más podrida que encuentre.

‘No dio clases de planeo, es evidente, pero sí que las dio de embrujos de última hora y emergencia. Así que había que ponerse manos a la obra y jugarle una mala pasada al capitán. Por otra parte, él lo había querido.’ Lo miró con ojos de cordero degollado, acercándole el aliento a las barbas y tratando de no vomitar. Él sí que olía mal.

-¿Eh, pero qué haces? ¿Por qué me miras así?

-Mi capitán, si quería que me desnudara tenía que haberlo dicho antes. ¿Pero no había notado mi anhelo por Ud. desde hace un buen rato?

Rosalinda/o se desabrochó el botón de la bragueta y le quitó el cinturón al capitán, que no salía de su asombro. El aliento gastado del soldado lo estaba dejando ko, y no sabía por qué. El nunca había sido maricón, o quizá una o dos veces de joven que le tocó por obligación, pero por gusto jamás de los jamases. Sin embargo, aquel embaucador tenía algo especial, desprendía las mismas feromonas que las brujas. Mientras Rosalinda le hacía cosquillas al capitán en el cogote, exhalaba un vaho caliente por la boca que dejó toda la habitación impregnada de aroma de eucaliptus. Era la mejor performance de brujería que había ejercido en toda su inmortal vida. El capitán fue lentamente cerrando los ojos y comenzó a emitir unos sonoros ronquidos que retumbaron en toda la cámara. Después se cayó todo lo largo que era en los brazos de la audaz soldado, que lo depositó en el suelo sigilosamente mientras se felicitaba de su éxito. ‘Pronto, ahora tienes que cambiar de voz y hablarles por los altavoces a los arribadores, para que lleguen a destino sin que noten la ausencia del capitán’. Se había fijado en cómo él manejaba los mandos, así que le imitó lo mejor que pudo. Lo difícil era silenciar los fuertes ronquidos que sonaban de fondo.

-Rumbo Pigalle, como estaba previsto. ¡Ejem! Avisen cuando todo esté listo.

-A la orden, mi capitán. Dos minutos y cuatro segundos para saltar.

‘¿Dónde coño habría un protector, o un airbag, en fin, alguna cosa para amortiguar el leñazo que se iba a pegar?’. Lo único que pudo encontrar fue una sombrilla de sol. ‘¿Y si se la llevaba por si acaso? En alguna película terrícola de Mary Poppins había visto a los humanos volar con aquel cachivache lo mismo que ellas con las escobas, así que más valía probar. ¿Y qué sería un metro?’. Sonó la alarma, así que era el momento. Incluso el capitán comenzaba a abrir los ojos, así que tenía unos pocos segundos antes de que toda su furia cayera sobre él/ella.

‘Hala, allá voy’. Una compuerta trasera se abrió como por arte de birli birloque, debía ser su momento, y allá que se lanzó de culo y sin mirar, eso sí, antes le robó un pequeño fajo de billetes franceses más al capitán. Era lo justo.

Notó cómo el aire caliente la envolvía en el viaje, todo eran humos y miserias. ‘¡Buahh, vaya pedazo de cochinada era la Tierra!’. Antes de que se diera cuenta de nada, ni pudiera pensar en abrir la sombrilla entre tanta negrura, se pegó un buen porrazo contra un elemento metálico en veloz movimiento. Entre su caída libre y aquel objeto que parecía avanzar perpendicular a ella, el mamporro la dejó medio sin sentido, así que por poco no lo cuenta. Sin embargo, Rosalinda era dura de pelar, y en cuanto se vio que aquello corría como un gusano endiablado, decidió tumbarse encima y quedar pegada a su piel hasta que cesara el movimiento. Lo peor eran las paradas que hacía aquel bicho. Cada dos por tres pegaba un terrible frenazo y se quedaba quieto. Entonces, cuando ella pensaba que el peligro había cesado y podía bajar sana y salva, el condenado chisme se volvía a poner en marcha frenética como antes. Tenía un mareo que ya le flaqueaban las fuerzas, y en uno de los traquetreos de arranque, se le deslizaron las manos y todo su cuerpo cayó rodando a los andenes. No sabía qué era aquello, pero si toda la Tierra olía así de mal, como a gas asfáltico, y estaba tan oscuro, no entendía muy bien esa pasión del capitán por este planeta. Seguro que todo lo había dicho para sacarle los cuartos. ¡Y ella que se sintió enternecida con la historia de Marlene! Desde luego que se tenía que apartar del Infierno, porque todo lo que tenía antes de fea –que no ahora- lo tenía de tonta, y así qué carrera iba a haber hecho ella.

Se quedó alucinada de lo que vio con sus ojos. Piojosos durmiendo, borrachos en cajas de cartón apiñados y con una botella en la mano, una loca y sucia mendiga que le quería robar de los bolsillos. ¡Pero si era mucho más asqueroso que Nowhere’s land en hora punta! ¡Así que la Juanorra ponía los ojos de chiribitas cuando le hablaban de darse un garbeo por la Tierra! Debía ser un exitazo su madre por allí.

-¡Eh, quita vieja chocha!

-¡Mignon, mignon, viens ici, n’échappe pas!

¡Por Satán, no entendía ni palota! Y todos los carteles que pillaba por las paredes de aquel antro estaban en parisino, debía ser. Había que ver, y eso que en el cole le enseñaron que con el inglés se iba a todas partes. ¡Je! Su madre tuvo una criada que venía de París una vez. ¡Pues no presumía ni nada Juanorra con aquello! Incluso tomó algunas clases su madre, que mira que era negada para aprender idiomas, ¿cómo era aquello que se le quedó grabado y repetía a todas horas? ‘Enchantée’. ¡Eso era! ¿Qué querría decir? Sonaba refinadísimo y su madre parecía otra cuando decía esa palabrota, pero claro, a saber si era un insulto, un agravio, con su madre nunca se sabía…

En eso que vio a unos chiquillos correr. Los críos siempre sabían todos los escondites buenos, así que podía seguirlos y ver dónde iban a parar. Tenían unas canicas de colores. Si en el fondo esto de la Tierra era como de estar por casa, ¡la de veces que había visto ella a sus hermanos con las canicas! Iban dándoles rebotes cada vez más lejos, y se pegaban unas corridas que Rosalinda estaba acabando su paciencia. Aquello era un laberinto de pasadizos iluminados por tubos de neón y gente maloliente, con un calor muy similar al de su morada. ¿Y si todo era una tomadura de pelo y seguía en el Infierno? No podía ser que todo fuera tan parecido, aunque la lengua que hablaban aquellas personas… Su aspecto, desde luego, no desdecía mucho de lo que ella conocía ya, pero aquella lengua. En el Infierno nunca había oído decir que hablaran más de un idioma, si no fuera el inglés para comunicarse con los esclavos. Le siguieron entrando más y más dudas, y justo cuando estaba a punto de rendirse y preguntar a los niños cómo se llamaba aquel endiablado barrio, los vio dirigirse a unas escaleras empinadísimas y mecánicas. Parecía que fueran a salir de aquellos pasadizos, así que se esperaría todavía unos minutos. Y no había terminado su pensamiento, cuando la luz la dejó casi cegata de tanto esplendor. ¡Demonios, mierda, su madre, vaya jodida! ¿Esa luz era el Cielo mismo o qué? Rosalinda no había visto tanta claridad nunca jamás, y hasta le dolían los ojos y se puso a lloriquear de picor que sentía.

Se terminaron las escaleras y cayó de bruces en el asfalto. Pero esta vez no era piedra maloliente ni humeante, como abajo, sino unos adoquines grisáceos de lo más elegantes. Caían unas gotas que más parecían hilos de lluvia que lluvia de verdad, a juzgar por lo poco que molestaban, y la luz del primer sol escondido la tenía más embaucada que cien aventuras de corsarios y piratas. En la tele había visto cosas así alguna vez, pero la realidad desbancaba todas las imágenes del celuloide. Miró a su alrededor: una hermosa plaza, agua en una fuente, pocas personas caminando, un perro, unos gatos, sobrios edificios que no parecían de cartón sino de cemento, y hasta un bar con mesas en una esquina, donde algunos transeúntes se paraban a leer la prensa y tomar café. ¡Mejor que en el cine! Se quedó así mirando un buen rato. Y desde luego, que el calor sofocante de los bajos no tenía nada que ver con el clima de aquí arriba, ¡ufff! Se respiraba que daba gusto y, es más, hasta se estaba quedando un poco fría a pesar de las muchas prendas que llevaba encima. ¿Cómo le sentaría un café al cuerpo serrano que se gastaba? No sabía cómo llamarían a aquello, pero desde luego tenía la misma pinta que el de su casa, así que lo diría en inglés que seguro que la tenían que entender. Y sino, lo señalaría con el dedo.

Se apresuró a entrar en la tienda y pidió a una señora que servía cigarrillos también:

-¿Coffee, please?

-C’est de l’autre coté, madame.

-¿What? –alcanzó a decir.

-Other side, madame.

‘¿Eso quería decir…? Vale, si me lo señalas es más fácil, encanto, que me vaya al otro lado de la barra, ¡pues claro!’.

Finalmente le pusieron el condenado café. Y le cobraron por ello un billete entero. Ah, no, calla, que le daban unas monedas de cambio. Bueno, estos tíos eran más rápidos cobrando que Jacinto en su restaurante de la calle de los Milagros. Ahora, que sabía un millón de veces mejor, eso también había que reconocerlo. Estaba cremoso y dulzón de tanto azúcar que le echó, sabía riquísimo. Bueno, tenía que empezar a pensar. ¿Cuál era su plan?

martes, 11 de enero de 2011

DOCE: SATÁN SE QUIERE JUBILAR



Satanás estaba que se subía por las paredes. Ni rastro de su primer comandante, y ni vérselas con los soldados del primer regimiento. Era una señal, primero la Cumbre y esa puta Energía oscura o lo que fuera, que le tenía intrigadísimo, y ahora esta jugada maestra de su número dos, que había desaparecido con todo su equipo. Eran muestras inequívocas de una decadencia en el Reino del Mal. Y lo que más rabia le daba era haber visto esa cara de satisfacción que lucía su contrincante supremo al cruzarse un par de manos en la despedida. Rebosante de virtud y más lucero que nunca, Dios se había quedado con la gloria de una batalla ganada por goleada. Valenciennes no estuvo mal, pero él echaba de menos la mala leche que se gastaba su mejor espada. Mirándolo bien, si es que no estaba siquiera con ganas de enfadarse con él. Tan sólo quería tenerle delante para darle un par de tundas, como prolegómeno necesario, y después contarle todos los pormenores y detalles de aquella algarabía de logaritmos y ecuaciones de las que no había entendido ni pajota. Con Valenciennes no se atrevía a reconocer errores, para ese idiota su gran Jefe era requetelisto y una mente privilegiada a la que no se le escapaba nada. Tantos años a su lado y le tenía pero que bien engañado, vaya cretino, como sólo estaba preocupado por ascender y ascender y ascender, la ambición le sorbía el seso y no le dejaba ver dónde estaban los verdaderos agujeros del poder. A veces echaba de menos que le saliera un verdadero traidor, uno que le quisiera derrocar. Porque a ver, en la Tierra cada dos por tres se montaba la de Cristo, era un decir, y se derrocaban unos a otros, por muchos cargos vitalicios que se gastaran. Eso sí que era divertido. En cambio, por los territorios divinos e infernales nadie se cuestionaba quién tenía el mando, y, a decir verdad, Dios y Satán es que tenían ya un cansancio de verse las caras a cada ocasión, que una jubilación, a tiempo parcial aunque fuera, no les hubiera sentado nada mal. A Dios se le veía más allá que acá, eso sin duda. Nunca es que hubiera sido un ser muy de pisar firme, y le iba menos lo de tomar decisiones que a un político antes de las elecciones. Pero es que en esta última Cumbre se le había visto más ausente que nunca. Del morado pasaba al azul, y del azul al dorado, todo el tiempo meditando y levitándose a sí mismo. Si no fuera porque habían planeado aquella Cumbre juntos, hubiera dicho que aquello de la materia oscura, o como diantres se llamara, y el huevo cósmico y tanta parafernalia, le importaba un santo carajo al bendito. En el fondo, entendía el sentimiento, sino estaba cerca de compartirlo. Que eran muchos tiempos circulares viviendo aquellas batallas, y había que darse un respiro, ése era el quid. Todo aquello de las averiguaciones de las supernovas les pillaba muy machuditos, y lo que de verdad ansiaban era un buen sustituto y ponerse a jugar a naipes en alguna playa perdida. A naipes o al julepe, pero con una buena botella de ácido o de oxígeno y hala, a nadar y a despreocuparse, y que otros hicieran el trabajo sucio.

Más de una vez se habían hecho un guiño en este sentido, porque con tantas juergas y tantas endemoniadas contiendas, en más de una ocasión la cosa había acabado en pacto alrededor de la misma mesa, ahora que no le escuchaba nadie. Y cuando les dejaban solos, nada más querían fumarse un buen puro y charlar de sus batallitas. Pues no habían sido peleones ni nada en sus buenos tiempos, había que verle a Dios, con su túnica toda blanca y unos años menos, es que estaba entre dar miedo y tirártelo. Sí, sí, una cosa imponente, con aquellos ojos saltones y tan jodidamente profundos. Vamos, que una mirada suya te hacía perder el sentido. Y vaya voz que se gastaba, no se sabía quién era más fiero de los dos, en definitiva. Pero ahora las cosas eran diferentes, ni se miraban con esa frialdad ni las contiendas guardaban esa astucia de antes, o los ases de última hora debajo de la manga. Diríase que les había llegado el momento de retirarse, eso, retirarse... ¿Pero en quién ponían sus esperanzas? ¿En Valenciennes? ¡Si no sabía ni hacer la o con un canuto cuando le dejaban solo! ¿En Angelis? ¡Vaya golfo estaba hecho! Nadie le había dicho dónde se había metido, pero muy gorda tenía que haberla liado para dejarle colgado un día tan señalado en el calendario. Seguro que era cosa de su amigo Garcilaso el Bello, aquel ángel casi era más listo que su comandante, y muy amigos muy amigos pero él bien que estaba allí, sumiso y a la vera de su Jefe, como debe ser. Lo malo de aquellos dos es que, lo que tenían de listos lo tenían de vagos y maleantes. Estaban metidos en todos los fregados sucios de contrabando, y se dejaban sobornar por un buen chochete o una mamada. ¡Así cómo iban a ponerles a dirigir el reino!

-Ejem, ejem, mi señor, ¿da Ud. su permiso?

-¡Bandido, cabrón, soplapollas! ¿Cómo te atreves?

-Todo lo que me diga es poco, mi Señor, mi astuto Capitán General jefe de las fuerzas del Mal –je, con lo que le gustaba a Satán que lo llamaran así, no se le podía resistir- soy un desgraciado, un imbécil, un mentecato...

-¿Sabes lo que haremos? Pasarás una temporadita en la leprosería, eso te quitará la tontería.

-¡No! ¡Le ruego, le suplico, la leprosería es un lugar infecto, nunca volvería de allí!

-¿Y qué me importa a mí eso? ¡Para lo que me sirves, mejor estarás entre leprosos, viendo cómo purgas tus culpas y la de todos tus oficiales de cuarta regional! ¡Así sabrán a qué atenerse! ¡Guardia, llévenselo ya!

-¡Señor, señor, por los diablos y las hembras escocidas! ¿Es que de nada van a valerme todos los años de atento servicio? ¡No me prive, se lo ruego, de mi único porvenir! Yo soy soldado y moriré como soldado...

‘Vaya, Angelis estaba realmente afectado esta vez’, se dijo Lucifer. ‘Pero si crees que esto se arregla con unas palabritas, poco me conoces, marquesito’.

-¡Basta, deja de sollozar como si fueras una piojosa enferma ya! ¡No te aguanto! ¡Y dime ahora mismo dónde estuviste o en persona te conduciré a esa leprosería y me encargaré de que las leprosas te jodan bien y todas a una!

-Estuve en una cacería y las fieras nos tuvieron cercado el paso...

-¿En la Tierra de parranda? ¡Es lo último!

-No, mi Señor, no es lo que piensa, estábamos con un político muy influyente que está a punto de cascarla y no tiene muy claro qué hacer con su alma todavía. Si donarla a los Cielos, o seguir consecuente con su agnosticismo anterior y no pensar en la muerte, ni en lo que pueda depararle.

-¿Y quién es, eh?

‘Improvisa, genio, improvisa’, se decía DEA.

-Winston Churchill.

-¿Ves cómo eres un zoquete? Ya murió ése, espabilado, y además no recuerdo que fuera agnóstico. No queda alternativa para ti, lepra o rabia, tú dirás qué prefieres.

-Bueno, bueno, digo la verdad aunque esté mal visto. No he sido todo lo sincero que cabría... -prosiguió Angelis mientras se acercaba zalameramente a las nalgas de su Señor y se le salía una lengua más larga que viperina.

-Mmm... ya puedes afanarte en hacerme el mejor trabajito de tu vida, maricón, y después decidiré si echarte a los leprosos o a los... aaaahhyysssuuuuaaaaaaahhhhh...

De Angelis tenía la cabeza como un tarro de mermelada pegajosa y la lengua resacosa y embebida de alcohol, pero nada le gustaba más a Satán y a su pitirrín que el aliento a juerga, si no le conociera... La tenía más pequeña que un recién nacido, así que chupársela y hasta sorbérsela no era problema, lo único que aquello tan fláccido según cómo daba un pelín de dentera, pero nada, nada, no se podían tener miramientos cuando se trababa del Jefe. Así que ahora por arriba, ahora por abajo, ahora la estiro, ahora me la trago, ahora la engaño... vaya que estaban los tiempos difíciles, demonios, cuanto más mayor se hacía más le costaba sacarle todo el jugo, no quedaba nada de aquel brío juvenil...

Ya más relajados y con el aire acondicionado a tope, porque el calor era de cortar a estas horas, le contó la alucinante historia que le dio tiempo a inventarse mientras terminaba el trabajito.

-Pues no, no estuve en la Tierra, ni mi batallón tampoco. Tuvimos una tarea mucho más compleja y que requiere una explicación detenida. Es justo que así sea, mi Señor. Yo no quería darle la alegría hasta que tuviera la batalla bien por la mano, Señor, pero dadas como se han dado las circunstancias...

-¡Al grano!- este Angelis como le dejaras cuerda es que te contaba una milonga más indefinida y más grandilocuente cada vez.

-Al grano pues, mi Señor, sin más dilación. No se hable más, sus palabras son órdenes para mí. Había una bruja con una información archisecreta que teníamos que encontrar, mi Señor. Nos llegó un soplo de que ella tenía la fórmula de la “energía oscura”.

-¿La misma “energía oscura” de la que hablaban Valenciennes y los otros científicos?- dijo Satán sin poder contenerse.

-La mismísima, Señor. Comprenderá que con un soplo así, era mi obligación comprobarlo, aunque tuviera que ir al lugar más recóndito del Infierno.

-¿Y dónde estaba esa arpía?

-En Nowhere’s land, ¿puede creerlo?

-¿En ese suburbio? ¿Ahí no es donde se apelotonan los esclavos, las putas de baja estofa y el ganado menos selecto?

-Ciertamente, Señor. ¿Cómo explicarse una cosa así, verdad? La muy zorra se había solapado entre aquellas gentuzas para que no pudiéramos encontrarla jamás. Y desde allí dirigía el más perverso centro de fabricación de “energía oscura” que había visto yo en la vida. Nos quedamos patitiesos, mi Señor, un montaje astral y cósmico, lleno de santeros, de luces negras, de conexiones electromagnéticas, y con un montón de enanos trabajando a destajo para la vieja.

-¿Y por todos los rayos, cómo resolviste ese entuerto?

‘¡Sí, caramba, Sat empezaba a entrar en el juego y estaba mordiendo el anzuelo como un bebé!’

-Pues tuvimos una larga contienda, mi Señor. Los enanos, en cuanto se dieron cuenta de la encerrona, nos arrearon unos bocados en las piernas que vaya moratones llevamos todos. Se te agarraban a la pantorrilla como sanguijuelas, ¡quisiera yo saber qué elixir les da aquella bruja para tenerlos aleccionados como perros sabuesos! Tanto es así, que algunos de mis mejores soldados siguen arrastrados por Nowhere’s land y todavía no han recuperado el aliento.

-¿Y esa vieja? ¿Y la fábrica?

-La fábrica la hemos fumigado e incinerado, con los enanos dentro. Tendría que haber visto, chillaban como puercos en el matadero y ardían desprendiendo un olor insufrible. En cuanto a la bruja, no quisimos destruirla pues nos habríamos quedado sin la fórmula de la “energía oscura”. Y mucho me temo que habrá que torturarla con alguna argucia especial, porque mucha bruja es ésa.

-Pero entonces…- Satán no podía esconder su alegría por más tiempo, si ya sabía él que su fiel Angelis no le fallaba jamás de los jamases, pues bueno era él, ¿cómo pudo desconfiar? Si estaba claro, nadie más que él le podía sacar del entuerto, la cara que se le iba a poner a Dios cuando le notificaran los últimos sucesos y tuviera que morirse de rabia porque la fábrica de la “energía oscura” había estado todo el tiempo en los dominios del Infierno y sus secuaces la tenían controlada. Ahora sólo era una cuestión de tiempo, averiguar su composición y someter a Universo con ella a su antojo- ¡No la puedes perder de vista, o mucho me equivoco o esa bruja es la llave del éxito que necesitábamos!

-Todo está bajo control, mi Señor- ¿No habría ido demasiado lejos con la historieta? Satán parecía un niño con zapatos nuevos, a saber qué haría con él si supiera la verdad... pero él no le iba a sacar del engaño, desde luego. Ahora sólo había que encontrar a Juanorra antes de que saliera de sus dominios, ¡demonios, si debían de estar escapando ya ella y su vigilante! ¡A estas alturas estarían atravesando las aduanas y a punto de zarpar!

-¿Dónde vas ahora, pichón? Tienes que volver a contentar a papá...

‘No llegaría a tiempo, si tenía que hacer otro trabajito no llegaría ni para los postres al puerto militar, y sería una catástrofe que Jota partiera sin siquiera saber el lío en que se había metido. Satán tardaría segundos en averiguar el nombre y dirección de la bruja que había visitado De Angelis en Nowhere’s land, y entonces no tendría piedad con Juanorra a su vuelta a casa. ¡Y ella, desinformada, le dejaría en ridículo, que era lo peor de todo!’

Le propinó dos chupitos de nada y se sirvió de la excusa de preparar unos drais martinis –la bebida que pirraba a Satán- bien fresquitos para sorberle con más fruición. Así es como pudo salir de la alcoba de palacio y dar una llamadita al puesto de mando.

-Aquí Redentor, rápido, ¿con quién hablo?

-Mi comandante, soy Cabeza Cortada, para servirle.

-Déjate de chuminadas, dime, ¿han llegado dos pasajeros míos?

-Más de dos, mi comandante. Primero fue un soldado chiquito y respondón, más desubicado que un pingüino en Nueva York y que zarpó apenas comenzaba a anochecer. Y no habrían pasado ni tres moscas por aquí que ya teníamos otra clientela nueva. ¡Vaya, cómo están los tiempos de trapicheo va trapicheo viene, se nota que van bien los negocios, comandante!

-¡Eh! ¿Tres pasajeros?

-Bueno, los tortolitos de segunda fila han tenido que esperar a que estuviera listo un segundo navío, ¡más de una hora! Pero claro, nos los mandan así, sin avisar...

-Yo no he mandado tres sino DOS pasajeros. ¿Quién coño controla las acreditaciones? ¡Pásame ahora mismo con la central de aduanas, ipso facto!

-Soy Marciano, mi comandante. ¿Qué problema hay?

-¿Por qué no has pedido acreditaciones al pasajero que viajaba solo? ¡Responde, jodido funcionario! ¡Así se te quede el culo como una paella de tanto asiento!

-Pero mi comandante- dijo el funcionata todo azorado- ¿qué más le iba a pedir?, ¡si mostró un fajo de billetes de DEA&CO!

-¿Qué estás diciendo, un impostor con billetes míos? ¿Dónde está ese navío, se les puede interceptar?

-Me temo que no hasta que arriben a destino. Las misiones secretas es lo que tienen...

-¡Cafre! ¡Desearás ser mortal y poder morir antes de que yo de contigo! Pero ahora me interesa algo más importante que un prófugo. ¿Qué ha sido de la pareja subsiguiente?

-¿También son prófugos?- dijo Marciano tembloroso.

-No, van correctamente autorizados. Lo que ocurre es que tengo un mensaje para ellos antes de que se embarquen.

-Pues vaya mala chance que tiene esta noche, mi comandante, porque el segundo navío partió mientras Ud. y yo conversábamos.

-¡¡¡¡¡¡Idddiooooottaaaaaa!!!!!!!!!!

De Angelis colgó exasperado. Le ardía la sangre, no podía pensar, tenía que diseñar un plan y estaba seco de ideas. Y lo malo es que ahora no podía contar con Garci, que estaría frotándose las manos en el paraíso terrenal y a la espera de la Juana. ¡Qué de contrariedades en un momento! Si le hubiera dicho la verdad a Satán, no, de eso nada, que le había puesto ya las carnes de leproso antes de terminar la mamadita. Bueno, ahora tenía que reflexionar y dar con la idea genial. Seguro que se le encendía la bombilla.

-¿Jodido artista, dónde te metes con esos martinis?- chilló Satán, que ya andaba ansioso y con otro empalme de tres pares.

-Esperando la ciruela, mi Señor, que está al caer.

-¡Déjate de ciruelas y ven a chorrearme esos etílicos!

‘Placer obliga’, se dijo el comandante, mientras ponía dos hielos en las copas y otros dos en su boca. Satán chillaría como un tigre en celo esta vez. Después ya pensaría en su futuro y el de toda la especie.

lunes, 13 de diciembre de 2010

ONCE: PARIS MON AMOUR


Juanorra todavía tardó varios días más que De Angelis en levantar el trasero de la cama. Cierto que le oyó marchar, ella se preciaba por tener el oído más fino del reino, pero emitió un gruñido por despedida y volvió a estirar las patas todo lo larga (o corta) que era, emitiendo graznidos, ronquidos y otras variaciones de sonidos nasales y guturales que le hacían el sueño de lo más animado. A veces roncaba tan pesada y fuertemente, que ella misma se llegaba a despertar sobresaltada, pero le duraba poco el susto y seguía hasta quedarse afónica.

Cuando por fin consiguió incorporarse, el sol estaba en pleno apogeo y la alcoba se había infectado de ratas y gatos que corrían unos tras otros maullando y gritando más que la propia Jota.

-¡Pero qué estruendos, todos fuera de aquí o les corto los cataplines, jodidos!

Los animales salieron más veloces que una cometa, porque el lenguaje de Jota era inteligible para todas las bestias del reino animal, con quienes, por otra parte, tenía tanto que ver. ‘¿Qué hora sería, de qué día?’. ‘¡Rosamunda, engendro, fea caperuza, dónde coño te has metido, por qué no has encendido los ventiladores, las cámaras frigoríficas están apagadas, cerda, verás cuando te coja!’. Siguió desgañitándose las amígdalas pero allí no aparecía ni su hija ni la sirvienta, y no había más que animales, suciedad, mal olor... y el viejo zorro, que también se fue por patas hacía mucho tiempo. Volvió a pensar en él, ¿qué fue lo que le dijo antes del polvete? ¿Pues no fue que le citó con el rey de su amor en París? ¿Y para cuándo sería eso? Bueno, alguna noticia le llegaría, sólo que tenía que tener cuidado para que no diera con ella la envidiosa de su hija, que menuda era, todo el día estaba hablando de ir a la Tierra, de ver sitios bonitos, vamos que se enteraba de que su madre iba para allá y le iba a dar la murga para que la llevara con ella, y eso ni mucho menos, era una chiquilla y bueno, que ella a su edad estaba todavía fregando que te fregarás suelos y comiendo pollas por doquier. En cambio, Rosamunda siguiendo estudios, saliendo de juerga, ¡jo, cómo habían cambiado las cosas! Ahora que, menuda tunda de palos se llevaba en cuanto la encontrara, quizá es que por fin se había comido algún polvorón, cosa dudosa porque entre lo feota que había salido y el poco salero... su madre le auguraba pocos amoríos...

Jota tenía un hambre voraz, como siempre que se levantaba después de haberse pegado un juergón, y nada que comer en la cocina, más que unos ratolines que correteaban por las baldosas entre escondrijo y escondrijo. De buena gana se asaría uno al horno, ¿pero de dónde sacaba un horno limpio? Mejor hacerse un guisote en el bar de enfrente que la dejara colmada de una vez. Y luego adecentaría ella misma el cristo que había montado en su casa, ahora que, ¡bueno le iba a poner el culo a la sirvienta como tuviera la desfachatez de asomar el morro por allí! ¿Dónde se metería esa condenada avispa?

Bajó los escalones como pudo, así, sin vestirse más que con una bata de guata que había en el armario y que le estaba a explotar de prieta.

-¡Jacinto, ponme un guisote que vengo que me tiemblan las piernas de hambre!

-¡Marchando, Jota! Hace días que no se te ve el pelo, ¿a quién tenías amordazado en la cama? Confiesa, ¿es verdad lo que dicen las malas lenguas?

-A todo un pelotón de infantería, Jacinto, que uno a uno han ido entrando y haciéndome la corte hasta que pasé a unos cuantos por la piedra. A unos cuantos yo, y a otros cuantos mi hija Rosamunda.- amor de madre, se dijo, sino la defiendo yo frente a las habladurías de su extrema sosez no habrá quien la pretenda y no me la saco de encima...

-¿Un pelotón entero? Eso no es lo que se cuece en el barrio, Jota, que dicen que tus amoríos son con uno y no con cientos, ¡y vaya uno!

-¡El guisote, Jacinto, y menos cotilleos!

-Pero... anda dime sólo si ése cascarrabias la tiene dura y te invito al guisote...

-¿Serán unas gachas con champagne del caro?

-¡Serán! Venga, suelta por esa boca ...

-Uff, hablar con el estómago vacío no se me da nada bien, y no digamos con la lengua como una lija de seca y rasposa...

Jacinto se frotó las manos y marchó en un santiamén unas gachas, un pan con tomate, unas patatas estofadas con rabo de toro y un cuenco del champagne más carete que tenía. A Jota no la podía estafar, ¡menudo paladar tenía!

Juanorra devoró sin descanso y bebió hasta ponerse a bailar como una peonza de beoda que iba. Jacinto entonces se dio cuenta de que se había pasado de confianza, siempre se la jugaba la bruja, le prometía algo pero luego se ponía tan ciega de comer y beber que se iba rodando a su casa y no se acordaba de nada de lo prometido. Pero esta vez no la dejaría irse hasta que largara algo de lo sucedido con el viejo comandante, su amigo de la infancia y que ahora ni lo miraba en la cara, con tantos galones como llevaba. ¡Pero bien que le tenía contadas la de veces que se citaba con Jota en el barrio, a saber que se traían entre manos esos dos!

-Venga, Jota, no te hagas la sorda ahora, suelta algo o no te fío ni un duro más, ni aquí ni en el super ni en la pollería.

-El zorrón ése tiene cosquillas, muchas cosquillas, en los pies y en los sobacos sobretodo. Basta que le hagas así con el plumero de limpiar el polvo, y se pone más chocho que un algodón.

-¿Y se le pone la cosa empinada todavía, o de eso nada, como dicen por ahí?

-Más que un palo seco, Jacinto.

Juanorra ya estaba revolcándose por los suelos de la risa. Menos mal que la había puesto a comer en un sitio apartado, sino la conocería él. Cuando empezaba con las risotadas ya no había nada qué hacer, no le sacaría más que mentiras y anécdotas para escandalizarle, así que la tumbó a dormir la mona en un sofá para que no montara el espectáculo con los otros clientes.

Mientras tanto, Garcilaso no paraba de mirar la hora. ¿Pero dónde se había metido la cachonda de Jota? De Angelis le dijo que ella estaría al tanto para una conferencia visual a esa hora en su casa, pero que si quieres arroz, ya sabía él que Juanorra no estaría a la hora convenida en el sitio justo, ¿así cómo iban a planear la escapada? Pues él tenía que encontrarla, es que se ponía enfermo, seguro que estaba jugando una partida, o con una melopea de tres pares de narices, ¡cómo se ponía de pensar en ella!

-De Angel, cariño, ¿qué fue de tu eficacia? ¡Mi amor no contesta a la videoconferencia, si ya sabía yo!- dijo, localizando a su amigo.

-Todo controlado, tortolito, tú no te muevas que te la encuentro en un periquete, esa zorrilla está hinchando el buche, ya verás...

-¡Ay que me pasan las horas y se me acortan las vacaciones, búscala deprisa!

Al minuto después tenían un soldado aporreando la puerta del restaurante de Jacinto. El propio barman se había decidido a echar una siestecita después de cerrar el bar, y allí que estaban los dos duerme que te dormirás.

-¡Está cerrado!-gritó-¡vuelva para la hora de la cena!

-¡Busco a Juana Expósito Fundador!

-¡Corcho Jota, que te llaman ahí fuera!-le espetó a la bruja dándole un buen codazo.

-¡Rayos, Jacinto, púdrete en tus agobios y diles que no estoy!

-¡Aquí no hay nadie con ese nombre!

-Dígale a la hembra Expósito Fundador que la esperan para una videoconferencia, y por todos los infiernos que tenemos que encontrarla.

-¿Una videoconferencia?-Jota pegó un brinco que aplastó las finas nalgas de Jacinto y le dejó los huevecillos hechos papilla-¡voy pitando!

Como no encontraba la bata se colocó un mantel cubriéndole las partes más pudendas, y salió con las carnes al aire y el pelo alborotado y grasiento. El pobre soldado que había dado el aviso pegó un salto atrás al ver aquello, que más que una mujer parecía un animal salvaje.

-¿Qué pasa? ¡Tú eres igual de feo y yo no me espanto, vaya con estos críos de tres al cuarto, tendríais que haber visto cómo eran las brujas de los buenos tiempos en que los niños se hacían caca sólo de verlas! ¿Dónde vamos?

-Me han encargado que la conduzca hasta una furgomóvil, y desde allí la contactarán enseguida vía digital.

-¿Está lejos ese furgón o puedo ir así?

El soldado le echó una mirada. Juanorra iba descalza, una vasta pelambrera le cubría casi todo el cuerpo y el chichi se lo había tapado con un mantel de color rojo, además de aquel olor indescifrable...

-¡Vale, vale, no digas nada, espérame aquí que voy por unas pantuflas y un chaquetón.

‘Y date una ducha’ pensó el chaval, pero calló prudentemente. Sin embargo, Juanorra bajó con el mismo hedor que había subido, y que, aunque él no lo supiera, formaba parte de ella y su atractivo. Tan sólo cuando iba a ver a su amado pluscuamperfecto se embadurnaba de perfumes caros y cremas, pero sin ducharse tampoco. Garci decía que aquellas pestilencias le ponían cachondo, ¡ése sí que era un macho!

Partieron enseguida, y después de bajadas y subidas por las callejas del barrio llegaron a un descampado donde lucía un flamante camión verduzco del ejército satánico. De Angelis sabía cómo organizar las cosas, desde luego.

-Bueno, pues ahora entra ahí dentro, y se queda esperando mientras contactan con Ud. No pueden tardar mucho.

-¿Y tú?

-Yo estaré aquí fuera vigilando, por si las moscas, además no se me permite escuchar ni ver la videoconferencia.

Era un camión todo confort, anda que los militares no se lo montaban del todo mal. Ella sólo había visto las carracas que danzaban por Nowhere’s land, y desde luego no vestían este cuero, asientos mullidos, música high tech, ¡juahh! El remolque era aún más lujoso... asientos abatibles y consolador incorporado, ¡así no había quien pegara ojo! Había un montón de libros y revistas, pero estaban en inglés, a buenas horas, era demasiado sofisticado para su culturilla de tres al cuarto. ‘¿Hablarían en París como aquella criaducha que tuvo tan refinolis?’, empezó a elucubrar. ¡Bah, al cuerno! El lenguaje del folleteo se comprendía en todas partes por lo mismo.

Escuchó un leve siseo y pensó que habría animales espiándola. Pero no, era el vibrador encima de la mesa, aquello más que un remolque parecía el salón de la casa de los Thyssen que salía en las revistas. Cogió el vibrador con la mano. ¡Jua jua! Hacía cosquillas. Empezó a apretar botones a ver qué más sabía hacer aquel condenado, y de pronto se oyó:

-¡Coño Juanorra, quieres dejar de jugar!

Se pegó un susto de muerte y se dio la vuelta. Así como por arte de magia la pared se había convertido en una gran pantalla multiforme y coloreada.

-¡Viejo zorro! ¿Qué haces tú ahí? ¿Dónde está mi bello y feroz amante?

-Pues anda, que si no es por mí, ahora se pone, ahora...

-¡Princesa, cochinilla, miel de mis amores...!

Jota ya empezaba a ponerse las manos en las partes bajas y a chillar como una rata en celo.

-Espera, espera, tenemos que hablar. Luego podemos pasar a la acción, pildorita.

-Dime, ángel de amor. Mi pubis es todo oídos.- dijo todas las palabras finolis que sabía.

-Nuestro encuentro se acerca, y ese chochito será del Bello Garcilaso en menos que canta un gallo. Tienes que prepararte y partir esta noche. Ahora tengo que irme antes de que me descubran pero sigue las instrucciones del soldadito que te hemos enviado y no lo pierdas de vista, es tu salvoconducto.

-¿Ese imberbe?

-¡No discutas vieja bruja, que bastante difícil me lo habéis puesto ya, es lo menos arriesgado que he podido encontraros! Ninguno quería ir contigo porque están rencorosos de lo mal que pagas los favores... -dijo De A metiendo baza.

-¡Zorro, ésta era una conversación privada! Pero está bien, sólo por una vez me pondré solícita y dócil. ¡Nos vemos en París, amor de mis amores! No sin antes... mírame a los ojos... ¡ay por Satán y por todos los diablos que me voy que me voy que me voy...!

Se escucharon bufidos y rebufos en todos los auriculares, en unos más finos que en otros, y hasta el servidor del correo suspiró de gusto. ¡Endiablada hembra!

Ahora había que darse prisa y salir de allí en volandas, la noche estaba al caer y no podía perder ni un minuto más antes del encuentro.

-¡Tú, soldadito, vamos, partamos sin dilación!- espetó Juanorra sacando sus robustas patorras del megacamión.

-¡Shhssshhhss, señora, por su padre, no grite!

Jota recordó que había prometido a Terminator que sería gentil y buena viejita hasta llegar a puerto. Luego ya tendría tiempo de desmelenarse en los antros parisinos. Así que sonrió al crío aquél, mostrándose desdentada y con cuatro fundas de oro falso. El chico pensó que este marrón le había caído encima porque era su año de prácticas, pero bien sabía él que era una misión importante, y que como tuviera algún fallo lo dejaban tuerto y alguna cosa más. ¡Ya podía esmerarse porque la misión no era moco de pavo!

-¡Partamos!