El club de las brujas

El club de las brujas

viernes, 24 de septiembre de 2010

OCHO: el Universo, el Bien y el Mal



En capítulos anteriores... Rosamunda se convirtió en Rosalinda a través de un hechizo que ella mismo se cocinó, y planea salir del lugar infecto en el que habita en el Infierno y ser un hada celestial, como su papá... su madre Juanorra, la más fea del Reino del Mal, ligó de nuevo con el Bello Garcilaso, un ángel perverso que está loco por sus patas de puercoespín, y mientrastanto los jefes del Infierno y del Cielo, alias Satán y Dios, han encontrato un enemigo común que amenaza con destruirles: se llama Universo y no tiene credo ni religión.

¿Dónde se habría metido su fiel De Angelis? ¡Maldito demonio! El batallón más importante de su ejército de élite y precisamente hoy, nada, ni rastro de ellos. Sus secuaces habían salido a buscarles desde hacía dos horas, pero no hallaban noticias. Ni las cámaras rastreadoras, que se hallaban por todos los barrios de la periferia, tampoco daban señal alguna. Lo cierto es que todo el mundo sabía dónde se encontraban el Angel redentor y su tropa. Todos, menos Satán. ¡Pero cualquiera les descubría! La última vez que alguien se fue de la lengua, lo pagó bien caro y no había podido volver a articular palabra de por vida eterna. ¡Vamos, ni pensarlo! Primero parecía que ganabas unos puntos de cara al Jefe, por chivato, pero una vez que volvía a hacer las paces con su mejor sabueso, ¡ni qué decir de las represalias que De Angelis se gastaba!



Satán estaba que ladraba de rabia. Quién sabría porqué. Se le habían hinchado las bolsas del cuello que parecía un cochino a punto de ser trinchado. Pero él sí sabía bien porqué. Aquella reunión entre el Cielo y el Infierno había sido planeada durante meses. Y por fin, después de largas negociaciones, tiras y aflojas, habían llegado a un consenso. Pero quien de verdad conocía la salsa de las negociaciones y los detalles, la letra pequeña, quien había estado en todo el tinglado, era su mejor comandante y sólo él. Satán tenía demasiadas cosas en qué pensar, demasiados actos supremos e indignos a los que acudir, así que las minucias no podía controlarlas. Por tanto, ¿cómo diantres se iba a presentar sin su súbdito primero? Seguro que Dios ya había llegado al encuentro, asquerosamente puntual y fastuoso como siempre, rodeado de bellas hadas y del locuaz Garcilaso, con sus relamidas arengas sobre las bondades de su Jefe supremo. ¡No los aguantaba, le daban picores de pensar en sentarse a la misma mesa! Pero había que hacerlo. La propia subsistencia del Infierno estaba en juego. No digamos lo que le había costado al rey del Bien aceptar una cosa así. En toda la eternidad es que jamás se habían puesto de acuerdo, lo que se dice de acuerdo, ni una sola vez. Peleas y confabulaciones los habían mantenido bien despiertos, siempre el uno frente al otro, contra el otro, tratando de imponerse por encima del adversario. Se complementaban y se proporcionaban mutuo equilibrio. Eran las dos caras de una misma moneda, la Eternidad, y, a decir verdad, la desaparición de uno suponía in extremis la aniquilación inmediata de su opuesto. ¿Qué sentido hubiera tenido el Cielo sin saber de la existencia de un Infierno a quien combatir? ¿Qué era el Bien si no se confrontaba con el Mal?



Y, muy a su pesar, había un tercero que les estaba ganando la batalla. Se llamaba Universo y era inabarcable, infinito. Y lo que es peor, carecía de religión ni de signo político. Universo era aséptico, cruel en su absorción y les estaba ganando el terreno, en definitiva. Como no tenía cara ni representante ni quien le gobernara, no había forma de llegar a un acuerdo, ni de virtudes ni de territorios. Entre Dios y Satán se tenían bien delimitados los espacios y hasta las víctimas. A veces se arrebataban el uno al otro según qué piezas valiosas, pero eso no importaba, de un modo u otro el equilibrio entre ellos estaba garantizado. Así había sido por los tiempos de los tiempos. El uno por el otro se garantizaban la mutua supervivencia, e incluso se hacían concesiones cuando los tiempos lo requerían. No desconocía Satán, aunque se hacía el sueco, que los primeros capitanes de ambos equipos, Garci por una parte y De Angelis por la otra, eran íntimos amigos y compartían más que coincidencias y amantes. Pero incluso esto era parte del trato entre los dos clanes, conformaba el mutuo entendimiento y hasta el juego sucio.



Sin embargo, Universo estaba amenazando con acabar con la pax mundialis de que disfrutaban, cada uno desde su terreno. Así que los dos reinos habían pasado los últimos meses debatiendo esta importante cuestión y consiguieron redactar una Declaración Magna de Buenas y Malas Ideas&Intenciones que ahora, por fin, se disponían a firmar. Era un Manual de Uso que les permitiría actuar y combatir a Universo desde la unidad de sus actuaciones. Parecería desde fuera que seguían batallando, pero la realidad es que lo harían conchavados y frente a la amenaza real de la desaparición del mundo bipolar, y con ello su progresiva pero segura extinción.



Bueno, pues apremiaba el tiempo y Dios era imperdonable con los retrasos. Satán tendría que viajar solo y apañárselas sin su ayudante. Pero ya se las vería con él a la vuelta, su furia sería inconmensurable y no habría fácil perdón para un sátrapa como De Angelis. Esta vez no se dejaría convencer con un subidón sutil de tono sexual. El comandante sabía cómo hacerle hervir la sangre de pasión, pero nada de eso, esta vez mantendría sus erecciones controladas y sería irreductible. Un desplante así era imperdonable. Y además, todos los inútiles que no habían sabido darle noticias de su paradero, mutilados de inmediato. ¡Venga, que no se dijera que Satán estaba perdiendo las riendas! Dio las órdenes pertinentes para que cuando volviera de la Cumbre no quedara ni un solo camara men con ojos, ni un rastreador con narices. ¿De qué servían si no podían hacer su oficio en condiciones? Todos condenados por este escarnio y reemplazados por carne joven y menos adoctrinada por el comandante. ¡Ya!



Enseguida se puso en marcha, dejando atrás gritos, lamentos y súplicas de perdón, pero Satán era implacable en sus decisiones. Se enfundó unos auriculares que le retransmitieran en directo las mutilaciones mientras hacía el viaje, y estuvo escuchando aullidos hasta que se quedó profundamente dormido, al hilo de unos masajes afrodisíacos que le perpetraron las esclavas de la nave.



*



Mientras tanto, en lugares más barriobajeros de las tierras del Mal seguían los festines carnavalescos. Las chicas de porno land iban por el cuarto orgasmo y los gritos se habían vuelto espeluznantes in the street. Rosalinda no aguantaba más agazapada entre los matojos de la esquina de la calle. Con estos calores y tapada hasta las orejas para no ser descubierta, iba necesitando algo más que una ducha. Y ese maldito De Angelis que no bajaba de casa de su madre, ¿pero qué estaría pasando allí? Mucho se temía que hubieran montado una buena, o bien se habían dado de palos o estaban en el catre pegándose un lote. Lo cierto es que ella no era capaz de seguir esperando ni un minuto. El hechizo a que se había sometido tenía unos plazos de caducidad que había que respetar, y no disponía de todo el tiempo de la eternidad para llegar a tierras celestiales, así que tenía que darse prisa. Lo primero era consultar el libro de los embrujos que había dejado olvidado, y saber de cuántas horas disponía para acometer sus planes. Lo segundo era darse una ducha y arrebatarle a su madre aquella bata de moaré plateada que llevó cuando se casó por primera vez. Había estado dándole vueltas, y era la única cosa decente que se podía poner para salir de allí y viajar a la Tierra a comprar modelitos. Pero claro, entrar mientras su madre y el comandante estaban de bacanal romana, pues era de lo más arriesgado. Su madre ni la reconocería y la acusarían de invasora, con lo que no quieras saber la que le esperaba. Aún así, tenía que arriesgarse, no se le iba de la cabeza que el hechizo no duraba eternamente en el Infierno, y tenía que salir de allí lo más pronto posible.



Además, contaba con la ventaja de que De Angelis se había dejado el portal abierto, dato nada desdeñable y que le indicaba que, probablemente, también la puerta de su casa estaría sin echar el pestillo, conociendo la poca vergüenza de su progenitora y del golfo mayor del reino. Con suerte estarían en faenas y ni la verían entrar... Así que, dicho y hecho, se enderezó y empezó a caminar oculta entre el velo y los rizos del cabello. Como se imaginaba, ningún soldado borracho le prestó la menor atención. Muchos de ellos ya habían desfallecido hacía rato, y yacían en aceras y balcones roncando, y los más valientes fornicaban sin parar y con los ojos en blanco. Entreabrió el portal y subió las escaleras, sin que se escuchara ruido alguno. Tal como preveía, la puerta de su casa se abrió a la primera de cambio, aunque sin poder evitar el clásico chirrido de siempre. Se quedó quieta en el umbral, pero nada, ni un alma. Entró de puntillas y pegó un respiro al atisbar la alcoba de su madre, apestaba a alcohol, a mermelada de naranja, y a semen podrido. La bruja estaba tumbada boca arriba, agarrada a un pitillo apagado en su mano derecha y al trasero del general con la izquierda, que a su vez dormitaba entre ronquidos y, lo más chocante, con el dedo pulgar en la boca, como un chupete. ¡Vaya exclusiva que le hubieran pagado en la prensa rosa de tener una cámara a mano! ¡El gran y terrorífico De Angelis dormía chupándose el dedo! La bella Rosalinda casi estalla de la risa, pero pudo reprimirse y siguió de puntillas hasta el cuarto de baño. Se desnudó silenciosamente y cerró la puerta para que no les despertara el agua al caer. A ver qué tal le sentaba una ducha fría a estas alturas. Como bruja, el agua helada le haría rechinar de dolor de huesos, aún con estos calores. Pero, si de verdad fuera un hada, una ducha fría sería alegría para el cuerpo. Encendió el grifo con cierto temor, y hete aquí que su hechizo no era una patraña, ¡hurra! Se dejó atrapar por el chorro helado durante un buen rato, sin temblarle ni los dientes, hasta que se le acabó el termo y el agua caliente la sorprendió de un chispazo. Cerró el grifo y bailó mientras se secaba esos muslos serranos. A pesar de que el agua de las casas en el infierno estaba preparada con cales y otros productos, para no dañarles excesivamente sus funciones básicas, no dejaba de ser una primicia que la hubiera soportado fría sin el menor tembleque, cosa que en sus tiempos de bruja de qué. Y otra cosa, no podía dejar de mirarse sus largas y bronceadas piernas, las nalgas simétricas y prietas, las curvas de su trasero redondeado que intuía y los labios carnosos y rojizos que se había visto en el espejo de Betún, antes de que la sorprendiera. ¡Era un deleite reflejarse sin enmudecer de susto! No debía perder un minuto más en este antro maloliente y perverso.



Fue al vestidor de Juanorra y encontró un tanto raída la bata de moaré. Claro, su madre no respetaba nada, seguro que se había pegado algún arrechucho con ella puesta. Pero ahora no tenía tiempo de remendarla. Si la acompañaba con un chal seguro que daba el pego, así que rebuscó entre sus pellejos y encontró uno negro que le hacía el papel. ¡Pero qué requetebién que le sentaban todas las prendas! ¡Estaba deseando llegar a París, la ciudad de la haute couture, a probarse las lindezas que tantas veces había visto en las revistas de contrabando! Siempre había suspirado por esos trapitos, y ahora estaban al alcance de su cuerpo. Claro que no de su bolsillo, pero en eso ya pensaría más adelante.



Coronó el habillamiento con unas sandalias que le regalaron para su graduación como brujilla iniciada (cuánto se habían reído todos de sus dedos como morcillas con ellas puestas) y se puso otra vez de puntillas para salir de allí por piernas (que ya no por patas, como antes, afortunadamente). ¡Oh, se le olvidaban dos cosas esenciales! La primera y más importante, consultar el libro de los hechizos; sin embargo, no quería arriesgarse a entretenerse leyendo y que se despertaran los amantes. Con su madre no había cuidado, porque después de una buena juerga dormiría varios días y noches sin rechistar, pero del comandante no podía fiarse, quién sabe si ese viejo pervertido tendría buen dormir. Mejor lo llevaba con ella y lo ojeaba en un lugar más seguro. Y lo segundo, no podía seguir luciendo ese aspecto angelical en el reino del Mal. Tenía que cubrirse la cara de algún modo convincente, así que rebuscó por los cajones hasta que dio con el semblante perfecto. Tenía una careta que utilizó para el último carnaval, que mostraba el rostro de una pobre leprosa. Todavía recordaba el impacto que causó con aquello en la fiesta, ¡vamos que nadie se le acercó en un perímetro de metro y medio hasta que les convenció de que era de mentiras! Y es que los demonios huían despavoridos de las enfermedades contagiosas sin cura, y en particular de la lepra y la sarna, que no sabían cómo combatirlas. Por mucho que trataban de captar a médicos terrícolas que les pusieran solución (eran enfermedades importadas del planeta de los humanos) no había manera, todos eran ateos y no les convencía nada lo de acabar en el Infierno. Y lo peor era que los demonios eran inmortales, así que enfermedad que atrapaban, les perseguía por los siglos de los siglos.



Pues bueno, una careta como ésta espantaría a todos los curiosos, y sino fíjate cómo había dado buen resultado con el Redentor y su trouppe, supuestamente los más sabihondos de todos. Era una idea buenísima. Se la puso y emprendió el camino.



Al pasar cerca de la alcoba de los enamorados no hubo ningún imprevisto, los ronquidos ahora se emitían a dúo. De Angelis ya no tenía el dedo en la boca, sino peor, ¡en el culo de su madre! Mejor pirarse cuanto antes, pensó la aspirante a hada, antes de ver a qué indecorosas posturas podían llegar. Toda la habitación era un desparrame de prendas y artículos de perversión, pero entre ellas encontró una interesante; del bolsillo del pantalón del amante de su madre asomaba una mullida cartera de piel blanca (¡vaya horterada!). ¿Qué hacía, se arriesgaba a cogerla? No había terminado el pensamiento y ya estaba andando de puntillas entre gallumbos y condones para alcanzarla. La abrió y se encontró un fajo de billetes que, a buen seguro, eran de contrabando, porque se leía “DEA&CO” en todos ellos y la cara de De Angelis estampada como si fuera un reyezuelo. Era, a buen seguro, su venganza personal por no ser más que un segundón en el reino del gran jefe Lucifer. Rosalinda no se lo pensó ni un momento y agarró un buen manojo de papelinas, fueran falsos o no daban el pego comparados con los que ella había visto de verdad, y algún uso les encontraría más adelante.



Salió sigilosamente de la casa, y ya en la calle se le escapó un portazo, pero ¿qué importaba ya? ¡Era libre! En el primer recodo del camino se pararía a leer bien todos los pasos antes de cometer ningún error imperdonable y, una vez lista, daría rumbo a París, ¡la ciudad del amor, el champagne y la alta costura!

jueves, 8 de julio de 2010

SIETE: PARIS MON AMOUR


‘Vaya cosas raras que se le ocurrían a su prima’, se dijo Rosalinda para sí mientras se apresuraba en salir de aquella choza. Además, ¡también era mala suerte que la hubiera pillado con las manos en la masa! Con lo difícil que resultaba cambiar de aspecto y de carácter en un mismo día, y ni siquiera un respiro, ¡ya le estaban pidiendo favores! Igual no era tan gran idea convertirse en un hada buena. Pero no había que olvidarse de que ella sólo había mutado el envoltorio, lo demás era otro cantar.

Betún tenía unas ideas de bombero. ¿Cómo hacerla pasar por princesa terrenal? Es que era de lo más peregrino, no tenía pies ni cabeza y ella era una intrusa que no tenía que haber aceptado ese trato. Si ni siquiera había conseguido auparse todavía en los reinos del Bien y ya tenía compromisos que pagar. Era lo que les pasaba a los afanosos en alcanzar la gloria celestial o infernal, que se metían a cumplir los caprichitos de los otros y acababan cayendo en sus propias trampas. Eso le ocurriría a ella, que la acabarían descubriendo por impostora antes de comenzar a deleitar los manjares de la plenitud. Y nada era peor castigo que un envío a los infiernos por traición. Ni malos hechizos ni vulgares travesuras, ni tan siquiera un exilio forzoso a la Tierra. Lo que ella quería conseguir era imperdonable, transgredía todas las leyes y pactos no escritos y, de descubrirla, ardería por y para siempre, sin otro quéhacer que pudrirse en una mazmorra oscura e incandescente. Tendría que botar allí dentro indefinidamente, pegar alaridos de socorro y, con suerte, sobornar a algún cancerbero que la llevaría a su casa como contrapartida y la convertiría en fregasuelos, pisacolillas, recibepalizas y apagasexos. ¡Uff! Su madre siempre contaba que de pequeña conoció a un hombre así. Un esclavo del abuelo Extremaunción. Llevaba años condenado en las mazmorras cuando el abuelo lo compró por cuatro perras, ajado y carcomido como estaba. Le pegaban constantes lametones al pobre, por sinvergüenza y renegado, decían, y le obligaban a bailar encima de cachos de vidrio hasta que caía roto en pedazos, mientras la familia se desternillaba de la risa. La propia madre de Rosalinda lo contaba con una hilaridad que daba escalofríos.

A Rosarito se le pusieron todos los pelos de punta sólo de recordar las desgracias acometidas por su propia familia a un traidor. ¿Qué no harían si les deshonrara uno de los suyos? En fin, había llegado hasta aquí y tenía un aspecto brillante y depurado. No tenía pues por qué temer, nadie la descubriría y conseguiría sus propósitos. Se había dotado de una gran serenidad con la transformación y la sola presencia de su prima egipcia había conseguido volver a desestabilizarla. ¡No señor, arriba los ánimos y a buscarse un plan!

No sabía si pasar por su casa a recoger un hatillo con sus cosas, pero pensándolo bien, ¿qué cosas? ¿Sus vestidos horteras o sus combinaciones deformes? ¿Qué pertenencias tenía ella que pudieran no deslucirla en el Cielo? Aunque, bien pensado, para presentarse con una túnica como ésta, también se necesitaba valor. Era transparente y acuosa, con alguna que otra mancha de chorizo al vino tinto. ¿Qué hacer? No tenía ni un céntimo, así que soñar con un caro vestido de las tiendas chic era impensable. Es más, cualquier tela que encontrara en el Infierno la delataría a las puertas del Cielo. Pues sí que es verdad, no había pensado en un detalle tan tonto como la ropa con que se iba a presentar. ¡Ni siquiera sabía cómo iban vestidas las hadas de verdad! A ver, ¿dónde había visto ella hadas de verdad? ¿Es que tenía alguna a mano? Había algunas series en la televisión que mostraban princesas y hadas con varitas mágicas y lentejuelas, pero no creía que fueran así en la realidad. Y las verdaderas diosas nunca se hacían fotos ni posaban para los reyes del mal. Una vez había pillado a su madre una foto de Garci con unas modelos australianas, pero aquéllas, a pesar de ser extremadamente guapas, no eran divinas sino simples humanas con rostros apabullantemente hermosos, ¡y estaban desnudas!

Pues la cosa no tenía fácil arreglo, y ella con ese rostro de musa sagrada es que no se podía pasear por las calles como si tal cosa, lo primero la iban a violar en un santiamén, y luego la denunciarían por estar en tierra de bandidos. Tenía que conseguir un disfraz o algo así. Se puso un pañuelo en la cabeza que había arrebatado a su prima antes de que llegara, y se cubrió el pelo rojizo y parte del rostro lo mejor que pudo. El sol todavía era abrasador así que, por suerte, seguían estando las calles desiertas. Apenas había pasado una hora desde que entró en casa de Betún, en realidad.

En eso que se disponía a echar a andar, escuchó un estruendo que ni los mismísimos rayos y truenos de Satanás. Miró hacia el lugar de donde provenía ese espantoso ruido y escuchó una voz que no podía ser otra que la de De Angelis. ¡Maldición, el mejor amigo de su padre pululando por el barrio! ¡A saber qué tejemanejes se llevaba entre manos el número uno de los mafiamen de las profundidades del Mal! ¡Y en un barrio tan impersonal como éste, qué mala suerte estaba teniendo con tanto encuentro fortuito!

-¿Pero qué ven mis ojos? ¿Una brujita mañanera? ¡A ver niña, quítate ese pañuelo que te vea bien la cara!

-¡Oh, Señor, se lo ruego, estoy aquejada de una lepra contagiosa y destructora! ¡Se lo ruego, no me humille teniendo que mostrar esta pesadilla a sus soldados, por el mismísimo Satanás se lo suplico!

-¿Qué? ¿Todavía existen esas enfermedades transmitidas por los humanos? ¿Qué eres, por qué tienes eso? ¡Aparta, no te acerques y habla con la boca tapada, por tu padre!

-Sí, Señor, sufro un castigo que no tiene fin, por algo que hicieron mis antepasados.

-Sí, ¿eh? ¿Y qué se te ha perdido por la calle a estas horas, pequeño esperpento?

Sonaron las carcajadas de todos los militares que acompañaban a De Angelis, mientras Rosalinda tuvo que aguantar cómo le metían una espada por debajo de la túnica para verle el trasero.

-¡Pues no tiene malas piernas, la condenada! Mire jefe, ¡si no fuera porque es una leprosa bien que nos íbamos a poner las botas!

-¡Oh, ahhhh!- gritó Rosamunda en su desesperación.

-¡Aparta cabrón! ¿No ves que ahora tendrás que deshechar esa espada para evitar el contagio?

Todo el mundo en el Infierno sabía que De Angelis era un aprensivo de narices, y que si algo no soportaba eran las enfermedades contagiosas. Había estado aguda Rosalinda, no se podía negar.

-Bueno, bueno, vámonos sin perder tiempo. Y tú, vieja podrida, no te pasamos a cuchillo por si las moscas, vete para la leprosería y no salgas de allí nunca más. ¡Si te vuelvo a ver te quedarás sin piernas, más que imbécil!



Rosalinda transpiraba de miedo. Ahora no sólo tenía que cambiarse de ropa sino que necesitaba una ducha, ¿cómo iba a presentarse en los cielos con esta pinta y un olor a sudor tan poco elegante? Pero, pensando un momento más en Mafiamen, ¿qué hacía allí De Angelis? ¿Y si seguía a la troupe y conseguía alguna información que le pudiera ser valiosa en el futuro? El riesgo de que la sorprendieran espiándoles era remoto, puesto que estaban borrachos y zancudos. A duras penas conseguirían avistarla si les vigilaba de lejos y por la espalda, y quién sabe qué podía descubrir.

Así que se agazapó dentro de su túnica, con los rizos del sedoso cabello bien escondidos, y corrió en pos del clan mafioso-militar. Estaban todavía nada más doblar la esquina, discutiendo de quién había sido la culpa de estrellar el jeep contra una farola, y De Angelis daba órdenes sobre cómo fijar los hierros en su sitio y seguir faenando. En unos minutos más consiguió organizarles para trabajar, mientras él se fumaba tranquilo un puro cobijado a la sombra de un árbol, y cuando hubieron terminado les echó unos escupitajos en la cara y se pusieron en marcha. Como el arreglo del motor era chapucero, no avanzaban demasiado rápido entre los surcos y los baches, facilitándole a Rosalinda la labor de perseguirles.

Con gran asombro por su parte, el camino que llevaba el convoy era el mismo que hubiera tenido que hacer ella para llegarse a su propia y mismísima casa. ¿Qué estaba pasando allí? Siguió extremando las precauciones hasta que se adentraron en la calle de los milagros, y no dio crédito cuando les vio marcar el timbre del número siete. ¡Era la casa de Juanorra!

Horrorizada, esperó a ver qué pasaba. Eran más de las dos de la tarde, así que su madre de sobras debía haber llegado de su juerga nocturna y andaría devorando alguna vianda o, peor, durmiendo la mona. Y nada más desagradable que despertarla haciendo la siesta. Le hubiera chillado al propio Satanás de presentarse a esas horas.

De Angelis llamó insistentemente y pavoneándose entre sus acompañantes. Todos parecían asustados de despertar a la bruja con la lengua más viperina y las garras más afiladas de todo el imperio, que bien conocida era. Sin embargo, su jefe parecía tenerlas todas consigo cuando aporreó la puerta y gritó el nombre de aquella afamada y fea vieja perversa. Siguió insistiendo tanto que consiguió despertar a algunos de los vecinos, que se asomaban a las ventanas y al ver tanto jaleo cerraban de inmediato. Nadie se las quería ver de cerca con el Angel redentor, como le llamaban a veces.

-¡Juanorra my dear!- dijo el infernal sujeto, haciendo acopio de su sabiduría idiomática - ¡traigo suculentas nuevas, abre, por todos los príncipes y en nombre de las musas!

Voilà! Había pronunciado la palabra mágica, “musa”, y apenas tres segundos después una llave inglesa poco reluciente y más bien resbaladiza voló desde la ventanuca del cuarto piso esquina derecha. ¡Clink! Los soldaditos de pro que acompañaban a De Angelis no hicieron más que reafirmarse, ¡vaya jefe bravucón que tenían, más valiente que los diablos y con las mejores influencias hasta en los barrios bajos! ¡Nada les detenía a él y a su banda de piratas! Muy ufano, se dispuso a recoger la llave del suelo, e inmediatamente Rosalinda desde su escondite tuvo que contener una carcajada al ver la cara de estupor del capo cuando ésta se le quedó pegada entre los dedos. La cerda de su mamá acostumbraba a comer mermeladas viscosas con las manos a estas horas, y seguro que había arrojado la llave por la ventana con los mismos dedos bien pringosos y chupados. ¡Así que el finolis de De Angelis, que se las daba de señorón de las altas esferas, no había conseguido infundir el respeto merecido! ¡Su madre desde luego que era la más caradura del reino!

Aún después del agravio, De Angelis decidió ignorar sus finezas y proseguir en su empeño. No dejaba de pensar en cómo iba a cobrarle a Garci un favor como éste. ¡Ni diez negocios con nikkeis eran suficiente premio para superar este mal trago, que además sólo había hecho que comenzar! Se dispuso pues a entreabrir el portal de la vieja, sin atreverse a pasarle la llave a ninguno de sus esbirros para que se moquearan del asqueroso mejunje que llevaba untado. Abrió con decisión y les ordenó que esperaran abajo, mientras él trataba de unos importantes asuntos con la bruja. Ni qué decir tiene el contento de los chavales, que, borrachos como cubas, empezaron a chillar y a despertar a todo el vecindario buscando chicas para pasar el rato. Las chiquillas adolescentes salían a los balcones a medio maquillar y azoradas por la novedad, mientras que sus hermanas mayores, más bregadas en estos menesteres, las apartaban rápidamente para ofrecer sus camisones y sus dientes de oro macizo a los jóvenes del Ejército del Mal. Escotadas, pechugonas, arrugadas, carnosas, afiladas, las había de todos los tipos, y todas se mostraban en su plenitud. ¡A pesar de estar el sol muy alto todavía, no eran tantos los días en que los prestigiosos soldaditos del primer escuadrón se paseaban por estas aceras tan poco glamourosas! En pocos minutos toda la calle estaba alborotada y los besuqueos y palmeteos se sucedían de un extremo al otro. Los balcones eran puro deleite de voyeuristas de mal gusto, y hasta el asfalto jadeaba humedades.

¡Vaya jolgorio que se va a montar a mi costa!, pensó De Angelis mientras subía pesaroso las escaleras que le conducían al piso de la fea Juana. Desde luego estaba más fatigoso que la última vez que vino por aquí. ¿Acaso vivía ahora más arriba la vieja leyenda? ¿O eran sus piernas y los años, que no pasaban en balde ni para los demonios más acicalados? Desde luego que tenía que hacer más deporte, a la vista estaba, se notaba el corazón acelerado, como si fuera un vulgar terrícola.

-¿Qué quieres, viejo despellejado? ¿Te sudan los huesos por mí o es que tienes alguna noticia que darme? ¡Anda habla que te cierro la puerta en las narices como sea otra cosa!

¡La respiración entrecortada del Angel redentor desde luego no era la de una gacela ligera y ágil! Sin embargo, ya le daría él a esa zorra unos buenos azotes para que le guardara el respeto debido a la autoridad más inmediata. ¡Vaya curvas que se le habían puesto con los años a la Juanita, por otra parte! Estaba como un queso de bola, y chorreaba mermelada por la boca ¡puaj! Quizá las noticias podían esperar y antes se podían dar un revolcón de mil demonios; aún recordaba los achuches de la vez anterior. Dos cerditos parecían, él atado a la pata de la cama y J haciendo unos sutiles trabajitos que le hicieron temblar por dentro y aullar por fuera, ¡madre mía! Era mejor no acordarse, le volvían los sudores fríos sólo de recordar los dedos como cuchillas y las peludas piernas de la vieja haciéndole cosquillas, ¡qué de sensaciones! No es que a él le fueran mucho las mujeres, pero ésta de fémina no tenía nada, si acaso de bestia. Fue después de aquella semana infernal cuando se la recomendó a su amigo Garcilaso como la plata más fina del reino, y desde entonces, oye, les habían entrado unos amores el uno por la otra que él no había vuelto a catar las suculentas grasas de…

-Bueno qué, ¿sueltas prenda o te voy a tener que torturar…?- se le escapó una sonrisita a la bruja, tampoco ella había podido olvidar las barbaridades que le hizo en la última rencontre, ¡qué sudores y qué amargura más placentera! Desde luego no era tan guapo como Garci, ni decía esas cosas tan poéticas que ella no entendía ni jota, pero ¡vaya miembro tenía el amigo, fofo pero más suculento que comer con los dedos! Estaba chorreando sólo de pensarlo.

-Bueno, pues a lo que íbamos. Hablemos de negocios, Juanita. Enfúndate esos muslos que perderé la cabeza y estoy para pocos trotes. Un achuche tuyo es que me deja inconsciente para una semana, así que no son horas éstas… ¡quita de ahí la mano, vieja zorra, que me pierdo y no estoy en lo que estoy! Ni sabes la de trabajo que tengo todavía para hoy, aún me toca subir para los cielos y cerrar un negociete que, si sale, me va a poner en la gloria maldita y en el top ten de la lista de elegidos de Satán, se le van a poner los cuernos más afilados que nunca cuando sepa lo que tengo entre manos… ¡Y tu Garci me mete en estos líos precisamente hoy, claro que sin él mi negociete al carajo igualmente! Así que cuanto antes te diga lo que tengo que decirte …

-Pero lucero, éste no es mi Angel Redentor de otrora, ¿qué han hecho contigo? ¿O es que ya no soy la que te pone más cachondo, condenado?

-Nada, nada, a otro zorro con esas carantoñas, tú resérvate que tienes mucha faena que se te avecina. Te traigo esta carta de los Cielos. Fíjate si será su necesidad que me ha hecho venir a mí para ponerte en guardia. Parece que el Bello Garci está como un caramelito pensando en tus delicias, así que tú verás.

-¡Nada me gustaría más, pero anda que están los tiempos buenos para idilios prohibidos! Satán y sus secuaces llevan un control riguroso de las entradas y salidas, y como no viajes con VIP o seas de la guardia militar, bueno ¿qué te voy a contar a ti?

-Sí, el otro día pillamos a una reinona, una drag queen de ésas, tratando de sobornar a un custodio para entrar en el Infierno por la puerta falsa. Debió pensarse que así vestida, o vestido, pasaría como uno más entre nosotros. ¡Jahh, a mí con esas tretas, si me las sé todas! Le he prometido al Jefe que aquí no se cuela un solo humano más, por muy perverso que sea, como no venga de esclavo. Así que ya no hay privilegios ni para científicos ni para pensadores, es más, los estrategas militares también están restringidísimos. Antes eran lo más inn, captar a un genio de la guerra aunque fuera terrestre, estaban valoradísimos y si fichabas a uno subías diez puntos de golpe en la escala del Ejército. ¡Pues ni ésos valen ya! ¡Ni siquiera la guerra está de moda! Con lo que ya te figurarás lo difícil que se han puesto las cosas para De Angelis&Co., es que no ganamos para disgustos.

-¿Y si yo me doy el piro de aquí por unos días?

-¿Ir tú por los Cielos, con esa pinta de vieja bruja que te gastas? ¿De qué, vieja chocha?

-¿Y quién te ha dicho a ti que mí me interesan los Cielos para algo? Putos ángeles, si no fuera por esa musa mala que me hace perder la cabeza, un zambombazo que les daba yo a todos esos cursis, ¡vamos que vomitaría sangre antes de poner una patita en ese antro de virtud!

-No, si desde luego no está hecha la miel… Bueno, pues vaya, ¿qué ocurrencia has tenido entonces?

-Pues pensaba en algo más lascivo, una noche en Pigalle, o en el barrio rojo de Amsterdam, o una cita en el Bronx…

-¿Estás pensando en citarte con Terminator en la Tierra, como hacíais de pipiolos?- reparó De Angelis asustado y animado a un tiempo. -¡Claro, es una idea genial! ¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí?

-Lo ideal sería un escenario bélico. Una buena tunda de palos entre tribus rivales, ¿cómo se llamaba aquel genocidio africano, Ruanda Burundi? Un festival como ése no he visto yo igual, aquí es que nos relamíamos por la tele viendo la sangre, las cabezas cortadas, los miembros mutilados…

-Sí, ésa sí que fue una buena matanza. ¡Qué tiempos! Pero de todos modos como en las épocas medievales no he vuelto a ver nada tan hermoso. Eran unos cuerpo a cuerpo fabulosos, donde la sangre humana es que estaba para chuparse los dedos. Y además nos venían uno a uno, se mataban a cañonazos y no con esas bombas de ahora. ¡Hala, tiran un racimo y de golpe y porrazo se nos acumula la faena! ¡Miles de moribundos debatiéndose entre el Infierno y la nada! ¡Y sino con la moda de las inmolaciones por Alá! ¿Qué mosca les habrá picado? Mueren como héroes, y buenos son luego para que les convenzas de que se vengan contigo a fregar suelos, quitar ladillas y lavar culos de vieja. ¡Jahhh! Se ponen violentísimos y aporrean las puertas del Bien hasta que caen desfallecidos. Vamos, que si no fuera porque las puertas del Cielo están insonorizadas y a prueba de bomba nuclear, ¡buena la que les había caído ahora con los protegidos de Alá!

-¡Este Dios, o Alá, o como se llame, es que es un caso, mira que no avisarles de nada! De todas formas es que es un tío que no es nada natural, porque Satán, pues tendrá toda la perversión que quieras, pero oye, es legal dentro de sus cosas, lo llamas y se encuentra, le pides algo y te hace una pifia, pero, ¡coño se manifiesta! Además, que se pasea por las fiestas cuando menos te lo esperas, y anima un entierro si es necesario.

-¡Sí señor, ése es mi Jefe! En cambio Dios, te doy la razón, Garci dice que es un tío serio y bondadoso, pero desde luego vamos, soso como nadie. Buena prueba de ello que cuando Garci se va con él de parranda por alguna mision divina, vuelve como pájaro enjaulado y con más ganas de fiesta, alcohol y sexo que unas castañuelas… ¡Si es que esa gente no se relaja! Y además, vaya cara, porque los humanos es que no paran de esforzarse y hacer méritos, ¿y cuántos conoces tú que luego hayan entrado a conocer las mieles del éxito?

-Terminator lo dice bien clarito siempre. ¡Menudo montaje tienen ellos como para que venga nadie a fastidiarles el invento! No trabajan, no se ensucian, no necesitan ni servicio, como aquí, así que, ¿de qué les servirían cuatro matados paletos de pueblo? Vamos, que no es que me den envidia, porque por no hacer faena es que ni comen, sus cuerpos celestiales no tienen necesidad alguna. Sin embargo, insisto en que a los humanos los tienen engañados de por vida, y luego se la pegan contra un muro de silencio. ¡Porque a Dios que le busquen, que le busquen, a ver si se manifiesta!

-Alguno que otro lo ha conseguido, pero de no ser algún genio virtuoso que les sirva para sus fines… Aunque de eso me está vedado hablar…

-¡Ya estamos con los misterios! Garci se comporta exactamente igual que tú, en cuanto empieza la conversación a ponerse interesante os vais por el foro y si te he visto no me acuerdo. ¿Qué carajo de planes archisecretos os lleváis entre manos los unos contra los otros?

-Es una contienda sin fin, bien lo sabes. ¡Mis labios están sellados y ni por una vieja sabuesa como tú haría una excepción!

-¡Ah, qué rabia me da este secretismo! Pero ni el propio Satán conseguirá quitarme el sueño con sus planes universales. Al cuerno con vuestras pesquisas para conquistar el Universo. ¡Nunca será vuestro! ¡Nunca será de nadie! He leído que está en constante recesión-expansión y que es más poderoso que diez Dioses y Satanes juntos, y que ni el Bien ni el Mal conseguirán conquistarlo y atraerlo para su causa. ¡Jah!

-¡Mira qué bien, ahora además de puta te has intelectualizado! ¿Es que en este vecindario de baja estofa reparten prensa ahora? ¿A qué fines?

-El internet funciona para todos, idiota.

-¡Maldito instrumento! Esos humanos lo van a pagar caro, acabaremos con sus medios digitales de largo alcance antes de que puedan hacernos algún daño.

-¿Desde cuándo les habéis cogido miedo a los terrícolas? ¡Esto es nuevo!

-No seguiré chismorreando con una vieja bruja como tú. No puedes saber más de lo que sabes. Así que volvamos al tema que nos ocupa, Juana, ¡por tu padre!

-¡Mi padre! ¡Ese sí que era un héroe! Tú a su lado eres un mequetrefe, así que ni le mentes.

-¡Eres incombustible, vieja arpía! ¿Entonces dónde quieres preparar el encuentro?

-Mejor aún, ¿cómo saldré del Infierno?

-Eso te lo arreglo fácil. Unos trabajitos bien hechos a los guardas Cabeza Cortada y Cabeza Rota, y el mundo es tuyo, pendeja.

-¿A esos dos inútiles? No sé si querrán siquiera, la última vez que les pedí un favor tuve que salir por las patas cuando se me escapó un mordisco y mutilé a uno de ellos.

-¿Qué me cuentas? ¡Si te tienen por una vieja gloria! ¡Cabeza Rota dice que no han vuelto a morderle el miembro con esa fiereza y que haría por ti lo que le pidas!

-Pero si casi se desangra…

-Sería por eso, si no tiene medio dedo de cerebro…

-Pues mejor que mejor. Yo le babeo lo que haga falta, mi Garci se merece eso y mucho más.

-¡Di que sí, chochita! Entonces, ¿dónde quieres que formalice el encuentro? Como zona caliente, desde luego el Oriente Medio está más on fashion que nunca…

-No, mejor no. Recuerda que el príncipe blanco no soportaría un evento muy sangriento.

-¡Si es verdad! Pero bueno, y digo yo, ¿qué le habrás visto tú a ése? Conmigo tenías que haber caído, y menuda la que íbamos a montar…

-¡Sí, sí...! A ti te van los marineros y los culos en pompa, me dejarías a la primera de cambio, tú no me miras como me mira él.

-Pues sí, eso sí que tienes razón. Bueno, venga, ¿entonces qué quieres? ¿Un sitio romanticón o qué?

-París es la ciudad de la que siempre habla el Angel, y allí nunca hemos estado. Claro que... una cita en la Torre Eyffel, pongamos por caso, o en Montmartre, y creo que me darían vómitos. Algo más perverso necesito...

-Aunemos voluntades, pues. Que sea París, la ciudad del amor, pero en un antro repleto de alcohol y putas. ¿Qué opinas?

-Supongo que en un lugar así, aunque fuera París, sabré cómo moverme.

-Tampoco creas, a la larga no hay tanta diferencia en el look de una puta de Pigalle y una divina infernal. Metido en faenas ya es otra cosa, y desde luego tu fealdad es que es inigualable... pero sí, allí te sentirás más cómoda y conseguirás que nadie te identifique con las fuerzas del Mal más oscuro.

-No se hable más, pues, viejo carcamal. ¡Y ahora démonos un revolcón, quiero ver esa salchicha que tienes escondida, a ver si está tan pelleja como tú!

Juanorra comenzó a desvestirse con desparpajo, mostrando sus carnes flácidas y ajadas, los pechos colgantes, las nalgas peludas y las patorras de puerco espín que habían hecho de ella una negra leyenda. De Angelis se relamía las barbas de gusto mientras contemplaba la antesala de la gloria. Se le removieron las tripas y el culo se le hizo mantequilla mientras se carcajeaba con las cosquillas que le hacía la vieja.

lunes, 28 de junio de 2010

SEIS: Garcilaso el Bello, enamorado.


Garci pisaba las hormigas como si no fueran con él. Le molestaba que lo despertaran haciéndole cosquillas en las plantas de los pies y con pequeños mordisquitos de roedor barato e insignificante. Eran seres a los que no les veía el sentido. Y por mucho que en el Cielo esas cosas no pudieran pasar, él las estrujaba suavemente contra el suelo como si tal cosa, mientras silbaba para no escuchar el espantoso sonido de sus cuerpos al deshacerse. Pobres seres miserables y mortales, ¿y no podían haberse quedado en la Tierra, o siquiera en los Infiernos donde hubieran perecido con los calores? Le pasaba igual que con las moscas; tampoco entendía su significado en un lugar tan divino como el Cielo, en donde nada carecía de estética, ¿por qué de repente esos seres feos pululando y molestándoles a todos? Sin embargo, por mucho que nadie encontrara el sentido a la existencia de hormigas y moscas en el Cielo, sus habitantes eran tan estupendamente bondadosos que no se les hubiera ocurrido nunca pedir su destrucción al Padre. Pero Garci era más sincero que todo eso, y si le molestaban esos seres, pues se cargaba unos cuantos de vez en cuando, que no pasaba nada y se quedaba uno la mar de a gusto después de darles muerte. Especialmente perecían de inmediato aquéllos que osaran interrumpir su siesta de verano. Eran algunos días tórridos, no muchos, que se producían en el Cielo cuando algún ser infernal se había acercado demasiado a ellos, con cualesquiera pretensiones de entrada al Reino. Los demonios desprendían tanto calor que bastaba la aproximación de uno de ellos a las puertas del Bien para convulsionar todos los sistemas de refrigeración automática y disparar las alarmas. Enseguida se enteraban todos de que el sistema de seguridad había intentado ser violado, cosa claramente imposible de conseguir, por otra parte. Y ese día, y varios de los siguientes, subían las temperaturas cinco o seis grados, lo suficiente para que ángeles, hadas y demás seres celestiales acusaran un calor anormal al que no estaban acostumbrados para continuar con sus quehaceres diarios, así que se llenaban velozmente todas las piscinas del Reino para sofocar sus sopores y que no notaran la más mínima inconveniencia, como correspondía a la vida en el Paraíso.


Se desperezó Garci y dibujó una sonrisa pensando en su próximo viaje camino de los Infiernos. Hacía tiempo que no veía a la feota de Juanorra, con tanta Polinesia y exploración de playas nuevas donde preparar a las musas de la new age, apenas había tenido tiempo de pegarse unos revolcones como Dios manda, con perdón del Creador. Y la vida anodina de ángel pues estaba bien a ratos, pero no era nada comparada con una buena bacanal de sexo infernal. Además, esos calores le venían pero que muy bien para perder los kilitos de más que la buena vida le proporcionaba. En el Cielo no había forma de sudar, nada te podía hacer subir la temperatura, y mucho menos las vírgenes inmortales de que se rodeaba, que ni sentían ni padecían.



Kiminski, el poeta checo, la había palmado no haría ni cuatro días. Se enteró a la vuelta de la Polinesia, y de veras que lo sintió porque era un tipo amable y sin complicaciones. Sólo había que estar a su lado, beber un poco y charlar de nada y todo mientras se fumaban unos puros. Después él le cogía la delantera a la escritura y deliraba durante días enteros a veces, sin causar molestias ni más dedicación que la de estar allí. Garci a veces se adormecía con tanto alcohol y el silencio de la pluma estilográfica de Kiminski, hasta que éste le despertaba de un alarido, pues se le marchaba la concentración. Pero eso era todo. A saber ahora qué artista le estaría encomendado por los mandatos divinos y con qué rarezas se encontraba en su nueva labor. Y antes de que le llegara destino, tenía que pegarse una buena juerga de las suyas, porque lo que va delante, ¡pues va delante!



Estaba en éstas deliberando, e imaginando las afiladas curvas de Juanorra, cuando llamaron a la puerta de su torre. ¿Quién quería molestarle tan temprano? ¿Un mensaje quizá? ¿El nuevo artista que ya estuviera esperándole? ¡Oh cielos qué horror!



Bajó los cuatro pisos que le separaban de la calle de un salto y se dispuso a abrirle las puertas a quien quiera que fuese con una mirada inquisitiva y molesta:



-¿Síiiii?

-¿El Bello Garcilaso al habla?

-En efecto, ¿qué desea?

-Le llega un paquete ardiente y móvil, ¿lo deposito aquí fuera?

-¡No! Le abro ya mismo. ¿Qué es esto? ¿De dónde lo trae?

-Llegó como una bomba de relojería a nuestras oficinas de correo celestial postal. Hoy en día es raro que nos utilicen a nosotros en vez de a los transportadores digitales, más rápidos sin duda. Así que debe ser algo que le llegue de la Tierra, no tiene otra explicación. Quisimos abrirlo, porque siempre comprobamos los paquetes postales por si hay errores o algo peor. Sin embargo, este parece ser un regalo muy especial pues tiembla cada vez que alguno de nuestros operarios intenta manipularlo. Nuestros detectores de metales no lo identifican, y dio negativo igualmente en los nucleares, así que no hemos averiguado su peligrosidad potencial. Sin embargo, nada pudimos hacer puesto que se derrite cualquier objeto que acercamos a él. No comprendemos de dónde puede haber llegado ni cómo pasó los controles, pero lo cierto es que viene muy clarito su nombre y dirección. En fin, señor, aquí se lo dejo y que Ud. tenga un buen día.



Garcilaso despidió al cartero con una propina en plumas de oca, muy sabrosas para fundir en un caldo regenerativo y que raramente se encontraban en los mercados habituales, con lo que quedó en paz y prometió no abrir el pico acerca del extraño paquete postal que había entregado.



Garci supo inmediatamente que era otra de las locas ideas de Juanorra. Cualquier día la iban a pillar y se meterían los dos en un buen lío. ¡Pero menuda era ella si se le metía algo entre ceja y ceja! Y ahora que ya hacía más de un mes que no mantenían ningún contacto, debía de haberse puesto loca de contenta al enterarse de su regreso a tierras celestiales. Como estaban cerca de fechas navideñas, tan celebradas en el Paraíso e igualmente denostadas en el Infierno, a escondidas le debió haber preparado un guiso de culebrines y ratas de playa que estaría para chuparse los dedos. Se lo habría conservado burbujeante y con un licor amargo de tortuga, razón de que aquéllo quemara tanto que en la oficina postal no pudieran ni entreabrirlo. ¿Cómo lo habría logrado introducir esta vez y a saber qué tretas y sobornos habría llevado a cabo para conseguirlo? ¿Pero qué importaban los vericuetos de Juanorra, siempre indescifrables? Lo que importaba es que era la señal de bienvenida y que se iba a poner la panza de lo lindo con aquellos guisotes. ¡Luego ya lo quemaría, ya, con su amante más insana!



Lo primero era escribirle una carta corta de agradecimiento y enviársela por ondas, o mejor por internet. Lo malo del sistema internet es que pasaba por conductos de la Tierra que no le gustaban nada, y podía ser interceptado por algún inepto que lo confundiera con un mensaje del más allá o el más acá, o peor, con alguna payasada de extraterrestres. Los humanos es que se creían el centro del universo y tenían que controlarlo todo; a veces llegaban a resultar más ridículos que los propios demonios.



Pues bueno, utilizaría mejor el conducto de su amigo De Angelis, que a buen seguro no se hallaba lejos de sus dominios y tendría algún pibito para hacerle los recados de toma y daca de uno a otro Reino. De Angelis era el mejor contrabandista del Reino del Mal, y siempre sobornaba como quería a los guardas de uno y otro bando, que le tenían más miedo a él que al mismísimo Satanás in person. Así que traficaba con lo que le viniera en gana y en beneficio del mejor postor, un auténtico mercenario. ¡Ah, pero bien que les venía a las conspiraciones de las fuerzas del Mal y del Bien cuando tenían que ponerse de acuerdo en alguna misión sobrenatural y desmedida! No había un negociador como De Angelis. Se conocía las menudencias y miserias de ambos bandos y podía sobornarles con sus peores secretos y fechorías. No tenía precio su colaboración. Por eso Garci siempre le tenía de su lado. Para él era fácil, pues todo lo que deseaba De Angelis en la vida era descansar con una buena botella del mejor vodka ruso, un caviar iraní de primera para acompañar y cientos de cuerpos con silicona por todas partes que le doraran la píldora y le besuquearan sin cesar. En realidad, De Angelis de coito poquita cosa, como no fuera con mancebos fuertes y robustos. Con las niñas tetudas ni pensarlo, solamente las quería para sentirse rodeado y orgulloso, a la vez que el alcohol y sus efluvios le acababan de apagar los restos de vigor que quedaran en su miembro viril. Así que no era tan difícil de complacer, y las hadas, que ya le tenían archisabido el truco, se dejaban convencer por Garci-Terminator, con la promesa de un buen agasajo postrero, en forma de joya o viaje de placer.



Escribió unas letras cortas, pero muy en la línea que le gustaba a Juanorra:



“Querida perra fea y atrevida: tu santo varón inmaculado está que se pone los dientes largos esperando probar tus lindezas más amargas, y mientras tanto me comeré este guiso exquisito que con tus manos largas y afiladas has preparado para mí, en espera de mayores deleites y lujurias que te destrozarán en mil pedazos, como más te gusta. Tu cachondo amante divino. G.”



¡Ay que ver lo que le gustaba esa bruja desmedida! Ni la Polinesia ni mil balinesas embadurnándole los huesitos, no había ninguna, ni mortal ni inmortal, que se le pudiera comparar. ¡Juanorra era otra cosa, y se le ponían las carnes suaves y ardientes de pensar en ella! Por cierto, ¿qué habría sido de aquella niña-engendro que concibieron juntos por un enorme error de protección fallida? ¿viviría todavía? A decir verdad, nunca después de verla de bebé volvió a preguntarle a su novia bruja por aquel fetito tan amable. Era un bebé que ni pedía, ni lloraba, ni molestaba. Era feíta, pobre, ¡qué feíta le pareció! Tanto, que nunca quiso admitir en su fuero interno que fuera suya. Había que ver, desde luego que los genes de Juanorra debían ser de roble, porque lo que es de él, el fetito es que no sacó nada de nada. Quizá los senos, le había comentado muy posteriormente la madre alguna vez. Cuando comenzó a crecer parece que le despuntaban dos montañas del kilimanjaro de lo más esponjosas y nada parecidas a las de las otras infantes. Y luego ese halo de dulzura infantil, nada común tampoco en las verdaderas brujitas. En fin, voilà, ¿quién podía saber qué habría sido de esa medio hija suya? En el fondo, qué importaba ya, habían pasado tantos años que sería más fea aún que su propia madre, que ya es decir. Al pensar esto, a Garci se le pusieron ojos de carnero degollado otra vez, y se avergonzó inmediatamente de pensar con tanta lascivia de su propia hija. ¡Qué carajo, no tenía remedio su desfachatez! Quizá le preguntara por ella a Juanorra en su próximo encuentro.



Se puso un turbante que le favorecía excesivamente y salió a dar un paseo, por si se encontraba con De Angelis camuflado en alguno de sus bares favoritos. Los bares de oxígeno eran lo más inn, así que probó en dos o tres, y preguntó en las barras a algunos amigos comunes de la magia-mafia; pero nada, hacía por lo menos dos semanas que no sabían nada del canalla de su amigo.



Tuvo que desistir y pensar en utilizar algún otro sistema para llamar su atención. Sí, un buen negocio de tráfico de armas, o quizá una trata de rubias blancas rusas, y De Angelis se presentaría a la menor ocasión de oler un tufo así. De modo que ideó un intercambio entre la mafia japonesa y los terroristas peruanos de Sendero, que le hubiera puesto los pelos de punta al mismísimo Fujimori en sus buenos tiempos, y lo dicho, en cuanto se extendió el rumor de que había un acuerdo de miles, millones de dólares en juego, y prostitución a gogó, el mejor conspirador de todo el reino infernal se presentó ipso facto y con un cabreo de mil amores.



-¿Qué ven mis ojos? ¡Un negocio tan suculento y nadie me avisa para cortar el pastel! Garci, debí suponer que un día me traicionarías, ¿tú metiéndote en estos berenjenales y sin darme participación?

-Para, para, mi parte es tu parte, ya lo sabes de siempre. Me importa un pito todo este negocio de armas y putas, ya te las compondrás tú con los japos y los nikkeis, que me aburren mortalmente. Yo sólo quería atrapar tu atención porque tengo una misión para ti que me interesa mucho más.

-Mi buen amigo, dime qué necesitas. Te atenderé con gusto y después pasaré a conversar con todos estos idiotas y a poner las cartas sobre la mesa.

-Es Juanorra, que me tiene loco. Tienes que bajar hasta su casa y hacerte de rogar para que te diga dónde y cuándo nos encontramos. Y de paso le llevas esta misiva de mi puño y letra para que se le ponga el chochito de mermelada. Si no me traes noticias suyas en menos de veinticuatro horas tendré que bajar yo mismo, disfrazado o como sea, y eso sería demasiado peligroso con los tiempos que corren. Ya sabes que tu boss Satán me la tiene jurada y ha distribuido fotos mías por toda la policía local para que me apresen en cuanto me vean.

-Y no quieras saber la que te espera si te cogen, te tiene preparados los peores castigos infernales y ni yo mismo podría salvarte. Te la tiene jurada desde que le birlaste la última víctima para sus fines más delictivos.

-Sí, aquel pobre científico que, después de haberse declarado agnóstico toda su vida, le llega la muerte pisando los talones y se quería convertir al cristianismo y entrar en el reino de los Cielos. Tuve que explicarle no sólo que eso era imposible salvo para algunos insectos, que bastante asco me dan, sino que era mejor una muerte completa que la promesa del Infierno inmortal. Fue una operación durísima, porque el tío es que se resistía a desaparecer, y allí estaba el mismo Satanás en persona para convencerle de las delicias del Mal. Erre que erre con que sería aclamado, famoso, y que todas las glorias le serían dadas por los tiempos de los tiempos. Y yo gritándole que no escuchara, que le esperaba una vida de esclavo a las órdenes de un demonio tirano que le exprimiría el cerebro hasta que no le quedara una gota de sabiduría. Dios me puso el listón muy alto en aquella operación de contraespionaje, pero había que impedir del modo que fuera que el Mal se hiciera con semejante genio de las fórmulas nucleares, porque ni Dios sabía qué locuras demoníacas podían haberse derivado. Probablemente nos hubiérais asestado un duro golpe a nuestro bienestar celestial, que en nada nos hubiera beneficiado, ni a ti ni a mí.

-¡Eso ni que lo digas! Yo estaba atemorizadísimo con la idea de perder mi mejor mercado, que no son ni los hombres ni los animales, todos esos tienen un poder muy limitado a la hora de ordenar armas, misiles, drogas… nada comparable a los ángeles hastiados de su vida monótona y rosácea. Ni qué decir de la inteligencia con que estáis dotados, los dones que os caracterizan y los poderes de que gozáis. Sin esta clientela, apaga y vámonos, De Angelis&Co. tendría que cerrar sus puertas.

-Bueno, bueno, siempre seremos un tándem. ¿Te decides a bajar o qué?

-No sé qué decirte, ahora hago mucha falta para cerrar el pacto con los japos. Y tengo que preparar la Cumbre que se nos avecina, no me vayan a coger la delantera. ¿No te sería igual si envío a uno de mis lacayos? Por ejemplo Pasqualis va que ni pintado para estas operaciones.

-¿Pasqualis cabeza rota? ¡Ni soñarlo! Es presa de sobornos varios y no arriesgaría mi seguridad con ese mequetrefe. Propónme otro. En cuanto a la Cumbre, la tenemos chupada si coordinamos bien nuestras fuerzas contrapuestas, comme toujours my friend...

-Nada, ya veo que no habrá manera. Está bien, por ser tú me desplazo yo mismo. Mientras te hago el trabajito, distráeme pues a los caballeros, dales un par de whiskys bien fríos a cada uno y unos puros caribeños. Y si me retraso más de la cuenta, les consigues unas nenitas que pongan cara de bobas y se dejen tocar el culito. ¡No los pierdas de vista!

-¡Y tú no me falles!

viernes, 18 de junio de 2010

CINCO: LOS SECRETOS DE LA PRIMA BETÚN

Rosalinda se puso unas chanclas y una túnica que le cubría hasta los tobillos antes de apresurarse hacia la casa de su prima, no fuera a ser que algún vecino inconveniente la parase y se hiciera notar algún cambio en su figura. Cambios, que por otra parte, ella todavía no había percibido, pero nunca estaban de más las precauciones en la vida de una bruja traicionera como ella. También se disimuló el rostro con un velo cantarín y mañanero, y salió a todo correr en pos de su imagen transformada.

La calle estaba prácticamente desierta. ¿Qué brujo de cierta valía se prestaría a sufrir un bochornoso día de mayo caluroso semejante si no era por algún motivo de verdadera maldad? Así que Rosalinda podía disfrutar de las pestilentes aceras, deshaciéndose bajo sus pies enchanclados, sin el menor atisbo de vida a su alrededor. Hacía un día apestosamente cálido, a decir verdad, y de no ser por el invento, ¡a buenas horas la pillaban a ella fuera de la cama al mediodía! Pero el que algo quería estaba claro que tenía que pelearlo, al menos en los Infiernos funcionaban así las cosas. No digamos en la Tierra, ¡vaya!, que se le ocurriera a un humano querer convertirse en inmortal, no importa a qué reino aspirara, era imposible salvo que llegara a un pacto con los diablos, falso acuerdo que le convertiría en esclavo, más que nada. Ella había mirado en varios libros de historia maga, y nada, no había casos de conversiones como la suya, ¡inauguraría una nueva era con su invento!

Pensaba en todas estas cosas mientras andaba bajo el sol abrasador y se iba poniendo contentísima, a la vez que le chorreaban los sudores por pies, manos, espalda, senos… ¡De repente recordó lo importante que era permanecer seca mientras durara la transformación, lo decía bien clarito en la fórmula! ¡Qué inconsciente! ¡Hala, ella deambulando bajo estos calores y su piel derritiéndose bajo más de cien grados! ¡Pero qué burra era! Se metió en una sombra a pensar. Le quedaba por lo menos un kilómetro hasta la casa de Betún. No tenía para un taxi-escoba, y menos aún para un boli-carro digital. Las alternativas eran escasas; si se quedaba esperando que amainara el bochorno callejero daría tiempo a que su prima comprendiera el engaño de la peluquería y volviera a casa de un humor de perros, opción nada recomendable dados los dientes de sable que se gastaba. Si seguía andando tenía para otros tres o cuatro minutos, eso si iba veloz, y para entonces se le habría deteriorado hasta el último poro de su piel, grasienta de por sí, y adiós a los efectos de la magia conversora. ¡Vaya dilema! Podía haberlo pensado antes y timar a su prima a otra hora más indecente, como al anochecer, claro que, una vez puesto el sol, todas las brujas se ponían a “trabajar” o a festejar, y eso les imposibilitaba vagar por las calles sin alguna fechoría concreta en el calendario. A mediodía ni los guardas vigilaban, y por eso era tan fácil deambular sin control. ¡Bueno, a la de ya una solución, por todos los demonios!

Si hubiera estado más atenta en las clases de desintegración de materia orgánica ahora sabría cómo narices hacer desaparecer su cuerpo y reagrupar las partículas un kilómetro más adelante, enfrente de la casa de Betún, pero desgraciadamente no tenía ni la más remota memoria para esas cosas tan complicadas. Por eso tenía que abandonar la brujería, si es que se le daban muchísimo mejor la música, la danza, las artes marciales… todo eso que veía en los programas prohibidos cuando pillaba una onda pirata.

El tiempo seguía pasando y Rosalinda nada, paralizada por el calor abrasante. En eso que recordó una frase que pronunciaba siempre Juanorra, su madre, cuando quería invocar a los ángeles malignos para que la transportaran en busca de Garci, su padre y feroz amante de Juanorra. La frase decía algo así como “a mí los ángeles descabezados y enrarecidos, seres despreciables y humillados por imperfecciones imperdonables, llevadme poseída y combinad vuestras fuerzas del bien y del mal para mis fines, ¡yo os conjuro!”. La vehemencia con que Rosamunda invocó las palabras de su madre, a quien tantas veces había visto pronunciarlas con rabia y rencores aprendidos, pusieron a los descabezados en guardia y en un santiamén tenía a dos transportadores a su disposición de forma gratuita.

-Chiquilla, ¿pero no sabes que no puedes invocarnos? ¡Eres menor de edad! Además, ¿cómo nos has encontrado? ¡Somos clandestinos ángeles inversos, no tenemos una llamada oficial ni estamos en los listados de información general, lo que quiere decir que no existimos a tus efectos! ¡Dinos ahora mismo quién es tu mentora o te acuchillamos y convertimos en pedazos de bruja!

-¡No, no, no! Mi mentora y madre es Juanorra, la amante más celebre de Terminator, la feísima y de colosales dimensiones…

-Para, para, bien que conocemos los trabajitos de Juanorra, ¿eh, compañero?

A uno de los angelotes descabezados se le puso sonrisa de baba y se pegó unos lametones pensando en los buenos ratos que la feota de Juanorra les había hecho pasar en más de una ocasión. ¡Qué cuerpo más deforme y más ladino tenía la jodida! ¡Y cómo lo movía y se pavoneaba antes de devolverles un favor!

-Ah bueno, si es así…- continuó el segundo guarda invertido. -Pero, ¿y cómo nos piensas pagar nuestros servicios? Cada kilómetro de Infierno lo cobramos a tres lengüetazos, y si vas a la Tierra entonces te cuesta pasar un mes o dos con éste y conmigo a solas, ni más ni menos- pegote al canto, pero si colaba…

-Yo sólo quiero ir un kilómetro más allá, sin que me moje ni me derrita en nada con estos calores, y tiene que ser tan rápido como la velocidad a la que viaja la luz.

-Pues a esa velocidad se incrementa el precio, bello excremento…

-¿Qué os parece si os dejara mirar estos preciosos pechos que he heredado de un padre celestial?

Ambos angelotes malignos se inclinaron excitados al escote de Rosalinda, y lo que vieron a través de la túnica les dejó pasmados y tiesos como dos estacas.

-¡Ahhh! ¿Eso es tuyo, inmunda y feísima bruja? ¡Eres tan invertida como nosotros, un engendro, un híbrido maldito! Si nos dejas tocar esas esponjosas y montañosas ricuras, tienes el pasaje gratis…

‘Anda qué desastre, ¿así que no han notado ni un ápice de transformación? Bueno, calma y a esperar al espejo encantado’, pensó Rosalinda para sus adentros.

-Está bien. Podréis acariciarme un pecho cada uno con una sola mano, pero una vez que hayamos llegado a destino.

-No hay trato. Si eres tan perversa como tu mentora no nos dejarás ni rozarlas una vez cumplido el servicio. ¡O tocamos la mercancía antes del vuelo o te quedas en esta esquina derritiéndote, encanto!

-Bueno, pues entonces ni vosotros ni yo, así se llega a los consensos, ¿n’est-ce pas?- pronunció Rosalinda, con su francés aprendido en la tele pirata.

-Venga, al grano. ¿Qué propones?

-Pues uno me acaricia ahora y otro al final del viaje.

-Si aceptamos nos dejas tocar las dos domingas a cada uno.

-¡Oh qué vulgares sóis! ¡Otra expresión así y me quejaré a mi padre para que os azoten en los Cielos!

-Menos lobos, corazón, que tú tienes un secreto que esconder como que me llamo Pasqualis “cabeza rota”. No me trago tus mentiras, así que ¡trae para acá esas pelotas de silicona o nos esfumamos, gatita! ¡Enséñaselas a papaíto!

-¡No me extraña que seáis unos apestados en los Cielos, no me extraña nada de nada! ¡Sois una pareja de pervertidos guardias del deshonor! ¡Cuando yo sea hada ya veréis la tunda de palos que os va a caer…!- se le escapó a la enfurecida Rosalinda.

-¿Tú, gatita? ¿Otra brujita que tiene sueños de grandeza? ¡Vaya con los Infiernos, si que os van mal las cosas que todos queréis escapar del fuego eterno!

-Bueno, era un broma- tuvo que decir Rosalinda, mostrando su lado más amable para no quedar al descubierto ante dos bastardos que serían dignos del mismísimo Satanás que en su fuego se funda. Echó un vistazo a su reloj y contempló con espanto que había transcurrido media hora más. La prima Betún debía estar ya dándose cuenta de la broma y poniéndose roja de ira. –Así que, bueno, ¿quién es el primero, eres tú, Pasqualis “cabeza rota”?

-¡Allá voy, princesa de los bajos fondos!

-¡Aquí no, requeteidiota! ¿Qué quieres, que nos ganemos una multa por pecaditos antes del anochecer? Está muy mal visto que las brujas aprovechemos para hacer negocio extra en las horas de descanso, es una de las pocas reglas de competencia que respetamos.

-¡Fíjate las putitas del cono sur, cómo se lo montan, con normativa gremial y todo!

-¡Tenemos que defender nuestras costumbres para que no decaiga la depravación, que siempre ha sido cosa de la noche! Antes no había porqué marcar territorio, pero ahora con la aparición de las comunes mortales que se nos cuelan en los Infiernos, no hay forma de distinguir una buena bruja de una vulgar esclava, a no ser por las normas que nosotras respetamos y ellas no. Venga, vamos dentro de ese portal que no hay tiempo que perder.

Pasqualis babeaba que era un primor cuando le agarró la primera torta de pan.

-¡Oh! ¡Es mejor que desayunar chocolate y bombones! ¡Son de algodón, de nácar, de yogur cremoso, de crema pastelera para amasar…!

Pasqualis había metido su narizota entre ambos senos encendidos de Rosalinda, que ya empezaba a notar un cosquilleo por todo su cuerpo con las finísimas manos de Pasqualis dándole vueltas y vueltas y la baba cayéndole por el canalillo.

-¡Basta ya!- le interrumpió. -Has cumplido tu deseo, así que andando que tenemos prisa.

-¡Pero si acabo de empezar a saborearte, kilimanjaro mia!

-¡Nada, que se acabó, que éste era el trato! Ahora me tenéis que llevar a mi destino o no servirá de nada el esfuerzo, pues cuento con poco tiempo. Luego será el turno de tu amigo y se acabó.

-Mi amigo, mi amigo… Mi amigo es mudo y sordo, así que le pagaré unos dineros y me cederá los privilegios de volver a ser yo quien te manosee al llegar a puerto, belleza interior…

-O nos vamos ya o no tendré nada que hacer- siguió Rosalinda nerviosísima.

-¡Ya va, ya va! Visualiza tu punto de destino cerrando bien los ojos y danos una mano a cada uno. Aprieta fuerte que ya casi tengo tu imagen… ahora, sí, hinca bien tus uñas de bruja en nuestras manos, haznos sangre que de lo contrario no hay transmisión de datos, aprieta, venga, más fuerza, ¿pero qué pasa? ¿No haces deporte o qué? Ya lo veo, lo veo, ¿lo ves tú, mudito? Mudito ya tiembla de dolor, un poco más y estás allí preciosa maldad, ¡come on baby!

La bruja notó cómo se le erizaban todos los cabellos y los pies se le llenaban de calambres saltarines, y de golpe y porrazo estaba en la mismísima puerta de la casa de Betún. ¡Qué barbaridad, había funcionado!

-¡Bien, bien, bien! ¡Hurra que ya estamos aquí! Gracias, chicos, ya podéis largaros con viento fresco, ¡si os ve mi tío con la mala sangre que se echa igual os pega un chupito en vuestra piel de angelotes gordos e invertidos, ja, ja, ja!

-¡Eh, ése no era el trato! ¡Aún falta un tocamiento!

-¡Jah, a buenas horas, con lo tarde que se me ha hecho, no puedo daros nada más, venga, arreando a otra parte con vuestras gaitas!

-Eres una traidora y ya nos llamarás otra vez y verás…

-Si os quedáis ahí, mi tío os dará una manta de palos que saldréis con los culitos angelicales más escocidos que yo qué sé, ¡venga, a otra cosa, mariposos!

-¡Cerda asquerosa, ya nos las pagarás!- y se fueron entre ñoños refunfuños, poniendo en marcha sus alas de baja calidad y sintiéndose estafados. ¡Siempre que hacían tratos con las brujas acababan ganándoles la partida sin saber cómo!

Rosalinda se apresuró a entrar sin que la vieran y espantando a los angelotes que tanto ruido hacían. Pero no había peligro, en la familia de Betún dormían todos como benditos, menos ella que había salido a todo correr, a juzgar por los descuidos que se podían observar. En primer lugar, no había cerrado la puerta delantera de la casa, siquiera con un portazo, con lo que Rosalinda abrevió la entrada sin tener que saltar ni inventarse ninguna jugarreta más. Pasó sigilosa por las habitaciones de los chicos, tapándose la nariz para evitar el olor a pies que rondaba por todas partes. El tufo era tan intenso que le dio por vomitar, pero se tapó la boca a tiempo y apenas echó un escupitajo imperceptible en medio del pasillo. Con tanto desaguisado ni siquiera lo percibirían al despertar.

Una vez en la puerta de la habitación de Betún, comprobó con asombro que tampoco había cerrado ésta. ¡Era increíble en ella un descuido así! Aprovechó tanta buena suerte y entreabrió con sigilo. La chambre, o mejor cochambre, de Betún era digna de una diablo infinita. Hedía, bueno más que hedor era un soporífero ambiente de pócimas y ungüentos malignos, mezclado con plantas podridas de marihuana, pollos en estado de descomposición y un feto abortado de mono decapitado. Todo desparramado entre saltamontes y culebrillas deslizantes siseando. Hasta ahí nada raro en el putrefacto habitat de la egipcia, como llamaban a su prima. Pero, ¡oh cielos! Rosalinda no podía dar crédito, ¡se vislumbraba una ranura en el armario de los secretos de Betún! ¿Había podido ser tal su desconcierto que se dejara su precioso, adorado y archisecreto armario mal cerrado? Miles de veces habían estado allí juntas, compartiendo alguna mala confidencia o algún truco sin importancia, jugando con las polillas o preparando cualquier trastada, y jamás de los jamases Betún había permitido a Rosalinda siquiera atisbar de lejos lo que escondía aquel armario. Allí guardaba las cajas que su madre le había confiado antes de perder la salud, que supuestamente contenían poderes divinos de faraones egipcios, y joyas de la Corte mítica, y no sabía cuántos más inventos de los que Betún siempre presumía… A juzgar por un descuido de estas dimensiones, muy mal le debían ir las cosas a Betún en asuntos de belleza para desatender sus secretos de ese modo y salir disparada. Es verdad que la habían abandonado tres novios en tres semanas, que su rostro egipcio ya no era el de siempre y que la descomposición que atacaba a todas las brujas, por mucho híbrido que fueran, la empezaba a asustar, pero esto de salir de ese modo a por mejunjes y cosméticos confirmaba todas las sospechas que corrían por el barrio sobre el declive de las carnes de su prima, que por muy egipcia y por muchos secretos de armario, se ajaba precozmente como todas las demás brujas. Decían las lenguas más viperinas que le habían salido unos surcos como espadas alrededor de los bellos ojos de gato que se gastaba, que los pómulos le caían lentamente, y que los carnosos labios de antaño eran ya papel de fumar amarillento y cada vez más reducidos. Las viejas brujas acababan en una lucha sin sentido contra la espantosa reducción de sus facciones más prominentes. Si habían tenido alguna belleza en su pasado, por mínima que fuera, era lo primero que les desaparecía pasados los veinte años. Por eso Rosalinda tenía que darse prisa, había cumplido los diecisiete y no tenía tiempo que perder si quería conservar los bellos senos y, más aún, transformar su horrorosa imagen de pato desgastado en cisne grácil como el del cuento. La fea Rosamunda no se quedaría de brazos cruzados como hacían todas las demás, ¡no señor!, ella era diferente, para eso tenía un padre hermoso y bien plantado, ¡y divino! Tenía a quien parecerse, y se acabaría pareciendo a él de todas todas.

¡Qué suerte pues encontrarse con todas las puertas sin cerrar! Ahora, que pensándolo mejor, ¿no era demasiada suerte quizá? En cualquier caso y de uno u otro modo, tenía que aprovechar las que le vinieran dadas de cara, porque la racha no duraría eternamente, bien lo sabía. ¡Qué pena, para una vez que se encontraba a solas y frente a frente con ese armario embrujado, y no podía dedicarse siquiera unos segundos a fisgonear y bucear en su interior! Sus ocupaciones tenían que ser otras, y puso manos a la obra para desenvolver el espejo ovalado que tan bien custodiado tenía Betún, disimulado entre ropa sucia y zapatos viejos. Muchas veces le había permitido a Rosalinda el privilegio de mirarse en su bonito espejo con bordes de madera noble. Así luego se reía de ella cuando se enfrentaba a su cruel fealdad, y no como Betún, con aquellos ojos rasgados y cristalinos. ¡Ah, pero ahora que había cumplido la fatídica edad de los veinte, le llegaba la decadencia! Justo cuando Rosalinda había decidido ir a por todas y conseguir una ansiada belleza exterior, ¡y no efímera sino eterna! ¡Por fin podría mirarse sin tener deseos de estampar un vidrio que rompiera su imagen en pedazos! ¡Ah, si eso llegara a ser cierto un día, un día próximo…!

Encontró el objeto deseado y lo desempolvó minuciosamente usando para ello la túnica que llevaba puesta, única prenda medianamente limpia que le pudo servir. Y entonces, cuando lo tuvo frente a frente, cerró muy fuerte los ojos para recordar las palabras mágicas de la fórmula magistral y secreta, y sin olvidar ninguna las recitó de corrido: “sí que lo soy, no que no voy, mira si vengo cuenta si valgo, yo que lo monto, tú que lo vales, la madre del borrico que no viene a azuzarles (otra vez, se dijo) …sí que lo soy, no que no voy … “. Así tuvo que estar recitando con los ojos cerrados y las manos apretadas hasta que su voz fue recuperando la convicción, y tras unas cien repeticiones, que por raro que parezca no hicieron más que envalentonarla, comenzó a notar los temblores y escalofríos que describía perfectamente la receta aprendida. Tuvo tanto frío de golpe que no pudo ni moverse ni seguir hablando; después sintió cuchillos que la atravesaban y pensó que estaría sangrando por toda la piel, pero aguantó todavía con los ojos prietos y el espejo muy fuerte entre las manos. Tal y como había aprendido que tenía que hacer. Escuchó voces del más allá que sólo los brujos experimentados pueden conocer, y aún así no se sintió asustada. Al contrario, cada vez se notaba más fuerte y sujetaba el marco del espejo con mayor decisión. Le caían lágrimas de desconsuelo, no sabía porqué, y notó que lloraba con todo su cuerpo, transpirando desde el cabello hasta las uñas de los pies, pero siguió todo ese tiempo sin tener miedo y sin despegar ni una pestaña. Al tiempo que sentía desazón, una extraña valentía se apoderaba de ella y la sujetaba a sus pretensiones más que a su propia vida de bruja. Le daba igual perecer, extinguirse, volatilizarse, vagar perdida en una punición sin medida por su traición. Ya no le importaban pequeñeces como ésas y toda ella era pura determinación.

Y entonces, después de presiones, ajetreos, voces, convulsiones, transpiración, dolores musculares, visiones y calenturas, de pronto se hizo la calma. Era absolutamente feliz y ultraligera. Sus ojos se abrieron solos, sin que nadie les enviara ninguna orden de parte alguna, y vieron con una luz nueva, como si todo brillara y se hubiera tornado soleado en medio de aquella penumbra de casa de bruja.

Se observó en el espejo ovalado y su figura no la sorprendió en absoluto. Tenía una hermosa cintura de avispa y sus ojos eran azules como el agua de mar. La aguileña nariz de antaño se había transformado en una bonita y respingona naricilla de muñeca de tocador. Y sus piernas eran torneadas y brillantes; no tenían ni un solo moratón ni venas abiertas, y eran largas, estilizadas… El busto no era tan perfecto como antes, pero incluso había entrado en sintonía con el resto de su moldeado cuerpo de un modo tan natural que no desentonaba en absoluto. Y el cabello ya no estaba grasiento ni tenía ese color parduzco tan desagradable, sino que era rojizo y ondulado, como siempre lo soñó. Estaba en medio del caos, allí sola, contemplándose, y nada de lo que veía le parecía extraño. Era como si, junto con los cambios hormonales y de aspecto externo, también hubiera mutado su propia capacidad de asombro y visión del cosmos. Las cosas estaban en su sitio y en su justa medida, en el preciso momento en que debían de estarlo. Sí, también se había dotado de una infinita serenidad.

Cuando se disponía a salir de aquella habitación, pues nada más tenía que hacer allí, se encontró de narices con una rabiosa y más que ardiente prima que le gritó que qué hacía en su cuarto, al tiempo que la zarandeaba violentamente. Rosalinda se dio cuenta al instante de que su prima ni siquiera la había reconocido, así que no se inmutó en absoluto, y esperó a que Betún la soltara para abrir la puerta y salir de aquella ratonera. Su prima no pudo hacer nada, puesto que al verle el rostro y darse cuenta de que era un hada, error natural al juzgarla por su apariencia, cambió las tornas y decidió pactar con ella para obtener sus favores.

-Está bien, nada diré ni haré para que mi padre te aprese. Bien sabes lo que te espera en manos de los demonios si te pillan curioseando en los Infiernos. Pero yo no soy tan maligna, y voy a negociar contigo algo que nos sea práctico a ambas, ¿ok?- le susurró aparentando familiaridad y confianza.

La otra estaba ausente, miraba al infinito y se había ido de allí mentalmente hacía un buen rato, a pesar de que físicamente siguiera en la habitación cochambrosa de Betún. Las hadas tenían esa virtud, nada ni nadie las podía apresar ni hacerlas cautivas, tenían un don para evadirse de cualquier situación y circunstancia.

-Mira, verás- siguió Betún. -Yo tenía un padre de lo más guapo, egipcio y mortal. Así que el marido de mi madre, ser infernal e inmundo, lo mató a él y a ella no porque no pudo, cuando se dio cuenta de que se la habían pegado. ¿Qué cómo se dio cuenta? Pues muy fácil, ¿de dónde iba yo a sacar estos magníficos ojos verdes de felino sino fuera porque tuve un padre de lo más resalado?

Así que ahora me encuentro con que estoy perdiendo a pasos agigantados la poca belleza que mi padre me legó, y no sé qué hacer. Las otras brujas ya comienzan a burlarse. Y mis hermanos, que me tenían como motivo de orgullo, pues ya no me llevan ni de baile ni a las fiestas. Tres novios me han dejado desde que, hace tres semanas, cumplí los veinte, haciéndose cargo del fatal destino que se me avecina. ¿Y ahora qué me queda?, dime. ¿Acaso casarme con un soporífero viejo chocho? Claro, porque los pibitos de nuestra edad se buscan pibitas de menos de veinte que no estén ajadas todavía, y luego cuando crecen las sueltan y se buscan otra, tan ricamente. Ellos no tienen de qué preocuparse, el alcohol los inmuniza contra los sinsabores de la madurez y envejecen inconscientes de su inmortal senectud. Y a nosotras nos toca llenarnos de hijos, nietos, bisnietos, y así hasta el infinito; una relajada vida inmortal llena de fracasos y miserias que se repetirán una y otra vez. ¡Y no quiero vivirlo! ¡He pasado ya demasiadas veces por lo mismo, la historia se vuelve a repetir y vuelvo a ser joven y sensual, y vuelvo a observar mi propia decadencia, y en cada secuencia que lo vivo me vuelvo a rebelar fracasando estrepitosamente! ¡Pero esta vez estás tú aquí, y por fin será diferente! ¡Dime que lo será!- le inquirió llorosa Betún a su prima, sin saber quién era.

Como la angelical fisonomía que tenía frente a ella no la escuchaba, siquiera la observaba, Betún volvió a cogerla por los hombros y la obligó a mirarla a la cara, aunque pudiera espantarla su incipiente fealdad.

-¡Maldita, mírame aunque sólo sea unos minutos! ¡Desciende de tu infinita superioridad y dígnate a escucharme!- le volvió a decir. -Me niego a seguir así una y otra vez, ¿me oyes? Decrépita otra vez, destruida de nuevo, y después recuperándome para volver a ser niña y continuar observando, por los tiempos de los tiempos, cómo mi padre presunto asesina a mi padre verdadero, y cómo mi madre queda desquiciada e inválida por siempre jamás, y cómo yo vuelvo a vivir entre hermanos, podredumbre, un padre borracho, y cómo todos abusan de mí en todos los términos y acepciones del concepto de abuso, y otra vez cumpliré los veinte, me llenaré de llagas y me repudiarán quienes de mí se enorgullecían… una historia que vuelve y vuelve, así es la vida de las brujas de baja estofa. Lo peor no es vivir horrendamente, las pestilencias, los vicios, la sangre, la suciedad que nos arrastra. Todo eso hasta nos llega a gustar. Lo más horripilante es que tienes que vivirlo todo una y otra vez por los siglos de los siglos. ¿Lo comprendes? Sí, tú lo tienes que comprender porque también eres inmortal. Pero al menos vosotros en los Cielos no os arruináis una y otra vez, no os estropeáis ni sabéis lo que es la fealdad o la vejez prematura. Siempre estáis sanos, rebosantes, felices y jóvenes. Tenéis esa mirada lánguida de la vida fácil, ¿pero qué importa, demonios? ¡Al menos no tenéis que luchar contra la decrepitud y los sinsabores una y otra vez!

Rosalinda no podía contestar nada. Ya no estaba ida, estaba escuchando atentamente a su prima aunque tuviera la mirada perdida. Nunca la había visto tan enojada, tan asustada, tan harta. Pero ella no sabía qué contestar. No era ningún hada todavía, así que pocas respuestas y pocos pactos le daría a la desesperación de Betún. Claro que tampoco podía revelarle quién era, o la destruiría allí mismo. Su prima prosiguió, mientras tanto.

-Así que me he decidido. ¿Sabes lo que yo quiero? Me ha costado mucho llegar a esta conclusión que parecerá tan absurda a tus ojos, y a los míos hasta hace poco. Quiero ser mortal. ¡Sí, eso es lo que quiero! No tengo otro deseo ya. Me he hartado de pedir belleza, de tener lujuria, de los vicios y de ser insaciable. No quiero vivir más años con piel tersa y seguir yendo a las fiestas triunfante por más tiempo. Lo único que de verdad ansío, es vivir una vida que tenga un principio y un final. Incierto o cierto, me da igual si debo saber o no cuándo moriré. Creo que los mortales de verdad lo desconocen hasta que les llega el final de sus días, porque parece ser que podrían volverse locos si supieran la verdad de su destino. ¡Si supieran que sólo les queda la esclavitud del fuego eterno o la nada, vaya panorama, no podrían soportar tanto sin sentido! Y sin embargo, yo eso es lo que quiero, poder vivir envejeciendo tranquila, y sin la desazón que produce cada situación cuando sabes en tu fuero interno que la volverás a vivir otra y otra vez, en progresión infinita. Las situaciones bellas, pocas en la vida de una bruja de mi condición, no las valoras suficientemente, puesto que estás en la convicción de que se te repetirán incesantemente en un tiempo circular. Las experiencias más horrendas y de mayor sufrimiento te sumen en un dolor constante y que te aprieta por dentro, a sabiendas de que cuando el tiempo comience a curar ese dolor, el mismo dolor volverá a ti en una versión actualizada e idéntica a la par. Así que acabas por ni sufrir ni gozar. La supuesta lujuria permanente en que vivimos es una patraña, una jugarreta de nuestro Jefe supremo.

Así que yo no quiero seguir este camino. No puedo suicidarme, porque vivo una y otra vez ese suicidio que no me mata y me mantiene con los ojos abiertos mientras me clavo el cuchillo y no me desangro.

Rosalinda la miraba ahora con los ojos muy abiertos, y pavorosa de las revelaciones que le estaban llegando. Las brujas no pueden conocer su destino hasta que no cumplen los veinte años. Después les es revelado por un consejo demoníaco y ya no pueden olvidar por los tiempos de nunca jamás, hasta que otra vez vuelvan a revivir lo vivido y dejen de ser conscientes en una siguiente etapa de su vida circular. No daba crédito a las súplicas de Betún y pensaba que le estaba vacilando, hasta que la miró profundamente, y vio tanto sufrimiento que su lado bueno se apiadó de su prima, la cual siempre le había parecido salvaje y perversa. Rosalinda carecía de toda experiencia, y ni ella misma sabía todavía en qué se había convertido, ni si le duraría el hechizo lo suficiente siquiera para salir de allí sana y salva, pero no pudo evitar tratar de ayudarla, como era natural en su nueva condición.

-Y dime, no tengo idea de cómo ayudarte, ¿pero qué podría yo hacer por ti?

Hasta su propia voz le sonó cristalina y elegante, con un acento divino.

-¡Bien, sabía que contaría contigo!- profirió Betún saliendo del ensimismamiento que la había tenido atravesada un buen rato. Se puso tan contenta que Rosalinda comenzó a sospechar si no sería todo una patraña de aquella brujilla.

Lo que quiero de ti es muy sencillo. Tan simple que no creerás que me conforme con tan poca cosa. Verás...